Luis Fernando Tejada
Poeta reconocido
El sol alejado de la noche,
mirando una imagen
en las aguas del mar
está la eterna
luz morena de la tierra.
En su pelo negro y
en sus ojos
la tempestad amaina,
el sabor de la
tarde vibra
en todo su cuerpo,
y el corazón
a su paso:
¡Deja de latir!
La noche llega
a los lugares
mágicos de esa
silueta preciosa,
en los ojos oscuros,
las constelaciones
se desplazan
hasta el final
del universo,
noche que equilibra.
En sus oídos,
caracol divino,
la música de
la noche se enternece y
se oye el sueño
como un sonido mágico,
luz tempestuosa
de sortílega noche,
como el color de
sus ondulaciones luminosas,
como las olas de
un cabello rizado.
Cara de tierra perpetuada,
plenamente divina,
es la luz su figura
volátil, su acento
y ese gesto infantil
que expone los colores
como magia sin final.
mirando una imagen
en las aguas del mar
está la eterna
luz morena de la tierra.
En su pelo negro y
en sus ojos
la tempestad amaina,
el sabor de la
tarde vibra
en todo su cuerpo,
y el corazón
a su paso:
¡Deja de latir!
La noche llega
a los lugares
mágicos de esa
silueta preciosa,
en los ojos oscuros,
las constelaciones
se desplazan
hasta el final
del universo,
noche que equilibra.
En sus oídos,
caracol divino,
la música de
la noche se enternece y
se oye el sueño
como un sonido mágico,
luz tempestuosa
de sortílega noche,
como el color de
sus ondulaciones luminosas,
como las olas de
un cabello rizado.
Cara de tierra perpetuada,
plenamente divina,
es la luz su figura
volátil, su acento
y ese gesto infantil
que expone los colores
como magia sin final.
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