Glendalis Lugo
Poeta veterano en el portal

Caricias Perversas
Se llamaba Teresa, vagaba por un bello amanecer en las calles del dolor, su cuerpo marcado por caricias perversas y gastado por la soledad. De su corazón salían gritos de impotencia, no tenía salida. Su niñez triste destino, porque en el umbral de su vida, fue acariciada por caricias perversas.
No existieron ángeles ni príncipes que la salvaran, sólo callar el dolor le quedaba, su madre inmersa en su vida, la espalda le daba, a sabiendas del gran dolor que ella llevaba, al ser mancillada a tan corta edad, por muchos de los amantes de su madre. No miró hacia atrás cuando la entregó a otros padres, a otro ambiente por salir de la que causaba su pesar, presa era ella de su vida, no miró nunca hacia atrás.
Al llegar a su casa la invade el agotamiento, los recuerdos le queman el alma pues había llegado una carta Su madre había partido hacia su tumba, una tumba que jamás visitaría. Pero tenía una salida, su última carta y se la jugaría. Refrescó su cuerpo, lo libró de esas caricias perversas de todos los días, cambio de color su cabello y emprendió su marcha.
Toca a la puerta de aquel hombre repulsivo, que alguna vez fuera amante de su madre y partícipe de su mancillada niñez. Lleva en su bolsa la herramienta para su libertad, vio en los ojos de su víctima lascivia y crudeza, lo envolvió en su seducción, cayendo dormido y sin más espera, empuñó su cuchillo y decapitada quedo su lascivia.
Teresa se llevó todo lo que le pertenecía a su víctima y en un puerto no muy lejano, rapa su cabeza, no quería que su propio cabello fuera testigo de su proeza y lo entrega como donativo a moribundos pacientes de cáncer, que ironía, ella también era una moribunda en vida. Emprende el camino, dejando atrás su tristeza, aborda un crucero, para muchos diversión, para ella el final de su camino, ya lo había decidido, llevaba en su bolso la prueba de su traición, el maldito cuchillo que la puerta a la libertad le dio.
Con ese mismo cuchillo, tarde en la noche, acorta su vida y en el mar deja su huella, su propia sangre vertida, nadie tocaría su cuerpo, ya no existirían más caricias perversas.
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