emiled
Poeta adicto al portal
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Canto I
Yo no tengo voluntad ni para alzar una pluma.
De niño soñaba paraísos en donde el revoloteo de luciérnagas
se parecía al anidar de las aves en los enormes cipreses;
el aroma de aquéllos sueños y esas flores primaverales
me traía lo que sólo en sueños existe: lo imposible.
¡Los sueños!
Juraría que en mi piel reseca viví todas las estaciones
y ninguna me trae la dicha de lo que viví en los sueños.
Ninguna caricia o beso logra enternecerme.
La infancia.
Si, tuve amigos, fui un niño normal.
Corría por los jardines, miraba la luna y lloraba.
Me fascinaban las películas de terror, como la noche.
¡Siempre amé la noche!
Leí alguna vez un poema sobre la dama noche, o mejor dicho,
quisiera escribir algo así: el lago que se refleja en la noche.
Pero no: la poesía es sólo para artistas y románticos de alma.
¡Ay, como duelen las despedidas!
Basta de poesía. De nada me sirve.
Oí alguna vez hablar a los artistas sobre la belleza en el arte
Algunos, paladines de la estética y del arte por el arte,
comparaban por ejemplo al arte con el amor.
- El amor es como el aire, sólo siéntelo y déjate llevar, afirman algunos.
Por lo menos conservaré la risa siempre que los haya, idiotas dando vueltas
permaneceré bajo el sagrado árbol de los ignorados,
en la solitaria sombra de la mas plena luz que ataca a los elegidos.
Yo digo, luego de reírme un buen rato:
- El alma ríe de los sentidos, y el arte es sólo un complemento de los sentidos.
Si, ya lo sé, me tildarán de idiota.
Pero conozco las muchedumbres y las grandes metrópolis,
a la gente sólo le importa la moda, el oro y el prestigio.
El sincero, el que miró un poco más allá sabe de lo que hablo.
Hablemos de los jóvenes (si, yo lo soy, pero no me tomo en cuenta).
El joven se muestra sabio al consejo de los ancianos,
ríe de los viejos y de las viejas culturas.
El tipo de edad media se siente ya realizado en la vida:
ríe de de la juventud y muere con cumplir con su trabajo.
-No hay otras, así es la vida, exclama. Y sigue riendo.
El anciano conoce bien los influjos de la vida
Y sabe, como dice el Eclesiastés, que para todo hay un tiempo:
tiempo para reír y para llorar; tiempo para nacer y tiempo para morir.
Y no se olvida de reír.
Yo también río, pero antes digo:
mas vale aquél que sabe reír en la depresión.
El mundo siempre repite su historia, como una interminable comedia.
El rebaño se contenta con las migajas que reparte el rey.
Las utopías llenan el vaso a medio terminar del llanto del pueblo
y la religión come de la miseria y de la fe de los creyentes.
Dios no necesita de templos.
¡Tanta bronca!
¿Y como callar, siendo cómplice?
¡Pero!
Ya grité bastante.
Actuaré como todo el mundo: olvidaré.
Si, de nada sirve atacar a la ignorancia, al poder.
Las fieras mutilan al pobre pichón en su nido
¡Basta!
Seré un ciudadano común, de esos serviles y moralistas,
y cuando me ataquen agacharé la cabeza,
cuando me escupan silenciaré mi hombría.
El mundo, la esfera cubierta de mares, azul;
si pudieran contarse las gotas de los océanos todos
y verterlas luego en un inmenso vaso,
el número equivaldría al número de litros con que se llenan
los gigantescos toneles en donde vive la hipocresía mundana.
Silencio, no hay que gritar.
El necio es de oídos frágiles: le lastiman las verdades duras.
¡Silencio! ¡No hay que gritar!
¡Ah!
¿Cuándo, alma mía, se apagara el negro silencio de esas voces
que murmuran vacíos en este teatro de burdos disfraces?
El mundo es ciego, sordo y mudo.
El ciego cree poder mirar de frente al sol.
Yo diría mejor, al abrir la ventana, amigo mío, en verano,
no mires demasiado fijo al sol: podrías quemarte.
Por encima tuyo están los astros.
Hay también teatro de silencios:
Todos susurran, mas nadie habla.
Políticos, sacerdotes, demócratas y revolucionarios,
todos traen ideas nuevas pero nadie cambia el rumbo del mundo,
como río que se encamina al mar y nunca desvía su curso.
- ¿Y tu tienes la receta? Dirán.
No hay receta. El mundo se encamina solo.
Se retuerce como el agonizante en su lecho de dolor
y luego vuelve a girar, como el amor, como la mentira.
Habría que caminar
Miles de caminos atravesando los anchos campos y pensar
¡Y yo caminé bastante!
Cantando en mi ignorancia bajo un rojísimo sol de verano.
Pero ya desperté: me alejé de los sueños como el esposo dichoso,
y, si lo hice, amigo, es porque los sueños son el oasis de la mente,
ilusiones que nunca sacian la inagotable sed del espíritu.
Mas bien conocer primero el propio jardín y luego
de sembrar y cosechar, saber amar cada brote,
mas aún si son malas sus raíces.
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Canto I
Yo no tengo voluntad ni para alzar una pluma.
De niño soñaba paraísos en donde el revoloteo de luciérnagas
se parecía al anidar de las aves en los enormes cipreses;
el aroma de aquéllos sueños y esas flores primaverales
me traía lo que sólo en sueños existe: lo imposible.
¡Los sueños!
Juraría que en mi piel reseca viví todas las estaciones
y ninguna me trae la dicha de lo que viví en los sueños.
Ninguna caricia o beso logra enternecerme.
La infancia.
Si, tuve amigos, fui un niño normal.
Corría por los jardines, miraba la luna y lloraba.
Me fascinaban las películas de terror, como la noche.
¡Siempre amé la noche!
Leí alguna vez un poema sobre la dama noche, o mejor dicho,
quisiera escribir algo así: el lago que se refleja en la noche.
Pero no: la poesía es sólo para artistas y románticos de alma.
¡Ay, como duelen las despedidas!
La vista se pierde en el horizonte
y el vapor nos moja en la tristeza;
lejos, las sombras, en la cresta del monte
dormitando palidecen en la niebla espesa.
y el vapor nos moja en la tristeza;
lejos, las sombras, en la cresta del monte
dormitando palidecen en la niebla espesa.
Basta de poesía. De nada me sirve.
Oí alguna vez hablar a los artistas sobre la belleza en el arte
Algunos, paladines de la estética y del arte por el arte,
comparaban por ejemplo al arte con el amor.
- El amor es como el aire, sólo siéntelo y déjate llevar, afirman algunos.
Por lo menos conservaré la risa siempre que los haya, idiotas dando vueltas
permaneceré bajo el sagrado árbol de los ignorados,
en la solitaria sombra de la mas plena luz que ataca a los elegidos.
Yo digo, luego de reírme un buen rato:
- El alma ríe de los sentidos, y el arte es sólo un complemento de los sentidos.
Si, ya lo sé, me tildarán de idiota.
Pero conozco las muchedumbres y las grandes metrópolis,
a la gente sólo le importa la moda, el oro y el prestigio.
El sincero, el que miró un poco más allá sabe de lo que hablo.
Hablemos de los jóvenes (si, yo lo soy, pero no me tomo en cuenta).
El joven se muestra sabio al consejo de los ancianos,
ríe de los viejos y de las viejas culturas.
El tipo de edad media se siente ya realizado en la vida:
ríe de de la juventud y muere con cumplir con su trabajo.
-No hay otras, así es la vida, exclama. Y sigue riendo.
El anciano conoce bien los influjos de la vida
Y sabe, como dice el Eclesiastés, que para todo hay un tiempo:
tiempo para reír y para llorar; tiempo para nacer y tiempo para morir.
Y no se olvida de reír.
Yo también río, pero antes digo:
mas vale aquél que sabe reír en la depresión.
El mundo siempre repite su historia, como una interminable comedia.
El rebaño se contenta con las migajas que reparte el rey.
Las utopías llenan el vaso a medio terminar del llanto del pueblo
y la religión come de la miseria y de la fe de los creyentes.
Dios no necesita de templos.
En la cristalina burbuja duerme la inocencia
de los pueblos y la vida, frágil pasa;
los niños crecen en la miseria del mundo.
de los pueblos y la vida, frágil pasa;
los niños crecen en la miseria del mundo.
¡Tanta bronca!
¿Y como callar, siendo cómplice?
¡Pero!
Ya grité bastante.
Actuaré como todo el mundo: olvidaré.
Si, de nada sirve atacar a la ignorancia, al poder.
Las fieras mutilan al pobre pichón en su nido
¡Basta!
Seré un ciudadano común, de esos serviles y moralistas,
y cuando me ataquen agacharé la cabeza,
cuando me escupan silenciaré mi hombría.
El mundo es nuestro hogar, miseria.
El mundo, la esfera cubierta de mares, azul;
si pudieran contarse las gotas de los océanos todos
y verterlas luego en un inmenso vaso,
el número equivaldría al número de litros con que se llenan
los gigantescos toneles en donde vive la hipocresía mundana.
Silencio, no hay que gritar.
El necio es de oídos frágiles: le lastiman las verdades duras.
¡Silencio! ¡No hay que gritar!
¡Ah!
¿Cuándo, alma mía, se apagara el negro silencio de esas voces
que murmuran vacíos en este teatro de burdos disfraces?
El mundo es ciego, sordo y mudo.
El ciego cree poder mirar de frente al sol.
Yo diría mejor, al abrir la ventana, amigo mío, en verano,
no mires demasiado fijo al sol: podrías quemarte.
Por encima tuyo están los astros.
Hay también teatro de silencios:
Me siento en un muro de espaldas a la sombra
y el murmullo de aves repiquetea al silencio:
muchedumbres de voces susurrando se apagan,
como fugaz silueta que en la noche se ensombra.
y el murmullo de aves repiquetea al silencio:
muchedumbres de voces susurrando se apagan,
como fugaz silueta que en la noche se ensombra.
Todos susurran, mas nadie habla.
Políticos, sacerdotes, demócratas y revolucionarios,
todos traen ideas nuevas pero nadie cambia el rumbo del mundo,
como río que se encamina al mar y nunca desvía su curso.
- ¿Y tu tienes la receta? Dirán.
No hay receta. El mundo se encamina solo.
Se retuerce como el agonizante en su lecho de dolor
y luego vuelve a girar, como el amor, como la mentira.
Habría que caminar
Miles de caminos atravesando los anchos campos y pensar
¡Y yo caminé bastante!
Cantando en mi ignorancia bajo un rojísimo sol de verano.
Pero ya desperté: me alejé de los sueños como el esposo dichoso,
y, si lo hice, amigo, es porque los sueños son el oasis de la mente,
ilusiones que nunca sacian la inagotable sed del espíritu.
Mas bien conocer primero el propio jardín y luego
de sembrar y cosechar, saber amar cada brote,
mas aún si son malas sus raíces.
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