Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Gritó el alma en llanto:
¡Ya no habrá más primaveras!
Repitieron el eco los cielos,
temblaron de espanto las estrellas.
El yugo, roído de carcomas,
se hacía polvo de tiempo
orilla del camino.
La tierra, infecunda y fría,
negaba su matriz a la simiente.
Corría el sol, pálido de temores,
la aventura tibia de cada mañana.
Las palabras ceden
ante el viento que ensordece.
Los sollozos se acallan
en el vértigo del silencio.
Y grita el alma en llanto:
¡Ya no habrá más amaneceres!
Cinco lacias rosas rojas.
Cinco rosas se marchitan
en la piedra de un túmulo ignorado.
¿Una madre? ¿Un amigo?
Tal vez un amante desconocido.
Cinco rosas que pidiera
un loco, un soñador, un poeta.
Rompió entrañas la tierra,
sangre y llanto manó a raudales,
para gritar desde lo hondo:
¡No florecerán más los rosales!
¡Ya no habrá más primaveras!
Repitieron el eco los cielos,
temblaron de espanto las estrellas.
El yugo, roído de carcomas,
se hacía polvo de tiempo
orilla del camino.
La tierra, infecunda y fría,
negaba su matriz a la simiente.
Corría el sol, pálido de temores,
la aventura tibia de cada mañana.
Las palabras ceden
ante el viento que ensordece.
Los sollozos se acallan
en el vértigo del silencio.
Y grita el alma en llanto:
¡Ya no habrá más amaneceres!
Cinco lacias rosas rojas.
Cinco rosas se marchitan
en la piedra de un túmulo ignorado.
¿Una madre? ¿Un amigo?
Tal vez un amante desconocido.
Cinco rosas que pidiera
un loco, un soñador, un poeta.
Rompió entrañas la tierra,
sangre y llanto manó a raudales,
para gritar desde lo hondo:
¡No florecerán más los rosales!