No fuera malo un mundo así, donde todo se resolviera con bastos, espadas, oros o copas. Pero lo cierto es que el dinero es un señor muy poderoso.
Hubo un tiempo en que el trabajo y el valor tenían a raya a los adinerados, pero hoy se han convertido en comparsas. Hacen buenos los versos de Quevedo:
"Madre yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado,
de continuo anda amarillo"
Pero no es menos verdad lo que dice la divisa de mi orden:
"Una manu sua faciebat opus et altera tenebat gladium"
Si somos capaces de realizar nuestro trabajo mientras en la mano sostenemos la espada, quienes hoy presumen de poderosos correrán ante nuestras estocadas.
Un abrazo.