Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
El referente de la excelencia del desarrollo humano es la civilización. Pero no es cualquier civilización, pues todas las que han existido han sucumbido ante la preponderante: la civilización occidental. Y las que aún no lo hacen están bajo fuego destructivo, resistiendo de mil maneras al monstruo de mil cabezas que las acosa. Los grandes filósofos occidentales catalogan al desarrollo de los pueblos como el grado de asimilación de estos a las costumbres y normas que ha establecido la sociedad europea. Llaman subdesarrollo a la lejanía o rechazo de otras sociedades a la suya. Para los pensadores europeos la civilización incluye la guerra dominante, el predominio racial, la aplicación de la economía de mercado en toda zona del mundo, considerada esta, bajo estas condiciones, como sus dominios. Civilizar es conquistar y dominar, imponer su modelo de sociedad, su raza. Sí, civilizar es amestizar a las etnias sometidas, y este es uno de sus argumentos favoritos. Es también imponer su modelo económico en las regiones dominadas, lograr que cada individuo se integre a la gran maquinaria de producción occidental, que consuma y produzca insumos para sus centros de población.
El gran fracaso de la civilización occidental viene envuelto en su naturaleza lucradora. Durante siglos ha registrado una lucha interna entre su población y las elites dominantes. El ideal de la riqueza ha tenido consecuencias funestas, en lo social dos guerras terribles para sus poblaciones. En lo económico las crisis recurrentes de sus economías depredadoras, en las cuales la caída de uno significa el derrumbe de todos. Los países cuyas poblaciones no han caído por completo en esas crisis recurrentes son los que están fuera de su dominio, esos donde su economía no logra atrapar en su mecanismo a todos los pobladores sobreviven y resisten los fallos del sistema impuesto. En lo científico, la salud en la civilización occidental es un mercado de consumo, las enfermedades un comercio para su industria, las instituciones médicas administran a las enfermedades más como una inversión que como un proyecto hacia la sanación de estas. Las mujeres ya no paren a sus hijos de forma natural, todas se operan; las lesiones, las enfermedades se catalogan como una ganancia para el cirujano.
Para algunos imbéciles, la mezcla racial significa una mejora de la raza, como si el producto de esta asegurara a la humanidad del hombre inoculado con el gen “superior” el cese del belicismo, de la maldad, de la perversidad, como si significara el renacimiento de todas las virtudes.
La civilización bajo el modelo occidental ha significado también el dominio total de las demás especies. Todos los animales han sucumbido al dominio del hombre y ya no significan peligro alguno para su seguridad. La naturaleza ha sido dominada y también amestizada con un nuevo tipo de naturaleza: la naturaleza humanizada donde las otras especies no tienen sitio, o lo tienen como reductos representativos de su hábitat, cuya sobrevivencia está amenazada y no tiene ningún futuro. La naturaleza humanizada se riega con aguas residuales, se planea en los restiradores de los proyectistas. Al planeta lo cruzan de lado a lado grandes autopistas a través de las cuales se propende la influencia económica de una civilización que ha fundamentado su existencia en el hambre. El desequilibrio provocado a la naturaleza madre no tiene remedio. La civilización occidentalizada no planitica hacia la restauración del sistema de vida que lo vio nacer y lo acompañó en los inicios del proceso “evolutivo”. Ahora la visión está puesta en la sobrevivencia en los ambientes estériles. Sitios sin fauna, con una flora endeble, artificiada. Detrás quedan los ríos contaminados, los continentes de basura industrial. La huella de una civilización que destruyó a todas las demás y sometió a sus pueblos para atraer a sus urbes todo aquello que permitiera su funcionamiento. La naturaleza humanizada produce en sus habitantes un estado de frustración tal que se refleja en las manifestaciones de su arte: realismo, minimalismo, existencialismos… El hombre odia su propio proyecto de hábitat, se siente muerto en él. La sociedad occidental, es así, esclavizadora hasta de sus propios elementos humanos. Masas que son carne para las guerras, para las fabricas, para el consumo, seres que no son dueños ni de su capacidad de pensar, pues esta sociedad ha avanzado rumbo al control de los anhelos, del me gusta y del necesito. Los hombres han perdido la capacidad de decidir qué les gusta, sus gustos son dictados por los poderosos medios, por la doctrina de la mercadotecnia. Ellos necesitan cosas que no necesitan, pero que les hacen sentir que necesitan. Habitan en el caos pero el caos se ha vuelto un negocio, una forma segura de ganancia: crímenes, inseguridad, drogadicción son negocios que protegen los estados, que sirven para financiar sus guerras, sus desestabilizaciones de los pueblos que resisten, el que aporta las armas del caos. El estado al servicio del capital para someter a sus gobernados.
Armas más destructivas, enfermedades muy productivas para las inversiones, un mercado para saciar gustos y necesidades inducidas. La vida de los hombres civilizados se ha dirigido para que sea útil a la felicidad de unos pocos. La naturaleza observa y espera. Confía en sus átomos regeneradores; virus y bacterias, soldados invencibles; del otro lado su enemigo natural: el hombre que domina, que espera alcanzar en su aislamiento la inmunidad por su acción destructiva.
El gran fracaso de la civilización occidental viene envuelto en su naturaleza lucradora. Durante siglos ha registrado una lucha interna entre su población y las elites dominantes. El ideal de la riqueza ha tenido consecuencias funestas, en lo social dos guerras terribles para sus poblaciones. En lo económico las crisis recurrentes de sus economías depredadoras, en las cuales la caída de uno significa el derrumbe de todos. Los países cuyas poblaciones no han caído por completo en esas crisis recurrentes son los que están fuera de su dominio, esos donde su economía no logra atrapar en su mecanismo a todos los pobladores sobreviven y resisten los fallos del sistema impuesto. En lo científico, la salud en la civilización occidental es un mercado de consumo, las enfermedades un comercio para su industria, las instituciones médicas administran a las enfermedades más como una inversión que como un proyecto hacia la sanación de estas. Las mujeres ya no paren a sus hijos de forma natural, todas se operan; las lesiones, las enfermedades se catalogan como una ganancia para el cirujano.
Para algunos imbéciles, la mezcla racial significa una mejora de la raza, como si el producto de esta asegurara a la humanidad del hombre inoculado con el gen “superior” el cese del belicismo, de la maldad, de la perversidad, como si significara el renacimiento de todas las virtudes.
La civilización bajo el modelo occidental ha significado también el dominio total de las demás especies. Todos los animales han sucumbido al dominio del hombre y ya no significan peligro alguno para su seguridad. La naturaleza ha sido dominada y también amestizada con un nuevo tipo de naturaleza: la naturaleza humanizada donde las otras especies no tienen sitio, o lo tienen como reductos representativos de su hábitat, cuya sobrevivencia está amenazada y no tiene ningún futuro. La naturaleza humanizada se riega con aguas residuales, se planea en los restiradores de los proyectistas. Al planeta lo cruzan de lado a lado grandes autopistas a través de las cuales se propende la influencia económica de una civilización que ha fundamentado su existencia en el hambre. El desequilibrio provocado a la naturaleza madre no tiene remedio. La civilización occidentalizada no planitica hacia la restauración del sistema de vida que lo vio nacer y lo acompañó en los inicios del proceso “evolutivo”. Ahora la visión está puesta en la sobrevivencia en los ambientes estériles. Sitios sin fauna, con una flora endeble, artificiada. Detrás quedan los ríos contaminados, los continentes de basura industrial. La huella de una civilización que destruyó a todas las demás y sometió a sus pueblos para atraer a sus urbes todo aquello que permitiera su funcionamiento. La naturaleza humanizada produce en sus habitantes un estado de frustración tal que se refleja en las manifestaciones de su arte: realismo, minimalismo, existencialismos… El hombre odia su propio proyecto de hábitat, se siente muerto en él. La sociedad occidental, es así, esclavizadora hasta de sus propios elementos humanos. Masas que son carne para las guerras, para las fabricas, para el consumo, seres que no son dueños ni de su capacidad de pensar, pues esta sociedad ha avanzado rumbo al control de los anhelos, del me gusta y del necesito. Los hombres han perdido la capacidad de decidir qué les gusta, sus gustos son dictados por los poderosos medios, por la doctrina de la mercadotecnia. Ellos necesitan cosas que no necesitan, pero que les hacen sentir que necesitan. Habitan en el caos pero el caos se ha vuelto un negocio, una forma segura de ganancia: crímenes, inseguridad, drogadicción son negocios que protegen los estados, que sirven para financiar sus guerras, sus desestabilizaciones de los pueblos que resisten, el que aporta las armas del caos. El estado al servicio del capital para someter a sus gobernados.
Armas más destructivas, enfermedades muy productivas para las inversiones, un mercado para saciar gustos y necesidades inducidas. La vida de los hombres civilizados se ha dirigido para que sea útil a la felicidad de unos pocos. La naturaleza observa y espera. Confía en sus átomos regeneradores; virus y bacterias, soldados invencibles; del otro lado su enemigo natural: el hombre que domina, que espera alcanzar en su aislamiento la inmunidad por su acción destructiva.
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