Campo Ardiendo
Poeta recién llegado
Desde acá, desde mi ventana, observo la magnificencia de la naturaleza encerrada en la
divinidad del lago. Percibo la exquisitez de la vida.
Desde mi ventana abro los ojos a la manera en que las especies cohabitan. Existe una amplia variedad de peces, moluscos, aves y plantas; todas en sintonía con la serenidad de los
pescadores que con sus trasmallos tratan de robarle un pez a las aguas santas del lago y así
llevar sustento a sus familias. También percibo el olor del azufre que despide el resoplo del estanque, que me recuerda que tan cerca de nosotros se encuentra el útero de nuestra madre tierra.
¿Y la gente?, esa gente sencilla que ha resultado ser el botín de la paranoia frívola y vacía de los seres humanos. Acá nadie siente, nadie ama. Es aquí donde gobierna el “tener” sobre el “ser” con todos sus tentáculos, enfermos todos. Humanos entregados a los superficiales placeres del mundo, esclavos del sexo, del poder, del dinero. Nuestra comunidad ha convertido en un calabozo donde habitan perros y gatos que se pasan la vida mordiéndole el trasero al otro, todos tratando de agredir al vecino, como si fuera esa la razón de vivir en este mundo, la razón de la vida; todos en plena pugna, desechando vidas humanas, produciendo cadáveres, desgarrando esperanzas, destruyendo sueños. Afectados por las drogas, el alcohol, la prostitución; arrasando hogares enteros que se desbandan hacia los pueblos vecinos y que a su vez se encuentran igual o peor que el nuestro.
Pobre gente, soy humana, de acuerdo, pero… ¿y ustedes? Desde acá, desde mi ventana, nadie parece serlo.
divinidad del lago. Percibo la exquisitez de la vida.
Desde mi ventana abro los ojos a la manera en que las especies cohabitan. Existe una amplia variedad de peces, moluscos, aves y plantas; todas en sintonía con la serenidad de los
pescadores que con sus trasmallos tratan de robarle un pez a las aguas santas del lago y así
llevar sustento a sus familias. También percibo el olor del azufre que despide el resoplo del estanque, que me recuerda que tan cerca de nosotros se encuentra el útero de nuestra madre tierra.
¿Y la gente?, esa gente sencilla que ha resultado ser el botín de la paranoia frívola y vacía de los seres humanos. Acá nadie siente, nadie ama. Es aquí donde gobierna el “tener” sobre el “ser” con todos sus tentáculos, enfermos todos. Humanos entregados a los superficiales placeres del mundo, esclavos del sexo, del poder, del dinero. Nuestra comunidad ha convertido en un calabozo donde habitan perros y gatos que se pasan la vida mordiéndole el trasero al otro, todos tratando de agredir al vecino, como si fuera esa la razón de vivir en este mundo, la razón de la vida; todos en plena pugna, desechando vidas humanas, produciendo cadáveres, desgarrando esperanzas, destruyendo sueños. Afectados por las drogas, el alcohol, la prostitución; arrasando hogares enteros que se desbandan hacia los pueblos vecinos y que a su vez se encuentran igual o peor que el nuestro.
Pobre gente, soy humana, de acuerdo, pero… ¿y ustedes? Desde acá, desde mi ventana, nadie parece serlo.
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