Carne

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
CARNE

Un paramilitar serbio
propina una patada al cuerpo de una mujer musulmana
que agoniza sobre una acera en la ciudad de Bijeljina (Bosnia).
Y lo hace mientras sostiene, con soberbia elegancia,
un cigarrillo en su mano izquierda.
Una niña de nombre Kim Phúc
huye despavorida y desnuda por una carretera
con su piel abrasada por un ataque de napalm
que acaba de lanzar el ejército estadounidense
sobre la aldea de Trang Bàng (Vietnam).

Fotografías, fotografías y más fotografías a carne muerta.
¡No hay límite en el álbum del horror!

Y pienso —y siento— que nuestra carne
es el finisterre del cuerpo.
Los expertos de la ciencia afirman que la carne
es el puerto al que llegan las naves de un mundo exterior
que aseguran conocer y controlar
con la escrupulosa precisión de un dios.
Pero, curiosamente, nuestro querido «yo» (y sus naves)
no aparecen, si quiera, en los créditos de su infalible relato;
¡que falta de respeto a su ciencia…
ficción!

Quizá se deba a que la supuesta cartografía de fuera
no sea ni más ni menos que la conciencia misma.
Yo solo sé, que nuestra carne es el finisterre del cuerpo,
y, de algún modo, también delimita
la frontera definitiva del mundo.
Y lo de afuera… pues qué sé yo;
supongo que algo habrá más allá del confín de nuestra piel,
o tal vez no, y, sencillamente, se trate de una fatamorgana
que vislumbran las naves fantasiosas de la mente
en las costas brumosas de la carne.

Lo que está claro es que nuestras naves parten
de los cerúleos atolones polinésicos
que salpican el iris de nuestra mirada anhelante,
y se adentran en el proteico océano humano
para surcar sinápticamente
los vívidos pezones de la existencia.

¡Es tan fascinante y asombrosa la vida!;
estar aquí escribiendo estos versos de madrugada
sin saber muy bien por qué,
sin saber nada de nada,
pero sintiéndolo todo
de todo.

¡El ser humano debería hacerse poeta!
para así poder especular sin límites
y compartir este tránsito maravilloso
con los demás.

Pero ciertos humanos han resuelto de facto disponer
sus grandiosos cojones de uranio sobre la mesa de juego
para hacerlos estallar ante la humanidad entera: ¡¡Boom!!

¡La carne debería ser inviolable!
¡La carne debería ser sagrada!
¡Es lo único soberano que existe! Una soberanía
que ni si quiera la muerte será capaz de arrebatar.
Pero a ellos —a los criminales—
les vale con el honrado silencio que guardan las fosas.

Y por ello gritaron, gritan y gritarán, bien alto, aquello de:
«¡que viva muerte
y que muera la inteligencia!».
Y no tardará el cuerpo militar de estos miserables
en declarar culpables de alta traición
a toda aquella carne viva que no comulgue
con los mandatos del «nuevo mundo».

Y los asesinarán. Pero ignoran
que la carne es infinita, y que sus ondas
lo abarcan absolutamente todo.
Se darán cuenta los asesinos,
tarde, pero se darán cuenta, de que el infinito
es pura carne sin frontera.
Y quedarán sus conciencias heridas de muerte
plegándose una esquinita
de este origami grotesco
que no cesa.

El criminal se dará cuenta, tarde,
pero se dará cuenta, cuando su nieto
le sostenga con ternura su mano anciana
y, mirándolo fijamente, le pida que le cuente
sus aventuras más bellas, y el homicida perciba,
entonces, inserto,
en el brillo nuclear de su querido joven,
la infinita tristeza de aquel niño del gueto de Varsovia.

O tal vez se vea sorprendido
por la infinita sangre morena de Lorca
al hendir su azada en el huerto de su juventud;
o bien resulte golpeado —una tibia tarde de primavera—
por el ruego infinito de aquellas flores
que fueron colocadas en las bocas de los fusiles…

El humano fratricida, se dará cuenta, tarde,
pero se dará cuenta,
cuando bese la mejilla de su madre
y sienta cómo la carne infinita que le dio la vida
se enfría por momentos en sus labios.

En ese temblor, en ese «dios mío»,
quizá repose la esperanza
de que en el rincón más cerrado de su vientre
amanezca el infinito de una cala blanca
y comprenda, al fin, —aunque sea tarde—
que la madre de su carne
fue también la madre
de la sangre

derramada.​



Kalkbadan
Madrid, 22 de abril de 2025
 
Última edición:
CARNE

Un paramilitar serbio
propina una patada al cuerpo de una mujer musulmana
que agoniza sobre una acera en la ciudad de Bijeljina (Bosnia).
Y lo hace mientras sostiene, con soberbia elegancia,
un cigarrillo en su mano izquierda.
Una niña de nombre Kim Phúc
huye despavorida y desnuda por una carretera
con su piel abrasada por un ataque de napalm
que acaba de lanzar el ejército estadounidense
sobre la aldea de Trang Bàng (Vietnam).

Fotografías, fotografías y más fotografías a carne muerta.
¡No hay límite en el álbum del horror!

Y pienso —y siento— que nuestra carne
es el finisterre del cuerpo.
Los expertos de la ciencia afirman que la carne
es el puerto al que llegan las naves de un mundo exterior
que aseguran conocer y controlar
con la escrupulosa precisión de un dios.
Pero, curiosamente, nuestro querido «yo» (y sus naves)
no aparecen, si quiera, en los créditos de su infalible relato;
¡que falta de respeto a su ciencia…
ficción!

Quizá se deba a que la supuesta cartografía de fuera
no sea ni más ni menos que la conciencia misma.
Yo solo sé, que nuestra carne es el finisterre del cuerpo,
y, de algún modo, también delimita
la frontera definitiva del mundo.
Y lo de afuera… pues qué sé yo;
supongo que algo habrá más allá del confín de nuestra piel,
o tal vez no, y, sencillamente, se trate de una fatamorgana
que vislumbran las naves fantasiosas de la mente
en las costas brumosas de la carne.

Lo que está claro es que nuestras naves parten
de los cerúleos atolones polinésicos
que salpican el iris de nuestra mirada anhelante,
y se adentran en el proteico océano humano
para surcar sinápticamente
los vívidos pezones de la existencia.

¡Es tan fascinante y asombrosa la vida!;
estar aquí escribiendo estos versos de madrugada
sin saber muy bien por qué,
sin saber nada de nada,
pero sintiéndolo todo
de todo.

¡El ser humano debería hacerse poeta!
para así poder especular sin límites
y compartir este tránsito maravilloso
con los demás.

Pero ciertos humanos han resuelto de facto disponer
sus grandiosos cojones de uranio sobre la mesa de juego
para hacerlos estallar ante la humanidad entera: ¡¡Boom!!

¡La carne debería ser inviolable!
¡La carne debería ser sagrada!
¡Es lo único soberano que existe! Una soberanía
que ni si quiera la muerte será capaz de arrebatar.
Pero a ellos —a los criminales—
les vale con el honrado silencio que guardan las fosas.

Y por ello gritaron, gritan y gritarán, bien alto, aquello de:
«¡que viva muerte
y que muera la inteligencia!».
Y no tardará el cuerpo militar de estos miserables
en declarar culpables de alta traición
a toda aquella carne viva que no comulgue
con los mandatos del «nuevo mundo».

Y los asesinarán. Pero ignoran
que la carne es infinita, y que sus ondas
lo abarcan absolutamente todo.
Se darán cuenta los asesinos,
tarde, pero se darán cuenta, de que el infinito
es pura carne sin frontera.
Y quedarán sus conciencias heridas de muerte
plegándose una esquinita
de este origami grotesco
que no cesa.

El criminal se dará cuenta, tarde,
pero se dará cuenta, cuando su nieto
le sostenga con ternura su mano anciana
y, mirándolo fijamente, le pida que le cuente
sus aventuras más bellas, y el homicida perciba,
entonces, inserto,
en el brillo nuclear de su querido joven,
la infinita tristeza de aquel niño del gueto de Varsovia.

O tal vez se vea sorprendido
por la infinita sangre morena de Lorca
al hendir su azada en el huerto de su juventud;
o bien resulte golpeado —una tibia tarde de primavera—
por el ruego infinito de aquellas flores
que fueron colocadas en las bocas de los fusiles…

El humano fratricida, se dará cuenta, tarde,
pero se dará cuenta,
cuando bese la mejilla de su madre
y sienta cómo la carne infinita que le dio la vida
se enfría por momentos en sus labios.

En ese temblor, en ese «dios mío»,
quizá repose la esperanza
de que en el rincón más cerrado de su vientre
amanezca el infinito de una cala blanca
y comprenda, al fin, —aunque sea tarde—
que la madre de su carne
fue también la madre
de la sangre

derramada.​



Kalkbadan
Madrid, 22 de abril de 2025
Una profunda reflexión sobre la naturaleza infinita de la carne y su conexión con la conciencia de los asesinos.
Un gran mensaje de que la violencia deja cicatrices profundas en la conciencia.

Saludos
 
La exposición de lo inhumano que radica en el hombre, raya de lo sublime a lo grotesco según se interprete.
Si lo llegan a llamar realismo, sería realismo gore con melodrama.
Es un buen texto de impacto emocional.

Saludos.
 
Mucho gusto, Kalkbadan. Como lector le agradezco la oportunidad de acceder a este poema tan elocuente, justo, bello, si es que puede haber belleza en una denuncia tan grave.

Me ha hecho buscar en el diccionario "fatamorgana". Gracias también por eso. Un día sin usar el mataburros es para mí un día, perdido en el aburrarse.

Con respecto al tema de su poema; por mi experiencia (que no es tanta) le digo que hay algunos que hasta se arrepienten. Incluso algunos hasta rectifican el rumbo, inclusive bastante a tiempo, y hasta jugándose la vida, alguno que otro. Pero hay muchos que mueren incólumes en su doctrina sin fisuras: "mi madre es madre, tu madre es mierda".

Le mando desde Argentina un fraterno saludo extensivo a toda España. Allí, mi abuela paterna fue una niña entre mineros del Río Tinto en Nerva hasta que muy pequeña se vino a la Argentina con su familia, y los padres de mi abuelo paterno se casaron en su provincia de Lugo antes de venirse y tener aquí sus hijos. Él hacía velámenes para los pescadores en Celeiro (Cillero).

Lisandro
 
Última edición:
El poema reflexiona sobre la violencia y el sufrimiento humano, utilizando la carne como un símbolo de lo físico, lo humano y lo trascendental. A través de imágenes impactantes de guerra, sufrimiento y muerte, el autor denuncia la deshumanización y la brutalidad de quienes infligen el dolor. Sin embargo, al final, se sugiere que la carne, como manifestación de la vida y la humanidad, es infinita y resistente, uniendo a los seres humanos a través de su fragilidad y su capacidad de experimentar el sufrimiento y la belleza. La esperanza radica en la conciencia tardía de los responsables, quienes finalmente se dan cuenta de la sacralidad de la vida.


Saludos cordiales
 
El que es hijoputa "vocacional" difícilmente se arrepienta un día, y es que estos individuos además de justificar su crueldad y/o maldad, una buena parte de ellos suelen arrastrar también una psicopatía en mayor o menor medida.
Tampoco hay que olvidar que el ser humano es en su origen una especie depredadora, violenta y carnívora, y no todos están por la labor de ir en contra de sus raíces e instintos naturales.
En el fondo y aunque suene fuerte decirlo lo "antinatural" es ser civilizados, pacíficos o altruistas... (como lo pueda ser ser vegetariano), y aunque muchos creamos en la necesidad y deber de evolucionar y sacrificar dentro de lo posible nuestra parte depredadora, siempre será una quimera o una utopía que la humanidad entera lo logre o lo acepte. Y es que no nos engañemos, cualquier guerra militar es un "festival" o una barra libre de crímenes y asesinatos, ... aunque gran parte de la sociedad no lo vea de esa manera.

Gran poema, Andreas. Un abrazo amigo.
 
Última edición:

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba