Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Lo de “Pacífico” era, naturalmente, una broma. Siendo joven, aquél tutor que se encargó de su formación, al ver las belicosas actitudes de su pupilo, su afán de lucha, cuando llegó el momento lo rebautizó: Pacífico. Con humildad franciscana había paseado su nombre por medio mundo: Pacífico de Pobladura.
Sonrió. Siempre sonreía cuando lo recordaba. El ardor juvenil no se había apagado y todavía le quemaba en las entrañas. En alguna ocasión, él mismo había bromeado dándose el apodo de Guerrero de Pobladura.
¡Qué lejos quedaba todo ahora! Pasó la mano por el cristal de la ventana a fin de quitarle el velo de vaho. Le estremeció el contacto frío y húmedo. Miró al exterior, una calle de tantas, en uno de tantos barrios marginales de una ciudad. Una ciudad más, como las otras. La ciudad siempre igual, en cientos de lugares repetida. Las calles embarradas esperaban aquel plan de urbanización hace ya tanto tiempo aprobado y traspapelado, sin duda, en algún rincón oscuro, donde duermen eternamente los sueños de los pobres.
Esperaba. En vano. Hoy no vendrían, como no vinieron ayer, ni antesdeayer. Pero esperaba. Contra toda esperanza, esperaba. Cogió un libro, lo hojeó rápidamente y, por fin, sus ojos tropezaron con el poema. Lo leyó en voz alta, como le gustaba hacer cuando leía poesía:
“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”
Paseó la vista por la habitación, hacía frío. La estufa había consumido los parcos leños con que la atizaba y, a duras penas, quedaba un rescoldo entre las grises cenizas. En unos viejos anaqueles de madera pintada, reposaban sus únicas posesiones: unas docenas de libros en los que había puesto, no sabía bien si, ilusiones o sueños… Unos bancos adosados a la pared, ahora vacíos, se le antojaron muertos. Cerró los ojos y los contempló vivos, habitados por ojos grandes y curiosos, pendientes de cada una de sus palabras. Las caras a las que pertenecían fueron tomando forma en su memoria. Los cabellos enmarañados, las bocas llenas de preguntas, los rostros inquietos, ávidos de conocer.
“La verdad os hará libres”, les había repetido. Después, señalando las estanterías, comentó: “en ellos está la verdad: allí entre sus hojas, esperándoos en sus páginas hallaréis las raíces de la libertad. Nadie nos regala la libertad. Nadie os hará libres si no os libertáis vosotros mismos. ¿Cómo hacerlo? Ellos os señalarán el camino, pero nadie lo recorrerá por cada uno de vosotros”
Ahora estaba solo. Con la única compañía de sí mismo. Las paredes de lo que llamaba “escuela-taller de vida”, ofrecían un aspecto desangelado. Se sintió destemplado. Hacía frío.
“…de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía”
Se sentía cansado. Quizá no debiera haberse enfrentado con enemigos tan fuertes. Hubo un tiempo en que le quisieron comprar. La lástima fue que no estuviesen dispuestos a pagar el precio que él pedía: un sueño. Simplemente un sueño. Ellos no fueron capaces de considerar valioso algo que, ni siquiera, cotizaba en Bolsa.
¿Igualdad? ¿Formación? ¿Cultura? Pero…¿de qué les estaba hablando? ¿Sabía quienes eran ellos? ¿Qué se puede esperar de la gente que vive aquí? No sirven más que para trabajar y, además, mal. No había flaqueado. Tuvo agallas para decirles que no. Aquella ilusión caía hoy al suelo, casi sin estrépito, pero golpeándole profundamente el alma.
“Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.”
Es curioso cómo el hombre se doblega. La libertad se convierte en un señuelo siempre en manos del poderoso. Realmente es fácil sembrar el miedo, ese miedo indefinido a, no se sabe bien, qué cosa o cosas. Además, nunca faltan los sicarios; cabe dentro de lo posible que haya quien nace con espíritu servil… Rechazó de plano tales pensamientos. Ciertamente había miedo. Se lo habían imbuido a aquellas gentes tan primarias, en las que todo lo instintivo y elemental encontraba rápidamente eco.
Poco a poco se había ido quedando solo. “Compréndalo D. Pacífico, si el chico sigue viniendo puedo perder el trabajo” “D. Pacífico, les han dicho a mis padres que ya podemos ir pensando en dejar la vivienda”.
Pacífico comprendía, entendía… y se sublevaba. En esos momentos tenía que reprimir al guerrero que llevaba dentro. “Pero… ¿no veis? ¿no os dais cuenta…? No veían o no querían ver. No se daban cuenta, o no se la querían dar.
Una sombra gris y sucia caía de un cielo de altas chimeneas.
“Entré en mi casa; vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.”
Le dolía la desidia de todos ellos. Daban pábulo a cualquier chismorreo. Reían toda gracia que de él se dijera. No le molestaban las burlas, le hería hondamente la indolencia de aquellos seres que aceptaban sin más todo lo bajo y rastrero que llegaba a sus oídos. Se enfangaban y se revolcaban en un estiércol espiritual especialmente preparado para minar su condición de hombres. Pacífico intentaba hacérselo ver, pero no podía. No valían las palabras, ni tampoco valía el propio ejemplo: “Sed como yo, miraos en mí como en un espejo” . No faltó quien pensara que era un loco. Tampoco quien insinuase “loco y además peligroso”.
Apoyó la mano en la frente y notó que ardía. Se encontró mal. Las piernas a duras penas le sostenían. Buscó donde apoyarse y, tanteando la pared, fue a sentarse en uno de aquellos bancos vacíos.
Levantó el libro para seguir leyendo. Un velo de lágrimas emborronó el verso. No quería llorar. Elevó los ojos hacia el techo de la habitación y así permaneció largo tiempo. Las manchas de humedad dibujaban contornos caprichosos en aquel cielo de yeso.
“Vencida de la edad sentí mi espada…”
Ya no era joven. De pronto le pesaban los años como si hubiesen caído todos, de golpe, sobre sus hombros. Protestaban todos y cada uno de sus huesos. Era ya tiempo de reposo, aunque la tarea estuviese por hacer.
La vida trascurre en una loca carrera, siempre en pos de una meta que no podemos alcanzar. Un hombre tiene los años de su espíritu, no la edad de su cuerpo, se dijo; pero no es del todo cierto. Sus dedos, que la artrosis iba deformando, le anunciaban los cambios de tiempo y entorpecían su pluma.
¡Qué frío hacía! Frotó una contra otra las manos, pero ni aún así consiguió hacerlas entrar en calor. Repentinamente se negaban a sostener el libro. Apenas tuvo tiempo para leer los dos últimos versos antes de que el pequeño tomo resbalara hasta el banco.
“y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte”
Un estruendo de cristales rotos desgarró el silencio de la sala. Como surgidas de una nada oscura, cientos de voces se alzaron en una algarabía insoportable. Gritos, imprecaciones, risas y blasfemias surcaron el aire, como dardos certeros, buscando el corazón de Pacífico de Pobladura.
La puerta resistió los primeros embates, mas las bisagras cedieron rápidamente. Entraron como una avalancha, arrasándolo todo a su paso. Pacífico, erguido en medio de la estancia, les contemplaba con ojos claros. Entre las manos, apretado contra el pecho, tenía un grueso volumen. Primero le golpeó una piedra, luego fueron palos, martillos, puños y pies. Cayó al suelo. Con el rostro en tierra, lo último que acertó a ver fue el lomo de aquel libro que antes refugiase entre los brazos: “LA CIUDAD DE DIOS. San Agustín”
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Las llamas redujeron a cenizas y escombros al hombre y su obra o, ¿tal vez debiera decir: al Hombre y su Obra?
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Perdida en una de las páginas de la sección de sucesos del periódico local, una pequeña nota era encabezada por el siguiente titular: “Anciano enajenado muere carbonizado en incendio fortuito”.
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Y risas. Risas, risas, risas. Estoy seguro, se están riendo, a carcajadas. Alguien, en algún lugar, caliente y cómodo, se está riendo.
Soneto.- Miré los muros de la patria mía.
(F. de Quevedo)
Sonrió. Siempre sonreía cuando lo recordaba. El ardor juvenil no se había apagado y todavía le quemaba en las entrañas. En alguna ocasión, él mismo había bromeado dándose el apodo de Guerrero de Pobladura.
¡Qué lejos quedaba todo ahora! Pasó la mano por el cristal de la ventana a fin de quitarle el velo de vaho. Le estremeció el contacto frío y húmedo. Miró al exterior, una calle de tantas, en uno de tantos barrios marginales de una ciudad. Una ciudad más, como las otras. La ciudad siempre igual, en cientos de lugares repetida. Las calles embarradas esperaban aquel plan de urbanización hace ya tanto tiempo aprobado y traspapelado, sin duda, en algún rincón oscuro, donde duermen eternamente los sueños de los pobres.
Esperaba. En vano. Hoy no vendrían, como no vinieron ayer, ni antesdeayer. Pero esperaba. Contra toda esperanza, esperaba. Cogió un libro, lo hojeó rápidamente y, por fin, sus ojos tropezaron con el poema. Lo leyó en voz alta, como le gustaba hacer cuando leía poesía:
“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”
Paseó la vista por la habitación, hacía frío. La estufa había consumido los parcos leños con que la atizaba y, a duras penas, quedaba un rescoldo entre las grises cenizas. En unos viejos anaqueles de madera pintada, reposaban sus únicas posesiones: unas docenas de libros en los que había puesto, no sabía bien si, ilusiones o sueños… Unos bancos adosados a la pared, ahora vacíos, se le antojaron muertos. Cerró los ojos y los contempló vivos, habitados por ojos grandes y curiosos, pendientes de cada una de sus palabras. Las caras a las que pertenecían fueron tomando forma en su memoria. Los cabellos enmarañados, las bocas llenas de preguntas, los rostros inquietos, ávidos de conocer.
“La verdad os hará libres”, les había repetido. Después, señalando las estanterías, comentó: “en ellos está la verdad: allí entre sus hojas, esperándoos en sus páginas hallaréis las raíces de la libertad. Nadie nos regala la libertad. Nadie os hará libres si no os libertáis vosotros mismos. ¿Cómo hacerlo? Ellos os señalarán el camino, pero nadie lo recorrerá por cada uno de vosotros”
Ahora estaba solo. Con la única compañía de sí mismo. Las paredes de lo que llamaba “escuela-taller de vida”, ofrecían un aspecto desangelado. Se sintió destemplado. Hacía frío.
“…de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía”
Se sentía cansado. Quizá no debiera haberse enfrentado con enemigos tan fuertes. Hubo un tiempo en que le quisieron comprar. La lástima fue que no estuviesen dispuestos a pagar el precio que él pedía: un sueño. Simplemente un sueño. Ellos no fueron capaces de considerar valioso algo que, ni siquiera, cotizaba en Bolsa.
¿Igualdad? ¿Formación? ¿Cultura? Pero…¿de qué les estaba hablando? ¿Sabía quienes eran ellos? ¿Qué se puede esperar de la gente que vive aquí? No sirven más que para trabajar y, además, mal. No había flaqueado. Tuvo agallas para decirles que no. Aquella ilusión caía hoy al suelo, casi sin estrépito, pero golpeándole profundamente el alma.
“Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.”
Es curioso cómo el hombre se doblega. La libertad se convierte en un señuelo siempre en manos del poderoso. Realmente es fácil sembrar el miedo, ese miedo indefinido a, no se sabe bien, qué cosa o cosas. Además, nunca faltan los sicarios; cabe dentro de lo posible que haya quien nace con espíritu servil… Rechazó de plano tales pensamientos. Ciertamente había miedo. Se lo habían imbuido a aquellas gentes tan primarias, en las que todo lo instintivo y elemental encontraba rápidamente eco.
Poco a poco se había ido quedando solo. “Compréndalo D. Pacífico, si el chico sigue viniendo puedo perder el trabajo” “D. Pacífico, les han dicho a mis padres que ya podemos ir pensando en dejar la vivienda”.
Pacífico comprendía, entendía… y se sublevaba. En esos momentos tenía que reprimir al guerrero que llevaba dentro. “Pero… ¿no veis? ¿no os dais cuenta…? No veían o no querían ver. No se daban cuenta, o no se la querían dar.
Una sombra gris y sucia caía de un cielo de altas chimeneas.
“Entré en mi casa; vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.”
Le dolía la desidia de todos ellos. Daban pábulo a cualquier chismorreo. Reían toda gracia que de él se dijera. No le molestaban las burlas, le hería hondamente la indolencia de aquellos seres que aceptaban sin más todo lo bajo y rastrero que llegaba a sus oídos. Se enfangaban y se revolcaban en un estiércol espiritual especialmente preparado para minar su condición de hombres. Pacífico intentaba hacérselo ver, pero no podía. No valían las palabras, ni tampoco valía el propio ejemplo: “Sed como yo, miraos en mí como en un espejo” . No faltó quien pensara que era un loco. Tampoco quien insinuase “loco y además peligroso”.
Apoyó la mano en la frente y notó que ardía. Se encontró mal. Las piernas a duras penas le sostenían. Buscó donde apoyarse y, tanteando la pared, fue a sentarse en uno de aquellos bancos vacíos.
Levantó el libro para seguir leyendo. Un velo de lágrimas emborronó el verso. No quería llorar. Elevó los ojos hacia el techo de la habitación y así permaneció largo tiempo. Las manchas de humedad dibujaban contornos caprichosos en aquel cielo de yeso.
“Vencida de la edad sentí mi espada…”
Ya no era joven. De pronto le pesaban los años como si hubiesen caído todos, de golpe, sobre sus hombros. Protestaban todos y cada uno de sus huesos. Era ya tiempo de reposo, aunque la tarea estuviese por hacer.
La vida trascurre en una loca carrera, siempre en pos de una meta que no podemos alcanzar. Un hombre tiene los años de su espíritu, no la edad de su cuerpo, se dijo; pero no es del todo cierto. Sus dedos, que la artrosis iba deformando, le anunciaban los cambios de tiempo y entorpecían su pluma.
¡Qué frío hacía! Frotó una contra otra las manos, pero ni aún así consiguió hacerlas entrar en calor. Repentinamente se negaban a sostener el libro. Apenas tuvo tiempo para leer los dos últimos versos antes de que el pequeño tomo resbalara hasta el banco.
“y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte”
Un estruendo de cristales rotos desgarró el silencio de la sala. Como surgidas de una nada oscura, cientos de voces se alzaron en una algarabía insoportable. Gritos, imprecaciones, risas y blasfemias surcaron el aire, como dardos certeros, buscando el corazón de Pacífico de Pobladura.
La puerta resistió los primeros embates, mas las bisagras cedieron rápidamente. Entraron como una avalancha, arrasándolo todo a su paso. Pacífico, erguido en medio de la estancia, les contemplaba con ojos claros. Entre las manos, apretado contra el pecho, tenía un grueso volumen. Primero le golpeó una piedra, luego fueron palos, martillos, puños y pies. Cayó al suelo. Con el rostro en tierra, lo último que acertó a ver fue el lomo de aquel libro que antes refugiase entre los brazos: “LA CIUDAD DE DIOS. San Agustín”
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Las llamas redujeron a cenizas y escombros al hombre y su obra o, ¿tal vez debiera decir: al Hombre y su Obra?
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Perdida en una de las páginas de la sección de sucesos del periódico local, una pequeña nota era encabezada por el siguiente titular: “Anciano enajenado muere carbonizado en incendio fortuito”.
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Y risas. Risas, risas, risas. Estoy seguro, se están riendo, a carcajadas. Alguien, en algún lugar, caliente y cómodo, se está riendo.
Soneto.- Miré los muros de la patria mía.
(F. de Quevedo)
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