chapirulo
Poeta recién llegado
El clavel negro no es una flor.
Es tu sombra cuando la noche
se me queda viviendo en el pecho.
Lo colgué en tu recuerdo
como quien deja encendida una lámpara
en una casa a la que ya no vuelve.
No fue despedida.
Fue mi manera torpe
de seguir penetrándote
sin tocarte.
Todavía estaba tibio.
Guardaba la sal de tu piel que no probé,
el temblor de unas bocas que nunca fueron,
esa hambre que no necesitaba palabras
porque mi cuerpo ya lo decía todo.
¿Amar es eso?
¿Incendiar la noche
hasta que el mundo desaparezca?
¿Entrelazar tus manos y las mías
aunque nunca lleguen a encontrarse?
Y después, claro,
vino el silencio.
No te fuiste.
Te hiciste profundidad.
Y yo —que nunca supe decir
cuánto te extrañaba—
me quedé en la superficie,
respirando tu ausencia
como si todavía tuviera tu nombre
entre los labios.
El clavel negro
no adorna el pasado.
Lo mantiene caliente.
Es la prueba de que el hambre fue real,
de que nuestras pieles
debieron tocar algo infinito,
aunque nunca
se toquen.
Y mientras esa flor oscura
siga abierta en mi sombra,
mi deseo no habrá muerto.
Se habrá vuelto tinta.
Y la tinta,
aunque no abrace,
todavía late
cuando escribo tu nombre.
Es tu sombra cuando la noche
se me queda viviendo en el pecho.
Lo colgué en tu recuerdo
como quien deja encendida una lámpara
en una casa a la que ya no vuelve.
No fue despedida.
Fue mi manera torpe
de seguir penetrándote
sin tocarte.
Todavía estaba tibio.
Guardaba la sal de tu piel que no probé,
el temblor de unas bocas que nunca fueron,
esa hambre que no necesitaba palabras
porque mi cuerpo ya lo decía todo.
¿Amar es eso?
¿Incendiar la noche
hasta que el mundo desaparezca?
¿Entrelazar tus manos y las mías
aunque nunca lleguen a encontrarse?
Y después, claro,
vino el silencio.
No te fuiste.
Te hiciste profundidad.
Y yo —que nunca supe decir
cuánto te extrañaba—
me quedé en la superficie,
respirando tu ausencia
como si todavía tuviera tu nombre
entre los labios.
El clavel negro
no adorna el pasado.
Lo mantiene caliente.
Es la prueba de que el hambre fue real,
de que nuestras pieles
debieron tocar algo infinito,
aunque nunca
se toquen.
Y mientras esa flor oscura
siga abierta en mi sombra,
mi deseo no habrá muerto.
Se habrá vuelto tinta.
Y la tinta,
aunque no abrace,
todavía late
cuando escribo tu nombre.
E.M.C.M. 26/02/26
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