Gracias de nuevo, Luis. Intento seguir aclarando, pero sobre todo preguntando.
En cuanto al contenido, creo que ya lo expliqué prácticamente del todo esta mañana. Eso sí, la conexión significante-significado puede valorarse en este caso: puede ser buena, mala, regular... Acepto todos los pareceres.
Vamos ahora a la forma. Hay una frase muy interesante que escribiste antes:
mezclar endecasílabos propios con dactílicos en un soneto es un anatema
Creo que la recomendación que se suele hacer sobre los endecasílabos dactílicos es simplemente no escribirlos (yo nunca los había usado hasta ahora porque el 1-4-7-10 no me gusta, el 4-7-10.. bueno); pero en caso de que empleen, se dice que hay que ponerlos agrupados. Esto es lo que yo quise ensayar aquí: introducir un notable cambio rítmico en el soneto mediante la estructura acentual básica de los dactílicos: acento cada tres sílabas. Repitiendo este patrón de "acento cada tres" han salido por trasposición, como ya dije, 1-4-7, 2-5-8, 3-6-9 y, de nuevo, 1-4-7 (aunque en el último verso prescindí del acento en 1 para contribuir a la aniquilación o disolución final). La construcción de este ciclo de trasposiciones me remitió a la imperiosa búsqueda de la acentuación clásica, a imagen de la búsqueda que protagonizan los "caballitos".
La pregunta clave es: ¿admite el soneto clásico un cambio de ritmo tal: un cambio de ritmo que pase de la acentuación canónica a otra que no los es? Según me has dicho, esto es un anatema. Y aquí vuelvo a mis orígenes musicales (tengo que decir que yo, aunque desde siempre escribí algunos poemas, llegué recientemente a la poesía tras dedicar unos veinticinco años de mi vida a la música: estudio académico y personal, composición y años de audición). En música hasta las obras más clásicas contienen cambios de ritmo: síncopas, ritmos irregulares, figuraciones especiales... Lo que me pregunto, igual que en el caso de los silencios, es por qué la poesía canónica no parece dispuesta a servirse de estos recursos tan expresivos; antes bien, parece rechazarlos y prohibirlos, salvo algunos privilegiados que (sin duda gracias al fino oído de los poetas) se pueden admitir: esos que has citado y que descubrió/consagró el modernismo.
Todo esto lo comenta alguien como yo que se encuentra como pez en el agua en el endecasílabo petrarquista. Por ahora no me resulta encorsetador (más bien al contrario), pero no quise dejar pasar esta oportunidad de jugar un poco con los acentos y comentarlo con vosotros.
Por cierto, anoche mismo leyendo sonetos de Blas de Otero encontré un endecasílabo "hereje". Copio el poema completo, que se titula "Ímpetu" y pertenece a su libro "Ancia":
Mas no todo ha de ser ruina y vacío.
No todo desescombro ni deshielo.
Encima de este hombro llevo el cielo,
y encima de este otro, un ancho río
de entusiasmo. Y, en medio, el cuerpo mío,
árbol de luz gritando desde el suelo.
Y, entre raíz mortal, fronda de anhelo,
mi corazón en pie, rayo sombrío.
Solo el ansia me vence. Pero avanzo
sin dudar, sobre abismos infinitos,
con la mano tendida: si no alcanzo
con la mano, ¡ya alcanzaré con gritos! (3-5-8)
Y sigo, siempre, en pie, y, así, me lanzo
al mar, desde una fronda de apetitos.
Es curioso que para dar esos gritos, el poeta emplea un descontrolado verso 3-5-8. Creo que es un ejemplo de lo mismo que estoy exponiendo aquí, aunque más comedido: fuerza oportunamente la forma habitual para ponerla al servicio de la expresión de algo muy intenso. ¿No os parece?
Saludos y gracias.