BoredClown
Poeta recién llegado
Estaba atravesando por un mal momento, llevaba algún tiempo sin sentirme bien, sin sentirme mal, sin sentir nada, los errores se acumulaban haciendo cada vez mas difícil cargar con mi pasado. La apatía reinaba en mi vida.
Vivía en un cuarto pequeño, mal iluminado y con poca ventilación. El ambiente denso, cargado con el humo de los cigarrillos que consumía uno tras otro y con mi desesperación, ejercía en mi una mala influencia. Así era como lo sentía yo en ese entonces, nunca se me ocurrió pensar que era yo quien contaminaba el ambiente que me rodeaba, quizá no podría con la carga de una culpa mas.
Nada ocurría, ni siquiera yo. En la espera de que algo pasara no me permitía a mi mismo pasar a otra cosa, trascender. Mis entrañas ardían, los recuerdos me dolían y mis pensamientos eran una burla, una ofensa contra mi precaria realidad. Eran las 5 de la tarde, el tiempo pasaba inmisericorde aun a pesar de mi intranquila espera. No había nada que hacer, ningún lugar a donde ir, nadie con quien hablar, la soledad era sofocante. Constantemente pensaba en que seria lo que algún otro haría en mi lugar o lo que yo haría si fuera de algún modo diferente. Quizá ese era en gran medida mi problema, jamas me preguntaba que quería hacer yo, igual no tenia respuesta para eso, ni para nada mas.
No podía concentrarme en mi actual condición, divagaba demasiado. Comenzaba proponiéndome encontrar una solución para lo que yo sentía como mi problema y terminaba imaginándome en cualquier otra situación. Tomando opciones que no existían, haciendo cosas que solo sabia soñar.
Mi cuerpo se lastimaba a si mismo, se arañaba, se mordía, se pisaba, se torcía y retorcía con ciega violencia. Mi mente no estaba conmigo, no podía decidir si eso era bueno o malo. Después de todo nunca había sentido que esa mente, esa voz que yo creía mía, estuviera de verdad de mi lado, que actuara a mi favor.
Respire profundo y sentí un calor incomodo recorrer todo mi cuerpo. Forcé a mis temblorosas manos a encender otro cigarro, era el penúltimo que me quedaba en la cajetilla que compre con lo ultimo que tenia de dinero. Lo fume sin darle importancia a mi inexistente economía, de alguna forma comenzaba a acostumbrarme a que las cosas empeoraran muy frecuentemente.
Escuche un par de golpes en la puerta, mi corazón salto casi con alegría al imaginar que era alguien que llegaba a salvarme de mi mismo. Esa emoción no duro, se desvaneció tan pronto me asome hacia afuera y pude ver que no había nadie allí buscándome, nadie excepto un pequeño perro callejero mordisqueando una botella de plástico con la que seguramente había golpeado la puerta. Me quede un rato mirándolo sin que se diera cuenta, o sin que le importara. No me decidí a ahuyentarlo, que es lo que normalmente habría hecho, en lugar de eso fui al lavabo y enjuague una taza, lo primero que encontré, la llene con agua y abrí la puerta para ofrecérsela al sucio can. Se aparto velozmente un par de metros y me observo con desconfianza, puse la taza en el umbral de la puerta, la deje abierta y volví a mi silla.
Sonreí por lo ridículo de mi reacción al imaginar una visita, que patética se había vuelto mi soledad, esa que yo tanto idealizaba antes, cuando no la tenia. Escuche los lengüetazos del perro en el agua, ruidosos y desesperados. Luego lo vi acercarse a mi con mucha cautela, me olfateo un momento y después lamió mis pies descalzos. Primero pensé que era su forma de agradecerme el agua que le di, pero una extraña sensación sustituyo esa idea por la de que en realidad él sabia que yo estaba triste y esa era su manera de darme ánimos. Me reí de mi forma de pensar y luego le dije: <Gracias amiguito.> el meneo la cola y se fue a echar junto a la puerta.
Fume el ultimo de mis cigarros contemplando lo despreocupado que dormía.
Vivía en un cuarto pequeño, mal iluminado y con poca ventilación. El ambiente denso, cargado con el humo de los cigarrillos que consumía uno tras otro y con mi desesperación, ejercía en mi una mala influencia. Así era como lo sentía yo en ese entonces, nunca se me ocurrió pensar que era yo quien contaminaba el ambiente que me rodeaba, quizá no podría con la carga de una culpa mas.
Nada ocurría, ni siquiera yo. En la espera de que algo pasara no me permitía a mi mismo pasar a otra cosa, trascender. Mis entrañas ardían, los recuerdos me dolían y mis pensamientos eran una burla, una ofensa contra mi precaria realidad. Eran las 5 de la tarde, el tiempo pasaba inmisericorde aun a pesar de mi intranquila espera. No había nada que hacer, ningún lugar a donde ir, nadie con quien hablar, la soledad era sofocante. Constantemente pensaba en que seria lo que algún otro haría en mi lugar o lo que yo haría si fuera de algún modo diferente. Quizá ese era en gran medida mi problema, jamas me preguntaba que quería hacer yo, igual no tenia respuesta para eso, ni para nada mas.
No podía concentrarme en mi actual condición, divagaba demasiado. Comenzaba proponiéndome encontrar una solución para lo que yo sentía como mi problema y terminaba imaginándome en cualquier otra situación. Tomando opciones que no existían, haciendo cosas que solo sabia soñar.
Mi cuerpo se lastimaba a si mismo, se arañaba, se mordía, se pisaba, se torcía y retorcía con ciega violencia. Mi mente no estaba conmigo, no podía decidir si eso era bueno o malo. Después de todo nunca había sentido que esa mente, esa voz que yo creía mía, estuviera de verdad de mi lado, que actuara a mi favor.
Respire profundo y sentí un calor incomodo recorrer todo mi cuerpo. Forcé a mis temblorosas manos a encender otro cigarro, era el penúltimo que me quedaba en la cajetilla que compre con lo ultimo que tenia de dinero. Lo fume sin darle importancia a mi inexistente economía, de alguna forma comenzaba a acostumbrarme a que las cosas empeoraran muy frecuentemente.
Escuche un par de golpes en la puerta, mi corazón salto casi con alegría al imaginar que era alguien que llegaba a salvarme de mi mismo. Esa emoción no duro, se desvaneció tan pronto me asome hacia afuera y pude ver que no había nadie allí buscándome, nadie excepto un pequeño perro callejero mordisqueando una botella de plástico con la que seguramente había golpeado la puerta. Me quede un rato mirándolo sin que se diera cuenta, o sin que le importara. No me decidí a ahuyentarlo, que es lo que normalmente habría hecho, en lugar de eso fui al lavabo y enjuague una taza, lo primero que encontré, la llene con agua y abrí la puerta para ofrecérsela al sucio can. Se aparto velozmente un par de metros y me observo con desconfianza, puse la taza en el umbral de la puerta, la deje abierta y volví a mi silla.
Sonreí por lo ridículo de mi reacción al imaginar una visita, que patética se había vuelto mi soledad, esa que yo tanto idealizaba antes, cuando no la tenia. Escuche los lengüetazos del perro en el agua, ruidosos y desesperados. Luego lo vi acercarse a mi con mucha cautela, me olfateo un momento y después lamió mis pies descalzos. Primero pensé que era su forma de agradecerme el agua que le di, pero una extraña sensación sustituyo esa idea por la de que en realidad él sabia que yo estaba triste y esa era su manera de darme ánimos. Me reí de mi forma de pensar y luego le dije: <Gracias amiguito.> el meneo la cola y se fue a echar junto a la puerta.
Fume el ultimo de mis cigarros contemplando lo despreocupado que dormía.