Gustavo Mistral
Poeta reconocido en el portal.
Canción de la Rosa
Una pequeña rosa florece en la alameda,
sin que la gente observe como a solas se queda
pues en el parque ignoto -dos calles más abajo-
el rosal está triste, está tan cabizbajo
por quién sabe qué pena, total sólo florece
esa pálida rosa, que ya muerta parece.
La flor descolorida apenas si respira,
y su vida se extingue cada vez que suspira
pensando en ese tiempo, do fuera tan hermosa
en el jardín florido ¡era la mejor rosa!
Y de a pocos se muere con tanto sufrimiento
que ya casi no siente las ráfagas del viento,
ni el calor nacarado del sol en la mañana
o el frescor del rocío de una lluvia lejana.
La gente pasa y pasa, sin advertir la vida
de la flor solitaria, que está casi extinguida
y ya, ni el jardinero, la molestia se toma
de humedecerla un poco o disfrutar su aroma.
Pero una tarde triste, cuando el sol se ocultaba,
se escondía la luna y el cielo gris lloraba,
una presencia dulce de mirada amorosa
detuvo su camino y se fijó en la rosa;
la contempló con pena pues estaba marchita
y, sin embargo, supo su tierna voz bendita
cantarle con cariño la magia y la quimera
que trae para las flores la núbil primavera.
Y esa extraña presencia de manos delicadas,
de esperanza en los ojos y mejillas rosadas,
la tomó con cuidado y le dio su cariño,
y la flor se sentía, tan feliz como un niño,
que pronto despertaron sus pétalos dormidos,
renacieron en ella sentimientos perdidos.
La rosa agradecida le regaló su tallo
para que hiciese de ella una ofrenda de mayo,
pues no tenía nada más que su vida propia
aunque fuera tan pobre, tan pequeña e inopia.
Mas si acaso me miras, yo me siento importante
y puede que florezca un momento, un instante,
comprenderás, entonces, que mi vida reposa
en tus manos, princesa ¡porque yo soy la rosa!
Una pequeña rosa florece en la alameda,
sin que la gente observe como a solas se queda
pues en el parque ignoto -dos calles más abajo-
el rosal está triste, está tan cabizbajo
por quién sabe qué pena, total sólo florece
esa pálida rosa, que ya muerta parece.
La flor descolorida apenas si respira,
y su vida se extingue cada vez que suspira
pensando en ese tiempo, do fuera tan hermosa
en el jardín florido ¡era la mejor rosa!
Y de a pocos se muere con tanto sufrimiento
que ya casi no siente las ráfagas del viento,
ni el calor nacarado del sol en la mañana
o el frescor del rocío de una lluvia lejana.
La gente pasa y pasa, sin advertir la vida
de la flor solitaria, que está casi extinguida
y ya, ni el jardinero, la molestia se toma
de humedecerla un poco o disfrutar su aroma.
Pero una tarde triste, cuando el sol se ocultaba,
se escondía la luna y el cielo gris lloraba,
una presencia dulce de mirada amorosa
detuvo su camino y se fijó en la rosa;
la contempló con pena pues estaba marchita
y, sin embargo, supo su tierna voz bendita
cantarle con cariño la magia y la quimera
que trae para las flores la núbil primavera.
Y esa extraña presencia de manos delicadas,
de esperanza en los ojos y mejillas rosadas,
la tomó con cuidado y le dio su cariño,
y la flor se sentía, tan feliz como un niño,
que pronto despertaron sus pétalos dormidos,
renacieron en ella sentimientos perdidos.
La rosa agradecida le regaló su tallo
para que hiciese de ella una ofrenda de mayo,
pues no tenía nada más que su vida propia
aunque fuera tan pobre, tan pequeña e inopia.
Mas si acaso me miras, yo me siento importante
y puede que florezca un momento, un instante,
comprenderás, entonces, que mi vida reposa
en tus manos, princesa ¡porque yo soy la rosa!
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