Marcado el horizonte por un mar de plata, el sollozo funesto de la aurora hace temblar de pánico los corazones desgraciados de los chicos enclenques y desnutridos. La melodiosa luz del cielo en celo hace la guerra con los ojos de las niñas, ciegas de tanto Amor que ya no cabe en sus pechos de violada arpa desgarrada. Entonces, el bramido descomunal de una voz estentórea hace saltar en pedazos las cristaleras azul perla que se enmarcan entre las copas sinuosas de los árboles, que no inclinan jamás su cerviz hacia el suelo profundo y lleno de sagrada escarcha. No obstante, hay un santo varón que se atreve a trepar por la montaña nevada del desvarío para reencontrase con su dios ya moribundo. Y entre gritos de verde mar, el patrón de un buque fantasma se desgarra la túnica a rebosar de honorable ónice para zambullirse en el acuoso plato, cargado de tormentas aciagas y sin par.