Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Cinco segundos antes del orgasmo el mundo se contrae.
Cada latido se vuelve trueno en tu pecho, y tu respiración, un incendio que se desborda sin control.
Tus músculos tiemblan, atrapados entre el gozo y la rendición, buscando escapar y a la vez quedarse en ese instante suspendido.
El calor recorre tu piel como un río encendido, cada roce es un relámpago que quiebra el silencio.
El cuerpo entero se arquea, la sangre arde en un pulso vertiginoso, y en tu mirada habita esa mezcla de súplica y entrega absoluta.
En esos segundos finales, el tiempo se curva: no hay antes ni después, solo el vértigo dulce de caer en el abismo.
Y entonces, explotas.
Te deshaces en gemidos, en ondas de placer que atraviesan cada fibra, dejando tras de sí un eco húmedo, tembloroso y eterno.
Cada latido se vuelve trueno en tu pecho, y tu respiración, un incendio que se desborda sin control.
Tus músculos tiemblan, atrapados entre el gozo y la rendición, buscando escapar y a la vez quedarse en ese instante suspendido.
El calor recorre tu piel como un río encendido, cada roce es un relámpago que quiebra el silencio.
El cuerpo entero se arquea, la sangre arde en un pulso vertiginoso, y en tu mirada habita esa mezcla de súplica y entrega absoluta.
En esos segundos finales, el tiempo se curva: no hay antes ni después, solo el vértigo dulce de caer en el abismo.
Y entonces, explotas.
Te deshaces en gemidos, en ondas de placer que atraviesan cada fibra, dejando tras de sí un eco húmedo, tembloroso y eterno.