Hijo mío,
lee esta carta y guárdala en tu corazón
como una lámpara pequeña
que en las sombras ha de iluminarte.
Mis tiempos muy pronto serán historia
y espero que en ti sean buen recuerdo.
Por eso, cuando te acuerdes de mí
encontrarás muchos errores en mis acciones
e innumerables equivocaciones en mi proceder,
pero ni los unos ni las otras
tuvieron intención mal concebida;
simplemente, fueron el resultado de la buena fe
llevada al extremo de la ingenuidad,
porque solamente quien nada hace
no corre el riesgo de equivocarse
y quien no camina nunca tropezará.
Ve tú por el mundo
buscando el camino que te corresponde,
cultivando las semillas que la vida pone en tus manos,
y cosechando los frutos que merecen tus esfuerzos:
no esperes recibir sino sólo aquello que has sembrado.
Ama y cuida a tu madre mientras viva:
es lo único que realmente tienes en la vida
de auténtico, de puro y verdadero,
de bueno, de hermoso y de sincero.
Haz amigos y mantenlos como un tesoro invalorable:
cuando los necesites, sabrás quiénes son y cuánto vales.
No persigas el dinero por dinero,
sino solamente como un medio
para satisfacer tus necesidades primordiales:
lo material el tiempo lo corrompe
y termina por servir para nada finalmente.
Procura el bien de los demás
sin importarte lo que consigas a cambio:
todo lo que haces tiene una recompensa natural y espontánea
sin que la exijas.
Jamás pienses que la honestidad, la honradez y la probidad
tienen un precio, un costo, un premio:
la medalla la otorgan tu conciencia y tu tranquilidad.
Lo único por lo que vale la pena luchar hasta perder el aliento
es la paz de espíritu:
no hay mejor conquista que la de uno mismo
y no existe peor castigo que el remordimiento y la autoinculpación.
Cree en la naturaleza superior creyendo en ti mismo,
ten fe en la voluntad suprema y en la tuya propia
y confía en el poder infinito confiando en tus fuerzas y posibilidades:
nada llega a ti si no lo pides con tu esfuerzo y con tu sacrificio.
Merécete todo lo que eres y todo lo que tienes:
sal y busca en el mundo lo que te pertenece,
tómalo y valóralo según tu sudor y tus lágrimas.
Ríe y sonríe a cada paso que des:
tu alma se acercará al cielo
y tu cuerpo se apartará de la enfermedad.
Ama sin límites, sin condiciones,
sin cálculos ni prevenciones:
es lo genuino de que dispones
para dar en abundancia y profusión.
Descubre, inicia y concluye cuanto antes la obra de tu vida:
para ella naciste, según ella estás y por ella te juzgarán.
Vive, en fin, cada día, cada instante,
con intensidad, con delirio, con pasión:
la vida, que no es tuya,
es, sin embargo, lo primero y lo último que tienes,
y de la que debes responder a cada instante
mientras camines en este lado de la vida;
Hijo mío, con amor te digo, ve en paz,
ahora cuando ya no puedo indicarte un derrotero
que ayer lo hice y espero haya sido el acertado,
lee esta carta y guárdala en tu corazón
como una lámpara pequeña
que en las sombras ha de iluminarte.
Mis tiempos muy pronto serán historia
y espero que en ti sean buen recuerdo.
Por eso, cuando te acuerdes de mí
encontrarás muchos errores en mis acciones
e innumerables equivocaciones en mi proceder,
pero ni los unos ni las otras
tuvieron intención mal concebida;
simplemente, fueron el resultado de la buena fe
llevada al extremo de la ingenuidad,
porque solamente quien nada hace
no corre el riesgo de equivocarse
y quien no camina nunca tropezará.
Ve tú por el mundo
buscando el camino que te corresponde,
cultivando las semillas que la vida pone en tus manos,
y cosechando los frutos que merecen tus esfuerzos:
no esperes recibir sino sólo aquello que has sembrado.
Ama y cuida a tu madre mientras viva:
es lo único que realmente tienes en la vida
de auténtico, de puro y verdadero,
de bueno, de hermoso y de sincero.
Haz amigos y mantenlos como un tesoro invalorable:
cuando los necesites, sabrás quiénes son y cuánto vales.
No persigas el dinero por dinero,
sino solamente como un medio
para satisfacer tus necesidades primordiales:
lo material el tiempo lo corrompe
y termina por servir para nada finalmente.
Procura el bien de los demás
sin importarte lo que consigas a cambio:
todo lo que haces tiene una recompensa natural y espontánea
sin que la exijas.
Jamás pienses que la honestidad, la honradez y la probidad
tienen un precio, un costo, un premio:
la medalla la otorgan tu conciencia y tu tranquilidad.
Lo único por lo que vale la pena luchar hasta perder el aliento
es la paz de espíritu:
no hay mejor conquista que la de uno mismo
y no existe peor castigo que el remordimiento y la autoinculpación.
Cree en la naturaleza superior creyendo en ti mismo,
ten fe en la voluntad suprema y en la tuya propia
y confía en el poder infinito confiando en tus fuerzas y posibilidades:
nada llega a ti si no lo pides con tu esfuerzo y con tu sacrificio.
Merécete todo lo que eres y todo lo que tienes:
sal y busca en el mundo lo que te pertenece,
tómalo y valóralo según tu sudor y tus lágrimas.
Ríe y sonríe a cada paso que des:
tu alma se acercará al cielo
y tu cuerpo se apartará de la enfermedad.
Ama sin límites, sin condiciones,
sin cálculos ni prevenciones:
es lo genuino de que dispones
para dar en abundancia y profusión.
Descubre, inicia y concluye cuanto antes la obra de tu vida:
para ella naciste, según ella estás y por ella te juzgarán.
Vive, en fin, cada día, cada instante,
con intensidad, con delirio, con pasión:
la vida, que no es tuya,
es, sin embargo, lo primero y lo último que tienes,
y de la que debes responder a cada instante
mientras camines en este lado de la vida;
Hijo mío, con amor te digo, ve en paz,
ahora cuando ya no puedo indicarte un derrotero
que ayer lo hice y espero haya sido el acertado,
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