Oíd, nobles señores,
y escuchad, gentes llanas,
la historia de un viajero
que cruzó viejas montañas.
No llevaba oro ni armas,
ni escoltas ni alabanzas;
solo un zurrón de recuerdos
y el peso de sus nostalgias.
Caminaba lentamente
por senderos y cañadas,
preguntando a los silencios
lo que los hombres no hablan.
Durmió bajo encinas viejas,
bebió del agua más clara,
y vio en los ojos del pobre
más verdad que en las murallas.
Llegó una tarde de invierno
a las puertas de una plaza
donde un rey muy poderoso
alzaba torres doradas.
Cantaban allí los hombres
las victorias de sus armas,
y el monarca sonreía
coronado de arrogancia.
Mas el viajero, en silencio,
contempló cómo brillaban
los rostros de los presentes
cubiertos por sombras largas.
Entonces habló despacio,
como quien no juzga nada:
—No hay reino más poderoso
que el alma que se acompasa;
ni victoria más hermosa
que vencer la propia rabia.
Callaron nobles y siervos,
se detuvieron las danzas,
porque el hombre de los caminos
les hirió con sus palabras.
Y cuentan viejos juglares
cuando la noche descansa,
que aquel rey cerró sus ojos
pensando en aquella charla.
Desde entonces en su reino
las campanas ya no cantan
solo glorias de la guerra,
también del dolor del alma.
Y yo, humilde trovador
que estas historias relata,
os digo antes de irme
mientras la luna se alza:
Cuidad del jardín interno
más que de vuestras murallas,
que quien conquista su miedo
ya no le teme a la nada.
y escuchad, gentes llanas,
la historia de un viajero
que cruzó viejas montañas.
No llevaba oro ni armas,
ni escoltas ni alabanzas;
solo un zurrón de recuerdos
y el peso de sus nostalgias.
Caminaba lentamente
por senderos y cañadas,
preguntando a los silencios
lo que los hombres no hablan.
Durmió bajo encinas viejas,
bebió del agua más clara,
y vio en los ojos del pobre
más verdad que en las murallas.
Llegó una tarde de invierno
a las puertas de una plaza
donde un rey muy poderoso
alzaba torres doradas.
Cantaban allí los hombres
las victorias de sus armas,
y el monarca sonreía
coronado de arrogancia.
Mas el viajero, en silencio,
contempló cómo brillaban
los rostros de los presentes
cubiertos por sombras largas.
Entonces habló despacio,
como quien no juzga nada:
—No hay reino más poderoso
que el alma que se acompasa;
ni victoria más hermosa
que vencer la propia rabia.
Callaron nobles y siervos,
se detuvieron las danzas,
porque el hombre de los caminos
les hirió con sus palabras.
Y cuentan viejos juglares
cuando la noche descansa,
que aquel rey cerró sus ojos
pensando en aquella charla.
Desde entonces en su reino
las campanas ya no cantan
solo glorias de la guerra,
también del dolor del alma.
Y yo, humilde trovador
que estas historias relata,
os digo antes de irme
mientras la luna se alza:
Cuidad del jardín interno
más que de vuestras murallas,
que quien conquista su miedo
ya no le teme a la nada.