Frankos Roda
Poeta recién llegado
En el campo de Marte una mente abstraída,
la mirada ausente, cabizbaja...
El yelmo a sus pies enmugrecido,
mezcla de negra sangre, tizne y pez de faláricas;
la pelta arrojada en el suelo;
la falcata cobrada en una reyerta clavada a su pies;
en el talabarte pende la espada,
uncidos al talahí un hacha de talón y el puñal de antenas.
Sobre el muslo derecho acoda el brazo
mientras soporta en su mano la cabeza.
Los cabellos ensortijados movidos por el viento
muestran parte de su rostro y el bigote aleonado.
Los bíceps sudorosos, curtidos de rozaduras y viejas heridas,
el pecho comprimido por el peto...
Ella se acerca, entallada, prieta la cintura...
Lleva una zafa con algodones impregnados
de jabones y bálsamos afrutados.
Él nota su presencia, levanta la barbilla
y muestra una mirada enjugada en lágrimas…
Mirada acosada y acuciada de muerte.
Ella introduce sus manos tatuadas de gena en el recipiente
y exprime ligeramente los algodones;
se acerca y le limpia el rostro con suavidad.
Exhala una pureza indescriptible...
(Mujer-Chanel y naturalezas exóticas…).
Le quita el peto y las hombreras dejándole solo los brakes
y las sandalias ajustadas con cintas de cuero a sus pantorrillas.
Mientras restriega los algodones por todo su cuerpo
acerca sus pechos erectos a la altura de su rostro.
Umbrales de vida relegan el lado cruento de la guerra
y deja su cuerpo, vencido, a la fuerza afrodisíaca
de unas manos suaves, fértiles, de placeres impolutos...
La atrae, abraza, besa. Ella se cuelga a su cuello
y corresponde con un beso largo y suave.
Al punto lo aparta con delicadeza y lo vuelve a sentar
en la roca en que lo había encontrado.
Lo sitúa en la misma posición
y se aleja hasta un espacio en el que hay un trípode,
dos cámaras fotográficas y objetivos.
De su largo vestido negro, una abertura enseña hasta la ingle.
Se acomoda en un taburete alto y giratorio.
La pierna y el muslo muestran la media cogida a un liguero
ocultada con premeditación hacia la cintura.
Se acerca de nuevo hacia él
con intenciones de agacharle la cabeza en la posición primaria.
Él la atrapa de nuevo por la cintura y la comprime a su pecho,
la besa, hunde sus manos en sus senos, se adentra por el corte del vestido.
El contraste de fibras y piel le aturde…
Las manos se desbocan entre sedas y tactos imposibles de descifrar...
Un adagio melodioso atrapa a la estancia,
poco a poco va subiendo el tono
hasta alcanzar el allegro molto…
Se abren los ojos, para el odioso artefacto y, sobre la mesita de noche,
una cámara y fotografías desparramadas con imágenes de modelos
ataviados con ropajes y armamento a la usanza de la época.
En un ángulo, sobresaliente,
el elegido y un título: ¡Celtíbero!