Querido viejo:
No sé dónde estarás cuando leas estas palabras. No sé si tus manos temblarán un poco al sostener esta carta, si las canas habrán terminado de conquistar tu cabeza o si aún conservarás esa mala costumbre de mirar por la ventana cuando la vida te haga preguntas difíciles.Yo te escribo desde un tiempo en el que todavía quedan caminos por recorrer, errores por cometer y sueños que aún no saben si llegarán a cumplirse.
Quiero preguntarte algo.
¿Valió la pena?
¿Valieron la pena las noches de insomnio, las despedidas, las veces en que tuviste que empezar de nuevo cuando sentías que ya no te quedaban fuerzas para reconstruirte?
Espero que sí.
Espero que no hayas permitido que el miedo te convirtiera en un hombre pequeño. Espero que hayas seguido escribiendo, aunque nadie haya leído. Que hayas seguido amando, aunque alguna vez te hayan roto el corazón. Que hayas seguido creyendo en la gente, incluso después de conocer sus sombras.
Dime...
¿Aprendiste finalmente que no puedes salvar a todo el mundo?
Porque yo todavía cargo con esa obsesión absurda de querer sostener a quienes se están cayendo, aun cuando mis propias rodillas tiemblan.
También quisiera saber si lograste perdonar.
No a los demás.
A ti.
A ese hombre que tantas veces se culpó por cosas que estaban fuera de su control. A ese muchacho que creyó que debía ser fuerte todo el tiempo. A ese corazón que aprendió demasiado tarde que la vulnerabilidad no era una derrota, sino una forma de valentía.
Ojalá hayas aprendido a descansar.
No me refiero al cuerpo.
Me refiero al alma.
Dejar de cargar con recuerdos como si fueran deudas. Dejar de visitar cementerios emocionales donde ya no vive nadie. A comprender que algunas historias terminan porque debían terminar y no porque alguien haya fallado.
Quiero creer que sigues conservando cierta capacidad de asombro.
Que todavía te emocionan los amaneceres.
Que aún te detienes a escuchar la lluvia.
Que sigues creyendo que un poema puede salvar una tarde triste.
Que todavía miras el mar con el mismo respeto con que se mira a Dios.
Y si la vida fue generosa contigo, espero que tengas cerca a las personas que amas.
Los hijos.
Los nietos.
Los amigos que sobrevivieron al paso de los años.
Tal vez alguien que siga tomándote la mano sin necesidad de decir nada.
Si es así, cuídalos.
Nada de lo que perseguimos tiene más valor que quienes decidieron quedarse.
Yo seguiré aquí, veinte años atrás, intentando descifrar el mundo.
Tropezando.
Aprendiendo.
Equivocándome.
Con miedo algunas veces.
Con esperanza casi siempre.
Y mientras avanzo hacia ti, quiero pedirte un favor.
Cuando nos encontremos, no me juzgues por mis errores.
Recíbeme como se recibe a un viejo amigo que hizo lo mejor que pudo con el tiempo que le tocó vivir.
Porque al final, viejo, tú y yo somos el mismo hombre.
Solo que uno todavía está aprendiendo a caminar,
y el otro ya sabe que el verdadero destino nunca fue llegar,
sino convertirse en quien debía ser durante el camino.
No sé dónde estarás cuando leas estas palabras. No sé si tus manos temblarán un poco al sostener esta carta, si las canas habrán terminado de conquistar tu cabeza o si aún conservarás esa mala costumbre de mirar por la ventana cuando la vida te haga preguntas difíciles.Yo te escribo desde un tiempo en el que todavía quedan caminos por recorrer, errores por cometer y sueños que aún no saben si llegarán a cumplirse.
Quiero preguntarte algo.
¿Valió la pena?
¿Valieron la pena las noches de insomnio, las despedidas, las veces en que tuviste que empezar de nuevo cuando sentías que ya no te quedaban fuerzas para reconstruirte?
Espero que sí.
Espero que no hayas permitido que el miedo te convirtiera en un hombre pequeño. Espero que hayas seguido escribiendo, aunque nadie haya leído. Que hayas seguido amando, aunque alguna vez te hayan roto el corazón. Que hayas seguido creyendo en la gente, incluso después de conocer sus sombras.
Dime...
¿Aprendiste finalmente que no puedes salvar a todo el mundo?
Porque yo todavía cargo con esa obsesión absurda de querer sostener a quienes se están cayendo, aun cuando mis propias rodillas tiemblan.
También quisiera saber si lograste perdonar.
No a los demás.
A ti.
A ese hombre que tantas veces se culpó por cosas que estaban fuera de su control. A ese muchacho que creyó que debía ser fuerte todo el tiempo. A ese corazón que aprendió demasiado tarde que la vulnerabilidad no era una derrota, sino una forma de valentía.
Ojalá hayas aprendido a descansar.
No me refiero al cuerpo.
Me refiero al alma.
Dejar de cargar con recuerdos como si fueran deudas. Dejar de visitar cementerios emocionales donde ya no vive nadie. A comprender que algunas historias terminan porque debían terminar y no porque alguien haya fallado.
Quiero creer que sigues conservando cierta capacidad de asombro.
Que todavía te emocionan los amaneceres.
Que aún te detienes a escuchar la lluvia.
Que sigues creyendo que un poema puede salvar una tarde triste.
Que todavía miras el mar con el mismo respeto con que se mira a Dios.
Y si la vida fue generosa contigo, espero que tengas cerca a las personas que amas.
Los hijos.
Los nietos.
Los amigos que sobrevivieron al paso de los años.
Tal vez alguien que siga tomándote la mano sin necesidad de decir nada.
Si es así, cuídalos.
Nada de lo que perseguimos tiene más valor que quienes decidieron quedarse.
Yo seguiré aquí, veinte años atrás, intentando descifrar el mundo.
Tropezando.
Aprendiendo.
Equivocándome.
Con miedo algunas veces.
Con esperanza casi siempre.
Y mientras avanzo hacia ti, quiero pedirte un favor.
Cuando nos encontremos, no me juzgues por mis errores.
Recíbeme como se recibe a un viejo amigo que hizo lo mejor que pudo con el tiempo que le tocó vivir.
Porque al final, viejo, tú y yo somos el mismo hombre.
Solo que uno todavía está aprendiendo a caminar,
y el otro ya sabe que el verdadero destino nunca fue llegar,
sino convertirse en quien debía ser durante el camino.