JasidoMaketo
Poeta recién llegado
01.ARTAGA
Enciende la voz del nuevo reino de azabache y sangre,
para que las estrellas se entretengan.
Sólo somos juguetes de la fugacidad,
ilusión de vida del universo y sus extrañas formas.
Pasajeros sin billete de vuelta, números que se pierden
en sumas y restas y muertes y besos;
somos promesas de dioses y nubes de verano
cargadas de un agua que limpia las huellas de animales que huyen.
Porque todos huimos.
O eso intentamos.
Tras algún suspiro de alivio y descanso encontramos
la hoz del tormento, y la soledad nos succiona.
Caemos en el viejo reino de azabache y sangre,
para que las estrellas nos olviden.
Surge del polvo un soplo que hiere el silencio del cosmos;
una realidad que estudia las demás
y unos ojos,
llenos de ideas y sueños, que creen entender
los versos torcidos del poema que habita y que llama hogar.
Galaxias con piojos que le hieren los planetas:
pronto exterminará la plaga, para que la obra sea perfecta
y el gran artista se vanaglorie de su escultura sin carcoma,
de su música sin ruido;
y del libro, sólo por él leído, que no guarda entre sus hojas una hoja
de un árbol que nunca ha nacido.
Y llegamos al final.
Atrás queda tanto amor malherido, maltratado y soñado;
tanta nostalgia y vejez, tanto poeta que es niño,
que ni el más mísero dios podría ignorar
el dolor del vencido,
la ausencia que sentimos.
Yo afilo la espada que esgrimo forjada con la última esperanza del oprimido:
encontrar dormido al amo y su puerta abierta,
en una noche tranquila, en la que mi filo
en su garganta no despierte a quienes defienden lo divino.
Y de la sangre de su majestad alimentaré la pluma que trace el nuevo universo
más justo y sencillo:
para que las estrellas nos envidien
a nosotros, que vivimos.
Enciende la voz del nuevo reino de azabache y sangre,
para que las estrellas se entretengan.
Sólo somos juguetes de la fugacidad,
ilusión de vida del universo y sus extrañas formas.
Pasajeros sin billete de vuelta, números que se pierden
en sumas y restas y muertes y besos;
somos promesas de dioses y nubes de verano
cargadas de un agua que limpia las huellas de animales que huyen.
Porque todos huimos.
O eso intentamos.
Tras algún suspiro de alivio y descanso encontramos
la hoz del tormento, y la soledad nos succiona.
Caemos en el viejo reino de azabache y sangre,
para que las estrellas nos olviden.
Surge del polvo un soplo que hiere el silencio del cosmos;
una realidad que estudia las demás
y unos ojos,
llenos de ideas y sueños, que creen entender
los versos torcidos del poema que habita y que llama hogar.
Galaxias con piojos que le hieren los planetas:
pronto exterminará la plaga, para que la obra sea perfecta
y el gran artista se vanaglorie de su escultura sin carcoma,
de su música sin ruido;
y del libro, sólo por él leído, que no guarda entre sus hojas una hoja
de un árbol que nunca ha nacido.
Y llegamos al final.
Atrás queda tanto amor malherido, maltratado y soñado;
tanta nostalgia y vejez, tanto poeta que es niño,
que ni el más mísero dios podría ignorar
el dolor del vencido,
la ausencia que sentimos.
Yo afilo la espada que esgrimo forjada con la última esperanza del oprimido:
encontrar dormido al amo y su puerta abierta,
en una noche tranquila, en la que mi filo
en su garganta no despierte a quienes defienden lo divino.
Y de la sangre de su majestad alimentaré la pluma que trace el nuevo universo
más justo y sencillo:
para que las estrellas nos envidien
a nosotros, que vivimos.