ivoralgor
Poeta fiel al portal
En la cama, como siempre, era una tortura con las quejas: ¡Así no me gusta!; ¡Eres un brusco, insensible!; ¡No soy tu puta! Aspiré hondo y decidí salir del cuarto e irme al baño a terminar la faena. Ya estaba harto de tanta “chaqueta”, además, qué tiene de malo un mamada de pinga. ¡Carajo! No tiene nada de malo morir cogiendo. Recordé la anécdota de la tortuga que me contaba mi madre cuando tenía miedo de algo:
“Un pescador anciano, que vivía en el puerto de Chelem, no comía carne de tortuga por ningún motivo. Le habían contado, cuando joven, que la carne de tortuga era mala para la salud. Siempre decía: La tortuga me va a matar, la tortuga me va a matar. En su casa, colgado del techo de paja, tenía un caparazón enorme de tortuga a manera de alacena. Una tarde, cuando volvió de la pesca, se sentó debajo del caparazón y éste le cayó sobre la cabeza, desnucándolo. Y se cumplió su mayor temor: La tortuga lo mató”.
Después me di un “regaderazo” para poder conciliar el sueño, cosa que no sucedió. Decidí leer un poco. Retomé Caída Libre, en el cuento Cabeza de tortuga. Sentí mi vida como ese pequeño baño hediondo. ¡Mierda! Debía hacer algo para evitarlo.
A la mañana siguiente, me senté a la mesa, el desayuno ya estaba servido y frío. Comí en silencio. Lucrecia masticaba haciendo ruidos desquiciantes. No lo soporté. Me levanté y salí huyendo de la casa como lo hiciese el protagonista del cuento.
El sol caía a plomo. El calor del verano era sofocante desde temprano. Caminé sin rumbo fijo. Llamé a Felipe Quintal, mi abogado de cabecera. ¡Ya estoy hasta la madre de vivir así!, dije exaltado. Todo tiene solución, respondió Felipe para calmarme un poco. ¿De cuánto estamos hablando?, pregunté temiendo la respuesta. La mitad de los bienes son para ella, escuché. Respiré hondo. Deja lo pienso, finalicé. ¡Coño! Por fortuna no tuvimos hijos y Pedro era adoptado. Es adolescente y aguantará la situación, pensé secándome la frente con el dorso de la mano.
Tenía que refrescarme. Entré a una cantina que encontré por mi camino. Una bien fría, dije ya sentando en la barra. Sorbí un trago largo. Después de la quinta cerveza le marqué a Felipe. Hagámoslo, le dije. No recuerdo cómo encontré el camino de regreso a la casa. Entre ensoñaciones escuché los insultos que Lucrecia me gritaba. Desperté en el sillón al día siguiente. Sacudí la cabeza y resolví salir de la casa esa misma mañana. No sabía a dónde, pero algo se me ocurriría. Cuando vio que empacaba mis cosas, la hija de puta, me ayudó tirando la ropa a la calle. ¡Y no regreses, malnacido!
Hablé a mi jefe y le inventé un pretexto para no ir a trabajar. Luego le repongo las horas, le dije con voz apenada. Tenía reseca la garganta, quería refrescarme. Le marqué a Felipe. Hazme el “paro”, dije y le conté lo que estaba pasando. Se rió a carcajadas el puto. Una hora después llegó para ayudarme con mis cosas. Llévame a casa de mi hermano Chucho, le dije. Asintió con la cabeza y nos pusimos en marcha. En el camino vi una cantina, pero recordé que la cartera se me cayó en el sillón y olvidé agarrarla. Pendejo.
Pasados seis meses me ligué a una jovencita. Los primeros dos años juntos estuvieron de maravilla: sexo a diestra y siniestra. Me sentía rejuvenecido, ya no me importaba que Lucrecia me hubiera dejado casi en “pelotas”. Era libre. No nos complicamos con hijos. Luego empezó con sus exigencias en la cama: ¡Quiero otra vez!; ¡Ya te cansaste, no aguantas nada!; ¡Ya estás viejito o qué! Los años no pasan en balde, pensé.
Esa noche tomé dos pastillas azules, para aguantar dos rounds, sin importarme las contraindicaciones médicas. Nidia quería un tercer round. Resoplé y me encimé de nuevo. Al tercer empujón caí de bruces. Una luz blanquísima me cegó de pronto. Cuando mis ojos se adaptaron a la luz, estaba en el pequeño baño hediondo sacando la cabeza de la palangana y vi ralentizada la caída del viejo sobre mí. ¡El viejo me va a matar!, quise gritar, ¡El viejo me va a matar! Pero no salían palabras de mi boca, sólo atiné a meter la cabeza en el caparazón. Oí un crujir espantoso. Era demasiado tarde, el viejo me mató.
“Un pescador anciano, que vivía en el puerto de Chelem, no comía carne de tortuga por ningún motivo. Le habían contado, cuando joven, que la carne de tortuga era mala para la salud. Siempre decía: La tortuga me va a matar, la tortuga me va a matar. En su casa, colgado del techo de paja, tenía un caparazón enorme de tortuga a manera de alacena. Una tarde, cuando volvió de la pesca, se sentó debajo del caparazón y éste le cayó sobre la cabeza, desnucándolo. Y se cumplió su mayor temor: La tortuga lo mató”.
Después me di un “regaderazo” para poder conciliar el sueño, cosa que no sucedió. Decidí leer un poco. Retomé Caída Libre, en el cuento Cabeza de tortuga. Sentí mi vida como ese pequeño baño hediondo. ¡Mierda! Debía hacer algo para evitarlo.
A la mañana siguiente, me senté a la mesa, el desayuno ya estaba servido y frío. Comí en silencio. Lucrecia masticaba haciendo ruidos desquiciantes. No lo soporté. Me levanté y salí huyendo de la casa como lo hiciese el protagonista del cuento.
El sol caía a plomo. El calor del verano era sofocante desde temprano. Caminé sin rumbo fijo. Llamé a Felipe Quintal, mi abogado de cabecera. ¡Ya estoy hasta la madre de vivir así!, dije exaltado. Todo tiene solución, respondió Felipe para calmarme un poco. ¿De cuánto estamos hablando?, pregunté temiendo la respuesta. La mitad de los bienes son para ella, escuché. Respiré hondo. Deja lo pienso, finalicé. ¡Coño! Por fortuna no tuvimos hijos y Pedro era adoptado. Es adolescente y aguantará la situación, pensé secándome la frente con el dorso de la mano.
Tenía que refrescarme. Entré a una cantina que encontré por mi camino. Una bien fría, dije ya sentando en la barra. Sorbí un trago largo. Después de la quinta cerveza le marqué a Felipe. Hagámoslo, le dije. No recuerdo cómo encontré el camino de regreso a la casa. Entre ensoñaciones escuché los insultos que Lucrecia me gritaba. Desperté en el sillón al día siguiente. Sacudí la cabeza y resolví salir de la casa esa misma mañana. No sabía a dónde, pero algo se me ocurriría. Cuando vio que empacaba mis cosas, la hija de puta, me ayudó tirando la ropa a la calle. ¡Y no regreses, malnacido!
Hablé a mi jefe y le inventé un pretexto para no ir a trabajar. Luego le repongo las horas, le dije con voz apenada. Tenía reseca la garganta, quería refrescarme. Le marqué a Felipe. Hazme el “paro”, dije y le conté lo que estaba pasando. Se rió a carcajadas el puto. Una hora después llegó para ayudarme con mis cosas. Llévame a casa de mi hermano Chucho, le dije. Asintió con la cabeza y nos pusimos en marcha. En el camino vi una cantina, pero recordé que la cartera se me cayó en el sillón y olvidé agarrarla. Pendejo.
Pasados seis meses me ligué a una jovencita. Los primeros dos años juntos estuvieron de maravilla: sexo a diestra y siniestra. Me sentía rejuvenecido, ya no me importaba que Lucrecia me hubiera dejado casi en “pelotas”. Era libre. No nos complicamos con hijos. Luego empezó con sus exigencias en la cama: ¡Quiero otra vez!; ¡Ya te cansaste, no aguantas nada!; ¡Ya estás viejito o qué! Los años no pasan en balde, pensé.
Esa noche tomé dos pastillas azules, para aguantar dos rounds, sin importarme las contraindicaciones médicas. Nidia quería un tercer round. Resoplé y me encimé de nuevo. Al tercer empujón caí de bruces. Una luz blanquísima me cegó de pronto. Cuando mis ojos se adaptaron a la luz, estaba en el pequeño baño hediondo sacando la cabeza de la palangana y vi ralentizada la caída del viejo sobre mí. ¡El viejo me va a matar!, quise gritar, ¡El viejo me va a matar! Pero no salían palabras de mi boca, sólo atiné a meter la cabeza en el caparazón. Oí un crujir espantoso. Era demasiado tarde, el viejo me mató.