Cielo fucsia

César Guevar

Poeta que considera el portal su segunda casa
Un día color fucsia me descubrí en una tierra extraña con rocinantes rotos y armaduras , puntas de piedra, maxilares en descomposición y una que otra mina explosiva esperando algún pie incauto.

Era fucsia en el cielo, contra los seis soles en que saltaron mis ojos. Y el aire, espeso como un atol cargado; como los gofios que, cada vez que podía, me preparaba de niño con mucho todo y poca agua. No le he dicho a nadie todavía que me los comía durante la siesta materna, a las 2 de tarde, mientras leía aquel libro –una y otra vez- de cuentos que comenzaba con el relato de la ratita Oreja-gacha. A veces también mientras leía cómo Vicente aprendió, a los diez años, a valorar el trabajo de las gentes que se levantaban temprano, “gracias” a que se equivocó al programar el reloj despertador que su abuela le había regalado.

Sí, fucsia con seis soles líquidos bañándome el oxígeno y la pesadez de los brazos en aquella extraña tierra polvosa como de almidón, o de cemento blanco, o yeso… no lo sé.

Por algún motivo también vinieron a visitarme la playa de las rocas y una ola. Yo trataba de llamar a alguien, pero no podía. Llegó el momento en que ya solo quería que terminara todo pronto. Y dejé de luchar… y entonces, alguien que nunca supe quién fue, me dio un halón del brazo y me colocó de pie sobre la arena.

Fucsia y polvo inextricable hasta en el hígado. No todo se puede en esta vida. Ella se enamoró de no sé quién cualquier día o noche y yo, que nunca fui una opción real (a decir verdad), me convertí en una de esas pieles que adornan las paredes, pero guardada en un baúl.

Así que el fucsia mineral que me rodeaba realmente me importaba poco a esas alturas. Tal vez serviría, después de todo, para abonar aquella tierra yerma que nunca pude comprender, excepto cuando algún gato venía a demandar de mí un poco de cariño sobre su pelaje.

Es que nací en un mundo equivocado. Nací en el extravío. Y el extraño era yo. La gente, que parecía igual a mí, se veía cómoda, leyendo el cielo tal vez en otra longitud de onda. Ya ni siquiera quería comer galletas dulces mojadas en leche condensada, sino solo beber agua por cada poro, a ver si.

¿Viste alguna vez que el cielo es fucsia cuando un pie te explota?

No me quedó de otra que mascar mariguana negra y, esta vez, encomendarme a las estrellas. Me enseñaba Don Juan, como a Carlos Castañeda. Me enseñaba Don Juan.




César y fucsia derramado. Octubre (siempre octubre) de 2020.​
 
Última edición:
Siempre hay una persona que te da la mano en momentos difíciles y un gato que llega a buscar el cariño porque también se siente solo. Creo que el color del cielo puede ser cualquiera bajo los diferentes estados de ánimo de las personas. Un gris, azul, rojoo fucsia, da igual si te sentís solo y agobiado, pienso yo.
Una hermosa prosa llena de melancolía, amigo Cesar. Acá le dejo mis saludos y un abracito.
Pura vida!!!
 
Última edición por un moderador:
¡Pura vida!

Gracias, Ladi, por venir a acompañar con tu lectura, tu "me gusta" y tu auspicioso comentario, a este poema tan solitario como solitario estaba el hombre que lo escribió en octubre (¡siempre octubre...!) de este año.

De verdad te lo agradezco desde el corazón, compañera. Sobre todo porque llegas en un día en el que he envejecido más rápido que de costumbre.

No te creas... el cielo se ve azul, pero a veces cambia de color. Yo me dije, por otra parte, que mis cielos nunca se verían "negros", porque negrísima es la noche y yo soy hijo de ella.

Todo lo bueno para ti, Ladi pura vida.
 
Un día color fucsia me descubrí en una tierra extraña con rocinantes rotos y armaduras , puntas de piedra, maxilares en descomposición y una que otra mina explosiva esperando algún pie incauto.

Era fucsia en el cielo, contra los seis soles en que saltaron mis ojos. Y el aire, espeso como un atol cargado; como los gofios que, cada vez que podía, me preparaba de niño con mucho todo y poca agua. No le he dicho a nadie todavía que me los comía durante la siesta materna, a las 2 de tarde, mientras leía aquel libro –una y otra vez- de cuentos que comenzaba con el relato de la ratita Oreja-gacha. A veces también mientras leía cómo Vicente aprendió, a los diez años, a valorar el trabajo de las gentes que se levantaban temprano, “gracias” a que se equivocó al programar el reloj despertador que su abuela le había regalado.

Sí, fucsia con seis soles líquidos bañándome el oxígeno y la pesadez de los brazos en aquella extraña tierra polvosa como de almidón, o de cemento blanco, o yeso… no lo sé.

Por algún motivo también vinieron a visitarme la playa de las rocas y una ola. Yo trataba de llamar a alguien, pero no podía. Llegó el momento en que ya solo quería que terminara todo pronto. Y dejé de luchar… y entonces, alguien que nunca supe quién fue, me dio un halón del brazo y me colocó de pie sobre la arena.

Fucsia y polvo inextricable hasta en el hígado. No todo se puede en esta vida. Ella se enamoró de no sé quién cualquier día o noche y yo, que nunca fui una opción real (a decir verdad), me convertí en una de esas pieles que adornan las paredes, pero guardada en un baúl.

Así que el fucsia mineral que me rodeaba realmente me importaba poco a esas alturas. Tal vez serviría, después de todo, para abonar aquella tierra yerma que nunca pude comprender, excepto cuando algún gato venía a demandar de mí un poco de cariño sobre su pelaje.

Es que nací en un mundo equivocado. Nací en el extravío. Y el extraño era yo. La gente, que parecía igual a mí, se veía cómoda, leyendo el cielo tal vez en otra longitud de onda. Ya ni siquiera quería comer galletas dulces mojadas en leche condensada, sino solo beber agua por cada poro, a ver si.

¿Viste alguna vez que el cielo es fucsia cuando un pie te explota?

No me quedó de otra que mascar mariguana negra y, esta vez, encomendarme a las estrellas. Me enseñaba Don Juan, como a Carlos Castañeda. Me enseñaba Don Juan.




César y fucsia derramado. Octubre (siempre octubre) de 2020.​

Lo leí hoy a la tarde de volada y casi comento, pero no… Y ahora no recuerdo lo que iba a comentar hahaha Así es la vida, de ese índole de jodida, compañero- Pero en fin… Sé, y lo tengo muy en claro, que es una muy buena obra (prosa poética) y por eso merece el comentario, y claro el like también...

Abrazos.
 
Lo leí hoy a la tarde de volada y casi comento, pero no… Y ahora no recuerdo lo que iba a comentar hahaha Así es la vida, de ese índole de jodida, compañero- Pero en fin… Sé, y lo tengo muy en claro, que es una muy buena obra (prosa poética) y por eso merece el comentario, y claro el like también...

Abrazos.

De esa índole de jodida, sí.

Te agradezco entonces que hayas vuelto a venir para comentar de todas formas. Te confieso que me ha pasado una que otra vez, casi siempre debido a mi servicio de internet que se debate entre ser pésimo o peor que pésimo (¡Y pensar que lo pago religiosamente, como buen idiota, ja!).

Que tengas, o estés teniendo, un magnífico día, mi compa.
 
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Prosa del MES


(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)

Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 
Felicidades por el reconocimiento obtenido , Cesar .
disfruté la lectura de esta prosa.
Abrazo.

Un día color fucsia me descubrí en una tierra extraña con rocinantes rotos y armaduras , puntas de piedra, maxilares en descomposición y una que otra mina explosiva esperando algún pie incauto.

Era fucsia en el cielo, contra los seis soles en que saltaron mis ojos. Y el aire, espeso como un atol cargado; como los gofios que, cada vez que podía, me preparaba de niño con mucho todo y poca agua. No le he dicho a nadie todavía que me los comía durante la siesta materna, a las 2 de tarde, mientras leía aquel libro –una y otra vez- de cuentos que comenzaba con el relato de la ratita Oreja-gacha. A veces también mientras leía cómo Vicente aprendió, a los diez años, a valorar el trabajo de las gentes que se levantaban temprano, “gracias” a que se equivocó al programar el reloj despertador que su abuela le había regalado.

Sí, fucsia con seis soles líquidos bañándome el oxígeno y la pesadez de los brazos en aquella extraña tierra polvosa como de almidón, o de cemento blanco, o yeso… no lo sé.

Por algún motivo también vinieron a visitarme la playa de las rocas y una ola. Yo trataba de llamar a alguien, pero no podía. Llegó el momento en que ya solo quería que terminara todo pronto. Y dejé de luchar… y entonces, alguien que nunca supe quién fue, me dio un halón del brazo y me colocó de pie sobre la arena.

Fucsia y polvo inextricable hasta en el hígado. No todo se puede en esta vida. Ella se enamoró de no sé quién cualquier día o noche y yo, que nunca fui una opción real (a decir verdad), me convertí en una de esas pieles que adornan las paredes, pero guardada en un baúl.

Así que el fucsia mineral que me rodeaba realmente me importaba poco a esas alturas. Tal vez serviría, después de todo, para abonar aquella tierra yerma que nunca pude comprender, excepto cuando algún gato venía a demandar de mí un poco de cariño sobre su pelaje.

Es que nací en un mundo equivocado. Nací en el extravío. Y el extraño era yo. La gente, que parecía igual a mí, se veía cómoda, leyendo el cielo tal vez en otra longitud de onda. Ya ni siquiera quería comer galletas dulces mojadas en leche condensada, sino solo beber agua por cada poro, a ver si.

¿Viste alguna vez que el cielo es fucsia cuando un pie te explota?

No me quedó de otra que mascar mariguana negra y, esta vez, encomendarme a las estrellas. Me enseñaba Don Juan, como a Carlos Castañeda. Me enseñaba Don Juan.




César y fucsia derramado. Octubre (siempre octubre) de 2020.​
 
Muchas felicidades estimado poeta por este muy merecido reconocimiento,
enhorabuena, mis mejores deseos en un abrazo de colores,

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Es un abrazo muy bonito, Lupe. Yo también le deseo, o te deseo... (ni sé cómo tratarla/te, a decir verdad) muchas felicidades, de todos los colores posibles. Y sí, la poesía es para eso, para ver que la vida ES. Y por eso son la soledad, el dolor, las lágrimas.

Pero hoy estoy de brindis porque me han entregado un premio. Y usted es una de las personas a las que invito a brindar conmigo. Gracias desde el corazón este que todavía me queda. ¡Salud!
 

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