Damián Masot
Poeta recién llegado
Si logro al menos
cambiar las sábanas de mi cama
-quizás si es que lo nota-
verá que soy capaz de algo.
Es por eso que no soy escritor,
porque no logro encontrar un puto lápiz
adentro del cajón o tirado encima
de cualquier parte de la pieza.
No, debe ser porque
siempre estuvo frente a mi nariz
mientras lo buscaba por otro lado.
Veo un montón de figuras
-que sé que en algún momento
representaban otra cosa-
que lucen sin ninguna emoción,
inconexas,
y sueño posibles escenarios
para un final reconfortante o liberador.
Ando constantemente pensando
-o a esta altura fantaseando-
con algo que me traduzca
el sentido de cada necesidad
y le de consuelo a mi elección.
No se como lograrlo.
Tuve que conformarme
con espiar a la belleza
a través de una grieta en la cerradura.
Lo hacía cada vez que podía y,
aunque fuese muy peligroso,
mientras espiaba
no podía dejar de fantasear
con derribar la puerta
y entrar en acción
en la escena soñada.
De un día a otro
desapareció el instinto
y lo innato que venía pegado a mi
se apagó.
No hubo despedidas
ni ceremonias,
pues nadie se percató
de lo que estaba sucediendo.
Nunca nadie vio el incendio
y nunca nadie vio las llamas que esparció.
Hoy me mantiene vivo
la tibies de las cenizas
que hoy soy.
cambiar las sábanas de mi cama
-quizás si es que lo nota-
verá que soy capaz de algo.
Es por eso que no soy escritor,
porque no logro encontrar un puto lápiz
adentro del cajón o tirado encima
de cualquier parte de la pieza.
No, debe ser porque
siempre estuvo frente a mi nariz
mientras lo buscaba por otro lado.
Veo un montón de figuras
-que sé que en algún momento
representaban otra cosa-
que lucen sin ninguna emoción,
inconexas,
y sueño posibles escenarios
para un final reconfortante o liberador.
Ando constantemente pensando
-o a esta altura fantaseando-
con algo que me traduzca
el sentido de cada necesidad
y le de consuelo a mi elección.
No se como lograrlo.
Tuve que conformarme
con espiar a la belleza
a través de una grieta en la cerradura.
Lo hacía cada vez que podía y,
aunque fuese muy peligroso,
mientras espiaba
no podía dejar de fantasear
con derribar la puerta
y entrar en acción
en la escena soñada.
De un día a otro
desapareció el instinto
y lo innato que venía pegado a mi
se apagó.
No hubo despedidas
ni ceremonias,
pues nadie se percató
de lo que estaba sucediendo.
Nunca nadie vio el incendio
y nunca nadie vio las llamas que esparció.
Hoy me mantiene vivo
la tibies de las cenizas
que hoy soy.