4 de Febrero.-
Hoy encontré una carta de amor bajo mi puerta, sin remitente, escrita a mano, con una caligrafía impecable; algunos rasgos de sus letras son tan personales que entusiasmarían a cualquier grafólogo; un texto elaborado con pulcritud, aunque reconozco algunas frases plagiadas, perfectamente encajadas en el escrito. En otro tiempo, esto hubiera bastado para rechazarlo; nunca admití los engaños. Ahora lo contemplo con otros ojos; valoró su audacia; ese deseo de deslumbrarme con pequeños hurtos literarios, me conmueve. Supondrá que leo poco ¿quién puede imaginar mis aficiones literarias con esta guisa de triste dependienta de perfumes (sin perfume) a orillas de la jubilación?
Me dice, que desde hace años me ama en silencio; que nunca se atrevió a abordarme y prefirió que habitara sus sueños antes que aniquilar sus esperanzas con mi rechazo; pero que últimamente le está resultando difícil contenerse, consciente de que, el tiempo se nos escapa sin darnos tregua.
7 de febrero.-
¡Que larga se me hace la jornada entre aromas que odio! Al salir, escondo mi desgastada máscara de amabilidad forzada y acelero el paso. El corazón me late con fuerza al abrir la puerta de casa; sin encender la luz, palpo ansiosamente el suelo; la emoción de ese momento a oscuras, hasta que encuentro su carta, no lo cambiaría por nada; luego, la guardo celosamente para leerla al final de la noche. Hoy, me ha descrito con detalle el recuerdo que guarda de mi imagen montando en bicicleta, con la melena y la falda al viento. ¡Sabe Dios cuantos años hace que perdí de vista esa ridícula bicicleta con cestita, al igual que ocurrió con mi melena de la que me deshice, junto con todo lo demás, el día que-harta de esperar- decidí desarmar mi coquetería.
9 febrero.-
Ahora, mi corazón no quiere renunciar a estas misivas amorosas y me somete a la dictadura de sus impulsos, la sensatez que desde hace años regía mi existencia ha sido destituida. Bajo este yugo arrebatado, he comprado una falda de vuelo, a pesar que, desde hace años, sustituí mis vestidos por cómodos vaqueros. Al llegar a casa me la probé y bajo el influjo de la voz profunda de Leonard Cohen (la melodía que él dice escuchar mientras me escribe) comencé a danzar descalza, mientras mi falda volaba; danzaba ágilmente, como poseída por la imagen de mi juventud, sintiéndome ridículamente feliz.
14 de febrero
He notado que este estado de creciente felicidad me reconcilia con la vida y en el trabajo disfruto como antaño. Esta noche al llegar a casa me sorprendió un ramo de margaritas al pié de mi puerta; creyendo oír pasos corrí escaleras arriba y presa de un impulso toque el timbre de mi vecino Juan, por si había visto a alguien merodeando por allí. Cuando abrió nuestros ojos se encontraron y su rostro pareció iluminarse; por un instante creí que me revelaría algo importante, pero inexplicablemente bajó la mirada negando con la cabeza. Molesta con él- no sé bien por qué- descendí la escalera despacio recogí las flores y cerré la puerta tras de mí de un portazo.
¡Este Juan, sigue igual de apocado e indeciso!. Siempre me contuve de sacudirlo para que espabilara, desde que éramos de la pandilla del barrio.
Mejor así, tampoco yo necesito desvelar quien me escribe.
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