Carne reemplazada
Ha muerto un hombre porque sí
José Ángel Valente
Y asoma entre dos lomas la noche
como una orgía del saber permanente
en la pasión del vivir su desvencijo nocturno.
Como un fin, la sombra,
que por sus manos extiende la tristeza
al fondo de la palabra previsible,
se acomoda en el rumor de la distancia con el rasgo de siempre,
ahí tendida,
igual que la esperanza de un sueño
que se alza en la evidencia de la luz, más allá de un incierto cielo,
donde flota el miedo que perturba ese gesto planchado
de la serena ternura por la muerte.
Tal cual, el ángel desciende al fondo de la calma
como esa enramada de otoño por el pensamiento,
sin peso,
sobre la tierra que abre su destino en rutas de piel
por donde nacen todas las miradas.
Pureza del silencio,
sin otro margen que el irrepetible helor del barro
dilatando el pulso
en cada nuevo ímpetu de luz clara,
más allá del pudor que entierra con voz lenta la vida.
Porque el hombre, fracaso o ascenso, es carne reemplazada.
Ha muerto un hombre porque sí
José Ángel Valente
Y asoma entre dos lomas la noche
como una orgía del saber permanente
en la pasión del vivir su desvencijo nocturno.
Como un fin, la sombra,
que por sus manos extiende la tristeza
al fondo de la palabra previsible,
se acomoda en el rumor de la distancia con el rasgo de siempre,
ahí tendida,
igual que la esperanza de un sueño
que se alza en la evidencia de la luz, más allá de un incierto cielo,
donde flota el miedo que perturba ese gesto planchado
de la serena ternura por la muerte.
Tal cual, el ángel desciende al fondo de la calma
como esa enramada de otoño por el pensamiento,
sin peso,
sobre la tierra que abre su destino en rutas de piel
por donde nacen todas las miradas.
Pureza del silencio,
sin otro margen que el irrepetible helor del barro
dilatando el pulso
en cada nuevo ímpetu de luz clara,
más allá del pudor que entierra con voz lenta la vida.
Porque el hombre, fracaso o ascenso, es carne reemplazada.