Jesus Arriaza
Poeta recién llegado
Suelo decirte cenizas,
casi siempre lo creo y siempre sería,
de no ser, por aquellos insignificantes,
grandes detalles que, sin un sentido aparente,
dan vida a los más consumidos rastros de ti.
Yo sé, bastaría una canción, una pintura, una frase,
tu retrato borroso, tu nombre coincidente o una letra al azar,
para enterarme de que te sigo amando como siempre,
para convencerme, de que sigo muriendo por ti.
Y no es que te desee insistente,
pero quisiera, que tu perfume me cruzara,
como bala, como brisa del mar,
pienso, tal vez hasta demasiado, sospecho,
que el momento fugaz, me sabría tan dulce,
o quizá, me ahogara finalmente queriéndote aquí.
Siguen manchadas las hojas, del humo y el café,
de tu nombre a medio borrar y de los suspiros,
aquellos de amor y los otros cansados,
los primeros, jodidos,
que parecieran aún enamorados,
y los otros, terminantemente marchitos.
Pero yo tan frágil o tan idiota, roto o enamorado,
suelo regresar, allá donde no debo,
será que aún me gusta de vez en cuando,
sentarme bajo tu lluvia,
aun si al quedarme más de la cuenta,
te vuelves tormenta,
y contemplar, descubriendo siempre,
todo aquello que ya conozco de ti.
Suelo decirte cenizas,
pero si al oírlo supieran, que tengo la mala costumbre,
de nunca vaciar el cenicero,
sería mucho más fácil, cuando hablo de ti.
casi siempre lo creo y siempre sería,
de no ser, por aquellos insignificantes,
grandes detalles que, sin un sentido aparente,
dan vida a los más consumidos rastros de ti.
Yo sé, bastaría una canción, una pintura, una frase,
tu retrato borroso, tu nombre coincidente o una letra al azar,
para enterarme de que te sigo amando como siempre,
para convencerme, de que sigo muriendo por ti.
Y no es que te desee insistente,
pero quisiera, que tu perfume me cruzara,
como bala, como brisa del mar,
pienso, tal vez hasta demasiado, sospecho,
que el momento fugaz, me sabría tan dulce,
o quizá, me ahogara finalmente queriéndote aquí.
Siguen manchadas las hojas, del humo y el café,
de tu nombre a medio borrar y de los suspiros,
aquellos de amor y los otros cansados,
los primeros, jodidos,
que parecieran aún enamorados,
y los otros, terminantemente marchitos.
Pero yo tan frágil o tan idiota, roto o enamorado,
suelo regresar, allá donde no debo,
será que aún me gusta de vez en cuando,
sentarme bajo tu lluvia,
aun si al quedarme más de la cuenta,
te vuelves tormenta,
y contemplar, descubriendo siempre,
todo aquello que ya conozco de ti.
Suelo decirte cenizas,
pero si al oírlo supieran, que tengo la mala costumbre,
de nunca vaciar el cenicero,
sería mucho más fácil, cuando hablo de ti.
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