Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
La carretera de Cea se extendía, perezosa entre las tierras, bordeada de chopos que daban fresca sombra aquellos días de estío en que el sol sabía hacerse sentir. Los altos chopos lombardos, como centinelas de la vía, se alzaban a ambos lados, formando un túnel de verdor, un remanso de frescura, por el que daba gusto caminar. Al paso lento de la yunta de vacas, una carreta rebosante de gavillas, perezosa y retrasada, se desgranaba con desgana en el ligero traqueteo y el chirriar de las llantas contra el suelo. Alguna bicicleta, como un asno mecánico, llevaba a algún paisano cargado de serillos en el manillar y el portabultos. Un desvencijado camión, venía, levantando nubes de polvo desde la lejanía y hacía sonar con estrépito aquella bocina que remedaba el pitido del tren, poniendo espanto en los cuervos y obligando a las miradas curiosas de las gentes que por allí pasaban; luego, de nuevo la calma, la tranquila caminata que hacía ver cómo la carretera se deslizaba bajo los pies, la fresca sombra y el rumor acogedor de las hojas de los chopos al ser mecidas por el viento.
Carretera de Cea, para ser disfrutada, como un paseo, con un alto en el camino para dar un tiento a la bota y sobre el pan de hogaza cortar con la navaja el lomo de la olla. Pasar, caminar sin apuro, siendo el hombre la medida del tiempo, de aquel existir que trascurría como una melodía de acordes medidos y acompasados. Tiempo para filosofías, para cavilar mientras se anda, para ver el paisaje, para hablar cuatro palabras con los paisanos al cruzarse, para saltar la cuneta y ver la tierra negra de los barreales.
Hoy es más ancha la carretera y no hay casi árboles. Los automóviles pasan raudos, sin tiempo, con prisas inexplicables para llegar, quién sabe a qué partes. Y hemos perdido el viaje, el frescor, la charla, el reposo y el paisaje.
Carretera de Cea, para ser disfrutada, como un paseo, con un alto en el camino para dar un tiento a la bota y sobre el pan de hogaza cortar con la navaja el lomo de la olla. Pasar, caminar sin apuro, siendo el hombre la medida del tiempo, de aquel existir que trascurría como una melodía de acordes medidos y acompasados. Tiempo para filosofías, para cavilar mientras se anda, para ver el paisaje, para hablar cuatro palabras con los paisanos al cruzarse, para saltar la cuneta y ver la tierra negra de los barreales.
Hoy es más ancha la carretera y no hay casi árboles. Los automóviles pasan raudos, sin tiempo, con prisas inexplicables para llegar, quién sabe a qué partes. Y hemos perdido el viaje, el frescor, la charla, el reposo y el paisaje.