BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
De lo totalmente inexpugnable.
De las altas cúpulas de hierro.
De los momentos en que las acacias
parecen doblegarse al miedo y al vértigo
de insinuantes liturgias.
Voy poblando las materias del sueño.
Con su círculo de robles, su fantástico
baño de helechos furiosos, de los tropiezos
insistentes, conquistados al fin.
De lo increíblemente superpuesto.
De lo emplazado como una bacteria de laboratorios.
De lo que se destierra como cobre ficticio.
De lo que, en mis manos, cae como una piedra dolorosa
y amable, hasta romperme el hueso sentenciado.
Circunspecto y arribista, desposeído, sucio,
llego a las ciudades, con fatal designio, con augurios
incontrolables, y aéreos globos óseos, cruelmente
imperturbables.
De las naciones vertebradas, de los sacos de amianto.
De los recibos verdes, con tinta deleble, de las aparecidas
voces, sin ruego ni plegaria. Y esas cartas sucintas, esperando
ser sustanciadas, igualadas, físicamente nutridas.
©
De las altas cúpulas de hierro.
De los momentos en que las acacias
parecen doblegarse al miedo y al vértigo
de insinuantes liturgias.
Voy poblando las materias del sueño.
Con su círculo de robles, su fantástico
baño de helechos furiosos, de los tropiezos
insistentes, conquistados al fin.
De lo increíblemente superpuesto.
De lo emplazado como una bacteria de laboratorios.
De lo que se destierra como cobre ficticio.
De lo que, en mis manos, cae como una piedra dolorosa
y amable, hasta romperme el hueso sentenciado.
Circunspecto y arribista, desposeído, sucio,
llego a las ciudades, con fatal designio, con augurios
incontrolables, y aéreos globos óseos, cruelmente
imperturbables.
De las naciones vertebradas, de los sacos de amianto.
De los recibos verdes, con tinta deleble, de las aparecidas
voces, sin ruego ni plegaria. Y esas cartas sucintas, esperando
ser sustanciadas, igualadas, físicamente nutridas.
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