Estos lugares etílicos e inmorales me inspiran.
Puedes ver de todo aquí, todos buscan algo:
maridos insatisfechos buscando en otras bragas
noches ajenas a sus insoportables vidas conyugales,
las mujeres buscan tatuarse miradas y los hombres complacen
sus deseos guardando la esperanza de meterlas
en su cama hasta las cinco de la mañana. Por otro lado,
la anestesia del alcohol pareciera ser
la única salida para esos que han perdido la esperanza
escondidos en sus propias ruinas.
Yo solo me limito a sentarme en esta barra y observar:
es interesante ver como la gente se comporta aquí.
Todos buscan algo en este lugar que huele a tabaco,
a noche viva, a ron, a cerveza vacía, a presagio de resaca,
a noches con faldas eternas.
Ahí está ella. Me pregunto enseguida qué posibilidades
tendría un poeta de corta edad que apenas ha probado un leve sorbo
de la existencia, que aún cree que puede mermar su ardor
escribiendo unos cuantos poemas basados en hasta ahora una
prematura vida carente de sentido. Estoy bastante lejos, lo sé,
ella pareciera tener al menos treinta. Todo es difícil cuando las barreras
en la cabeza son altas, pero al diablo con eso,
estoy tan ebrio que podría levantarme de esta barra
y tomarla como algún grotesco animal, de su carne arrancar ese
vestido negro y como un cuchillo en la mantequilla clavar mi lujuria
en las entrañas de su ser, de su edén.
Las mujeres saben de la profunda mella que dejan
en la cabeza de un hombre el repertorio de trampas
mortales que la naturaleza les provee,
sabe que estoy un poco vuelto loco por ella, que mi cordura se esfumó
en algún momento,
tal vez entre el roce de mis labios con los cubos de hielo moribundos
de mi sexto trago de whisky a las rocas,
o cuando sus ojos gritaron de hambre y mis ebrios sentidos anhelaron
la clandestina experiencia venérea de enredarme
con ella bajo las sábanas en esta noche de abril.
Al final todos buscamos algo aquí, de mirada en mirada,
de trago en trago, de cama en cama. Mientras me levanto
de esta barra borracho y con algún extraño abultamiento en mi
entrepierna, pienso que la idea del amor es algo ambigua, mientras
algunos presumen el cadaver de sus amores eternos,
yo me volví a enamorar por cinco minutos.
Puedes ver de todo aquí, todos buscan algo:
maridos insatisfechos buscando en otras bragas
noches ajenas a sus insoportables vidas conyugales,
las mujeres buscan tatuarse miradas y los hombres complacen
sus deseos guardando la esperanza de meterlas
en su cama hasta las cinco de la mañana. Por otro lado,
la anestesia del alcohol pareciera ser
la única salida para esos que han perdido la esperanza
escondidos en sus propias ruinas.
Yo solo me limito a sentarme en esta barra y observar:
es interesante ver como la gente se comporta aquí.
Todos buscan algo en este lugar que huele a tabaco,
a noche viva, a ron, a cerveza vacía, a presagio de resaca,
a noches con faldas eternas.
Ahí está ella. Me pregunto enseguida qué posibilidades
tendría un poeta de corta edad que apenas ha probado un leve sorbo
de la existencia, que aún cree que puede mermar su ardor
escribiendo unos cuantos poemas basados en hasta ahora una
prematura vida carente de sentido. Estoy bastante lejos, lo sé,
ella pareciera tener al menos treinta. Todo es difícil cuando las barreras
en la cabeza son altas, pero al diablo con eso,
estoy tan ebrio que podría levantarme de esta barra
y tomarla como algún grotesco animal, de su carne arrancar ese
vestido negro y como un cuchillo en la mantequilla clavar mi lujuria
en las entrañas de su ser, de su edén.
Las mujeres saben de la profunda mella que dejan
en la cabeza de un hombre el repertorio de trampas
mortales que la naturaleza les provee,
sabe que estoy un poco vuelto loco por ella, que mi cordura se esfumó
en algún momento,
tal vez entre el roce de mis labios con los cubos de hielo moribundos
de mi sexto trago de whisky a las rocas,
o cuando sus ojos gritaron de hambre y mis ebrios sentidos anhelaron
la clandestina experiencia venérea de enredarme
con ella bajo las sábanas en esta noche de abril.
Al final todos buscamos algo aquí, de mirada en mirada,
de trago en trago, de cama en cama. Mientras me levanto
de esta barra borracho y con algún extraño abultamiento en mi
entrepierna, pienso que la idea del amor es algo ambigua, mientras
algunos presumen el cadaver de sus amores eternos,
yo me volví a enamorar por cinco minutos.