Ciudad

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
CIUDAD

Ayer en una tasca me encontré
una fotografía de mi barrio
de hace más de sesenta años.
En ella un hombre caminaba solo por la acera;
sus fachadas de puro blanco parecían de estreno
y las acacias acababan de plantarse.

Hoy vi otra fotografía de mi barrio de hace dos años
con idéntico encuadre a la anterior.
En ella un hombre caminaba solo por la acera,
las fachadas lucían iguales
—salvo por un ligero tinte gris—
y las acacias habían crecido hasta el cielo.

Me pregunto por qué damos por hecho que las fachadas
e incluso, las acacias, son las mismas
y, en cambio, aquellos hombres, no.

Ese hombre es el tirano que agita el móvil
gritando a sus esclavos que no se quejen
mientras alza su gesto de fantoche
al cielo rosa de una plaza abarrotada
un delicioso viernes por la tarde,
por ejemplo, en la plaza de Tirso de Molina.
La gente de la plaza es ese estúpido,
y ese estúpido, la gente de la plaza,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es la amargura de la vieja
que armada con su bata
va a comprar al mercado en hora punta
cocinando los odios de una guerra civil en cada puesto,
por ejemplo, en el mercado de Maravillas.
La gente del mercado es esa vieja,
y esa vieja, la gente del mercado,
y todos, ese hombre

Ese hombre es aquel macho bravucón
que desde los cobardes burladeros de las terrazas
lanza la caspa de sus piropos con un brandy en la mano,
—y un palillo en la boca, por supuesto—,
por ejemplo, en la calle de San Bernardo.
La gente de paso es ese chulo,
y ese chulo, la gente de paso,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es el chiquillo que persigue por el parque a una paloma
extendiendo sus brazos, abriendo y cerrando los puños,
mientras exige a gritos la presencia del ave.
Es también el alcohólico que contempla a ese niño
y suicida una lágrima en la sonrisa de su mueca,
por ejemplo, en la plaza de Conde de Barajas.
El gentío del parque es ese niño,
y ese niño, el gentío del parque,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es una sombra sobre el viaducto de Bailén.
Es un sin techo que se mea en su palacio de cartón
bajo el sarcasmo de unas luces de navidad.
Es un baile de caderas de una guitarra y un violín
sobrevolando los balcones de Lavapiés.
Es un niño que corretea allá por Valdemingómez
entre agujas con sobredosis de tristeza,
esa misma tristeza de quien sabe
que ese pobre chaval
no sabe nada
de biografías y epitafios prematuros.
Es una confesión de amor escrita
en una servilleta de la churrería de San Ginés.
Es el calor desnudo de un abrazo
en la nuez de una carga policial.
Es un beso entre dos adolescentes
que tiemblan ante el nudo de sus lenguas.
Es el mordisco de persiana de la taberna del Leiner
que anuncia el parto de una aurora entre dos amigos,
firmando, una vez más, en la madera de su barra
un jaque, ¡casi mate!, al puto tiempo.

Esta semana he descubierto un par de fotografías de mi barrio
y en ellas un hombre caminaba solo…

¡El hombre de aquellas fotografías no era un hombre cualquiera!,
¡era el hombre-ciudad!, ¡hijo de nuestra propia historia!,
¡hijo de un entrelazamiento humano imparable!
El hombre-ciudad no envejece, ¡solo rueda!,
¡nace y muere!, ahora, y en todo momento.
Así, mientras las acacias y las fachadas
arrugan la frente de su existencia,
el hombre-ciudad rueda calle abajo
en un orgasmo combinatorio descomunal,
¡en un frenético origami de almas!

Y de este colibrí de pliegues,
nace (para morir),
y muere (para nacer),

y para cada instante,

ese hombre.​


Kalkbadan
En Madrid, a 9 de diciembre de 2018
 
Última edición:
Me pregunto por qué damos por hecho que las fachadas
e incluso, las acacias, son las mismas
y, sin embargo, aquellas dos personas, no.
Quizás se deba a la certeza de que nuestra obsolescencia programada está más limitada que la de la naturaleza o la de los edificios antiguos. O que la fortaleza de los árboles es inversamente proporcional a la debilidad del ser humano...
El gentío del parque es ese niño,
y ese niño, el gentío del parque,
y todos, ese hombre.

Una referencia circular la de la vida. Me recuerda a los avisos del excel cuando la fórmula te recuerda que has incluido de manera directa o indirecta a la misma celda. Ese círculo es lo que pareces describir. Como si el individuo entrara en bucle.

un jaque, ¡casi mate!, al puto tiempo

¿Qué lucha la nuestra verdad? el tiempo... eso si que es un gol en propia puerta.


¡en un frenético origami de almas!

Y aquí llega, la inevitable levedad del Ser...

Precioso final, y precioso poema. Mis aplausos caballero.

Un abrazo!

Palmira
 
Última edición:
Recuerdo que hace años debatiendo en el foro con Évano (no sé muy bien sobre qué ;)) hablé sobre una fotografía que tengo de la calle Alcalá en el año 1895 aproximadamente, y de la sensación que me causaba ver esa calle (no excesivamente diferente a la actualidad) tan llena de vida, con sus anuncios de comercios colgados de las farolas, gente paseando, a caballo y en carros de caballo, niños, ancianos, hombres y mujeres conversando... Y pensar que la calle y muchos edificios siguen estando ahí, pero que ya no vive ninguna de esas personas. Que ahora hay otras personas paseando por la misma calle, con parecidos sueños, problemas, inquietudes, miedos... y que dentro de cien años habrá otras personas en la misma calle y ninguno de nosotros ya estaremos... Tus versos, Andreas, me ha hecho recordar esa fotografía.
Es un poema precioso, muy bien construido, y que invita a parase y a recrearse en cada verso, en cada individuo y en cada lugar que describes, porque al fin y al cabo es nuestra ciudad, nuestro vecinos, nuestro momento, nuestra historia ...y porque todos somos en parte ese hombre, ...ajeno al tiempo.

Mis aplausos, amigo. Magnífico trabajo. Un fuerte abrazo!
 
Última edición por un moderador:
Qué buena filmación, estimado Andreas,
las mismas calles, una y otra vez,
cambia la decoración, y se reponen los actores
pero el argumento es el mismo.
Hoy no puedo extenderme mucho..
Excelente el poema y excelentes
los comentarios de Palmira y Luis.
¡Vaya lujo!
Un abrazo, compañero, ya volveré...
 
Última edición:
Quizás se deba a la certeza de que nuestra obsolescencia programada está más limitada que la de la naturaleza o la de los edificios antiguos. O que la fortaleza de los árboles es inversamente proporcional a la debilidad del ser humano...


Una referencia circular la de la vida. Me recuerda a los avisos del excel cuando la fórmula te recuerda que has incluido de manera directa o indirecta a la misma celda. Ese círculo es lo que pareces describir. Como si el individuo entrara en bucle.



¿Qué lucha la nuestra verdad? el tiempo... eso si que es un gol en propia puerta.




Y aquí llega, la inevitable levedad del Ser...

Precioso final, y precioso poema. Mis aplausos caballero.

Un abrazo!

Palmira

Disculpa, querida Palmira, por la tardanza en contestar a tu generoso comentario.
El otro día me encontré con esas dos fotografías, tan distantes en el tiempo, pero a la vez tan sorprendentemente iguales.
Un hombre caminaba solo por la acera, con un gabán y algo en la mano. Si no fuera porque no era posible (o sí) aquel ser no era el mismo, pero lo parecía. Y este curioso encuentro me cuadró con la idea recurrente sobre lo que para mí es la ciudad: esa especie de hombre, fruto de un frenético origami de almas. Todos los protagonistas del poema (por extremos que sean) tienen algo de nosotros, y nosotros algo de ellos, en una mezcla continua, en un bucle imparable (a cada vuelta distinto), que solo gira, que no envejece; esos hombres eran el mismísimo hombre-ciudad.
Y temblando frente a él, nuestra extrema levedad, a la que aludes en el cierre de tu gran comentario.
Un abrazo, amiga, y feliz semana.

Andreas
 
Última edición:
Recuerdo que hace años debatiendo en el foro con Évano (no sé muy bien sobre qué ;)) hablé sobre una fotografía que tengo de la calle Alcalá en el año 1895 aproximadamente, y de la sensación que me causaba ver esa calle (no excesivamente diferente a la actualidad) tan llena de vida, con sus anuncios de comercios colgados de las farolas, gente paseando, a caballo y en carros de caballo, niños, ancianos, hombres y mujeres conversando... Y pensar que la calle y muchos edificios siguen estando ahí, pero que ya no vive ninguna de esas personas. Que ahora hay otras personas paseando por la misma calle, con parecidos sueños, problemas, inquietudes, miedos... y que dentro de cien años habrá otras personas en la misma calle y ninguno de nosotros ya estaremos... Tus versos, Andreas, me ha hecho recordar esa fotografía.
Es un poema precioso, muy bien construido, y que invita a parase y a recrearse en cada verso, en cada individuo y en cada lugar que describes, porque al fin y al cabo es nuestra ciudad, nuestro vecinos, nuestro momento, nuestra historia ...y porque todos somos en parte ese hombre, ...ajeno al tiempo.

Mis aplausos, amigo. Magnífico trabajo. Un fuerte abrazo!

Luis, qué suerte tengo de que me leáis y pueda recibir comentarios como los vuestros. Es, de verdad, una suerte, y me conmueve saber que los versos, tal cual fueron concebidos, crecieron en la mente del poeta-lector de esta manera.
Me guardo estas líneas que me regalas. Nos encontraremos en uno de esos pliegues de nuestra ciudad hermana.
¡Salud, amigo!, y muchas gracias por tu huella.
 
Qué buena filmación, estimado Andreas,
las mismas calles, una y otra vez,
cambia la decoración, y se reponen los actores
pero el argumento es el mismo.
Hoy no puedo extenderme mucho..
Excelente el poema y excelentes
los comentarios de Palmira y Luis.
¡Vaya lujo!
Un abrazo, compañero, ya volveré...

¡Rosario! Me encanta: pero el argumento es el mismo.
¡Así es! Un argumento simple y bestia, sencillamente la ciudad se pliega sobre sí misma en una especie de eterno retorno.
Y ahí, en esa corriente brutal, rodando por el cauce, la extrema levedad del ser humano.
Vaya lujo el regalo de vuestras visitas, sí...
¡Un abrazo enorme, amiga!
 
Última edición:
CIUDAD

Ayer en una tasca me encontré
una fotografía de mi barrio
de hace más de sesenta años.
En ella un hombre caminaba solo por la acera;
sus fachadas de puro blanco parecían de estreno
y las acacias acababan de plantarse.

Hoy vi otra fotografía de mi barrio de hace dos años
con idéntico encuadre a la anterior.
En ella un hombre caminaba solo por la acera,
las fachadas lucían iguales
—salvo por un ligero tinte gris—
y las acacias habían crecido hasta el cielo.

Me pregunto por qué damos por hecho que las fachadas
e incluso, las acacias, son las mismas
y, sin embargo, aquellos hombres, no.

Ese hombre es el tirano que agita el móvil
gritando a sus esclavos que no se quejen
mientras alza su gesto de fantoche
al cielo rosa de una plaza abarrotada
un delicioso viernes por la tarde,
por ejemplo, en la plaza de Tirso de Molina.
La gente de la plaza es ese estúpido,
y ese estúpido, la gente de la plaza,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es la amargura de la vieja
que armada con su bata
va a comprar al mercado en hora punta
cocinando los odios de una guerra civil en cada puesto,
por ejemplo, en el mercado de Maravillas.
La gente del mercado es esa vieja,
y esa vieja, la gente del mercado,
y todos, ese hombre

Ese hombre es aquel macho bravucón
que desde los cobardes burladeros de las terrazas
lanza la caspa de sus piropos con un brandy en la mano,
—y un palillo en la boca, por supuesto—,
por ejemplo, en la calle de San Bernardo.
La gente de paso es ese chulo,
y ese chulo, la gente de paso,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es el chiquillo que persigue por el parque a una paloma
extendiendo sus brazos, abriendo y cerrando los puños,
mientras exige a gritos la presencia del ave.
Es también el alcohólico que contempla a ese niño
y suicida una lágrima en la sonrisa de su mueca,
por ejemplo, en la plaza de Conde de Barajas.
El gentío del parque es ese niño,
y ese niño, el gentío del parque,
y todos, ese hombre.

Ese hombre es una sombra sobre el viaducto de Bailén.
Es un sin techo que se mea en su palacio de cartón
bajo el sarcasmo de unas luces de navidad.
Es un baile de caderas de una guitarra y un violín
sobrevolando los balcones de Lavapiés.
Es un niño que corretea allá por Valdemingómez
entre agujas con sobredosis de tristeza,
esa misma tristeza de quien sabe
que ese pobre chaval
no sabe nada
de biografías y epitafios prematuros.
Es una confesión de amor escrita
en una servilleta de la churrería de San Ginés.
Es el calor desnudo de un abrazo
en la nuez de una carga policial.
Es un beso entre dos adolescentes
que tiemblan ante el nudo de sus lenguas.
Es el mordisco de persiana de la taberna del Leiner
que anuncia el parto de una aurora entre dos amigos,
firmando, una vez más, en la madera de su barra
un jaque, ¡casi mate!, al puto tiempo.

Esta semana he descubierto un par de fotografías de mi barrio
y en ellas un hombre caminaba solo…

¡El hombre de aquellas fotografías no era un hombre cualquiera!,
¡era el hombre-ciudad!, ¡hijo de nuestra propia historia!,
¡hijo de un entrelazamiento humano imparable!
El hombre-ciudad no envejece, ¡solo rueda!,
¡nace y muere!, ahora, y en todo momento.
Así, mientras las acacias y las fachadas
arrugan la frente de su existencia,
el hombre-ciudad rueda calle abajo
en un orgasmo combinatorio descomunal,
¡en un frenético origami de almas!

Y de este colibrí de pliegues,
nace (para morir),
y muere (para nacer),

y para cada instante,

ese hombre.​


Kalkbadan
En Madrid, a 9 de diciembre de 2018
Me encanta este poema Andreas por la ingenuidad que desborda sobre ese hombre solo que es el ser humano y su inmediatez. Me encantan las fotografías , todos sabemos que es un instante, aplicar ese instante a vivencias y contenidos de los seres humanos en su hábitat urbano, doblemente castigado por las condiciones ambientales y por ese tiempo que se nos escapa pero que vivimos como si fuera infinito es el trabajo primordial de la fotografía, es la que mejor define el paso del tiempo si puedes vivir para mirarla. Nosotros nos iremos pero ahí quedarán los edificios y las acacias a no ser que algún desalmado intente destruirlas.
Igual me he ido por las ramas pero es lo que me ha sugerido tu maravilloso poema y esa ciudad en la que reconozco sus calles pero que hace mucho tiempo que no visito
Un abrazo Poeta:)y que la Ciudad siga creando en ti estas maravillosas imágenes
 
Última edición:
Me encanta este poema Andreas por la ingenuidad que desborda sobre ese hombre solo que es el ser humano y su inmediatez. Me encantan las fotografías , todos sabemos que es un instante, aplicar ese instante a vivencias y contenidos de los seres humanos en su hábitat urbano, doblemente castigado por las condiciones ambientales y por ese tiempo que se nos escapa pero que vivimos como si fuera infinito es el trabajo primordial de la fotografía, es la que mejor define el paso del tiempo si puedes vivir para mirarla. Nosotros nos iremos pero ahí quedarán los edificios y las acacias a no ser que algún desalmado intente destruirlas.
Igual me he ido por las ramas pero es lo que me ha sugerido tu maravilloso poema y esa ciudad en la que reconozco sus calles pero que hace mucho tiempo que no visito
Un abrazo Poeta:)y que la Ciudad siga creando en ti estas maravillosas imágenes
¡Gracias, Valentina! Se me quedó colgado tu mensaje. Discúlpame.
Efectivamente la ciudad rueda calle abajo en un frenético origami de ausencias y presencias.
Este es un poema al que guardo especial cariño.
Un abrazo, compañera.
 

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