Que el polvo y el tiempo envejezcan las cosas es una verdad.
La antigüedad de este cementerio judío es desconocida.
En un tiempo fue sitial para celebrar modestas exequias, el llanto hacía del día un día intenso y largo.
Hoy la maleza verdea sobre la lápida, sobre el nombre inscrito en el epitafio.
Los descendientes peregrinos jamás movieron sus manos para reestablecer la inmortalidad de éste depósito
y por eso el kadish jamás será susurrado.
¿Qué niños retozan en este rincón tan aciago para venir a tropezarse
con alguna calavera de seca sonrisa?
Por las noches, desatada la racha, la incertidumbre recae
en quienes especulan
que a la par del chirrido del grillo,
se sacudirían sombras inquietantes.
Hay sombrías experiencias posibles para algunos,
inquietudes por viejas costumbres, que van creando visiones para las fábulas.
Porque existen mentes fervorosas y anticuadas.
Cuando el sol no le da cabida a la penumbra,
el cementerio asume el carácter benévolo de los caminos que llevan al destino.
La ruina es causa del olvido.
Consumada la decadencia nadie vuelve la mirada.
Ya ni el gusano se arrastra, porque su labor sobre la carne ya está terminada.
Sea de día o sea de noche,
este santuario de huesos no haya belleza notable,
o al menos en el breve instante en que la lluvia moja los pétalos de las pequeñas flores amarillas.
La antigüedad de este cementerio judío es desconocida.
En un tiempo fue sitial para celebrar modestas exequias, el llanto hacía del día un día intenso y largo.
Hoy la maleza verdea sobre la lápida, sobre el nombre inscrito en el epitafio.
Los descendientes peregrinos jamás movieron sus manos para reestablecer la inmortalidad de éste depósito
y por eso el kadish jamás será susurrado.
¿Qué niños retozan en este rincón tan aciago para venir a tropezarse
con alguna calavera de seca sonrisa?
Por las noches, desatada la racha, la incertidumbre recae
en quienes especulan
que a la par del chirrido del grillo,
se sacudirían sombras inquietantes.
Hay sombrías experiencias posibles para algunos,
inquietudes por viejas costumbres, que van creando visiones para las fábulas.
Porque existen mentes fervorosas y anticuadas.
Cuando el sol no le da cabida a la penumbra,
el cementerio asume el carácter benévolo de los caminos que llevan al destino.
La ruina es causa del olvido.
Consumada la decadencia nadie vuelve la mirada.
Ya ni el gusano se arrastra, porque su labor sobre la carne ya está terminada.
Sea de día o sea de noche,
este santuario de huesos no haya belleza notable,
o al menos en el breve instante en que la lluvia moja los pétalos de las pequeñas flores amarillas.
Última edición: