Sinuhé
Poeta adicto al portal
Clementina Suárez (Juticalpa, Honduras, 1906-1991), insigne poetisa hondureña. Leerla me hace sentir insignificante, a pesar de eso, no es tan famosa hoy en día. Quizás porque la poesía no es moneda común en estos tiempos, o sabrá Dios porqué. Quiero compartir con ustedes mis amigos de Mundo Poesía, un fragmento escrito por Janet Gold de la Universidad de New Hampshire acerca de una biografía que culminó en encuentro y de un poema suyo de un libro bastante viejo que tengo en mis estantes. Clementina murió asesinada en su galería de Tegucigalpa, sola. Humildemente creo que merece un sitial dentro de esta vorágine que es Mundo Poesía; así que aquí está ella: Clementina...
Retratos y espejos (Fragmento) http://bama.ua.edu/~tatuana/numero1/retratos.html
Janet Gold
University of New Hampshire
Recuerdo la entrada de la casa-galería número 141 Barrio La Hoya. A la izquierda del pasillo de entrada se cuelga un lienzo enorme del pintor hondureño Julio Vizquerra, la Reina Clementina entrada en carnes, sentada en un trono ebrio vestida con su corona, unos pequeños e incongruentes zapatillos de tacón alto y su no tan casta desnudez. Sus pechos y su barriga flaquean, la expresión de su cara es dionisiaca. Es un retrato cariñoso y juguetón de la reina bohemia en todo su glorioso libertinaje. Al doblar a la derecha para entrar en la pequeña cocina, una se encuentra rodeada de imágenes que cubren cada pulgada disponible de las paredes. Hay una muchacha sincera de pelo ondulante y una expresión dulce en los labios. En una caricatura del guatemalteco Augusto Monterroso, ella se parece a una cantante de cabaret de los años '30 con pechos pequeños y puntiagudos, espaldas descubiertas y un peinado estilo Josephine Baker. Esteban Valderrama la pintó con una sonrisa serena en una boca demasiado pequeña para ser suya. Rizos suaves sirven de marco a una cara angélica de proporciones ideales. En un dibujo hecho por su esposo el pintor salvadoreño José Mejía Vides, la representó con el peinado y cofia típicos.de una indígena centroamericana Arriba de la ventana hay una acuarela de Suyapa Carías, niña de 9 años, que captura con una exactitud inocente la boca, nariz y frente amplios de Clementina. Cerca de la puerta de su dormitorio se cuelga un retrato inquietante del artista cubano Gelasio que muestra una mujer de mediana edad que contempla su reflejo en un espejo con dolorosa introspección, una tela transparente cubriendo sus pechos todavía turgentes.
En su dormitorio, ocupando el sitio de honor, a la cabeza de su cama, vemos una pintura de colores brillantes y alegres, reminiscente del estilo de los años '60, del paraguayo Migloressi. Es Clementina en un vestido rosado, un collar de flores alrededor de su cuello y flores en su pelo. Su figura se reclina en un campo verde y florecido, en el fondo unas montañas sonámbulas que parecen flotar encima de un lago azul celeste. En otra pared se encuentra la visión del pintor hondureño Aníbal de una Clementina revolucionaria agarrándose de un rifle con una mirada de austera vigilancia. Francisco Amighetti de Costa Rica la pintó con el aspecto de la amable vecina que pasa por la casa para tomar un café y contar chismes. En los retratos de Luis Angel Salinas de El Salvador es un angel de la redención, una diosa de cabello de fuego y facciones esculpidas, mirando sin temor hacia el futuro.
Tantas caras, tantas facetas. ¿Máscaras? ¿Artificio? ¿Cómo entender representaciones tan distintas? Quizás los comentarios de algunos de los artistas que la han pintado nos revelen algo. Dante Lazzaroni, por ejemplo, dijo que la pintó como una copa de la que se bebe la vida. Gelasio la ha retratado más de siete veces porque, como él dice: " Es la modelo perfecta, ella admite que le pintes cualquier cosa. Le da confianza al pintor de que haga lo que haga va a estar bien, le daba ánimos de pintarla. Está como encerrada en sí misma. Aquí puede estar horas y horas, ella está completamente feliz de estar allí posando."
Luis H. Padilla admite que el retrato que le hizo a ella es realmente de él. Ella no le posó, él se lo pintó de memoria, añadiendo unos toques finales cuando la vio. Dice que el espacio claro y vacío en el fondo es el desierto de sí mismo, que la tristeza en su cara es su propia tristeza.
Mientras el artista la veía quieta y vacía, esperando ser creada, ella encontraba su propia satisfacción en ser modelo: " Posándoles, " dijo ella, "yo he sentido como si me van descubriendo, desnudando por dentro." Ella ha sido un espejo en el que otros se han visto reflejados. Y también se ha visto a sí misma en las versiones pintadas para ella. Parece haber sido la atención enfocada en su persona lo que necesitaba para poder verse en su plenitud y multiplicidad. En su libro de 1931 De mis sábados el último, se incluye una selección intitulada "Píntame pintor", que sugiere la dimensión simbiótica de su búsqueda de conocerse: "Píntame pintor. Píntame con el rostro que adivine, con cabellos de resina y con mejilla ensangrentada. Píntame con cuerpo de mujer asoleada y con aliento de retama. Pinta mis ojos con el agua de todas tus charcas, con la profundidad de tus mares y con la negrura de todas tus noches. Y píntame sobre todo esta mirada que del corazón me sube llena de ternura. . . . Me dices que soy fea, que soy fea para tí. No lo creo, no lo puedo creer, pues cuando tus ojos están en mis ojos, yo me siento hermosa de la cabeza a los pies. Y menuda y breve--figurita de miel--pienso, que si tocaras me desharía como gota de rocío que se evapora cuando calienta el sol."
La colección de retratos de Clementina es un testamento de las proporciones legendarias de su carácter y la amplitud de su espíritu, pero también es un record de incalculable valor que refleja las técnicas, tendencias y estilos de numerosos artistas tanto hondureños como de otras naciones a lo largo del siglo. Desde el famosísimo Diego Rivera hasta la niña Suyapa Carías, desde Paraguay hasta Canadá, estas obras testimonian un espíritu internacional que nos puede servir de inspiración a todos.
Les agradezco esta oportunidad de saludarles a Uds. y de despedirme públicamente de Clementina. Todos los que la hemos conocido lamentamos las circunstancias de su muerte, circunstancias que nos han dejado con un último retrato, éste trágico, cruel y sin sentido, en el que no podemos evitar mirar el retrato como a un espejo y vernos reflejados en él. Yo habría querido otra muerte para Clementina. Debía de haber dejado este mundo mientras bebía y coqueteaba en alguna fiesta. O quizás en su propia cama, una salida tranquila y elegante, la reina de la poesía viajando a su reino de palabras en el cielo desde su trono de almohadas de satín azul. Pero fueran lo que fueran las circunstancias de su muerte, tengo la idea que Clementina murió en la poesía tal como la había vivido. En una entrevista con Manuel Salinas, contestó la pregunta: "¿Cuál es el libro que más estimas en tu amplia producción poética?", con esta aseveración: "Las cosas que no he podido decir en un poema. Siempre estoy buscando la respuesta en el siguiente. Siempre estoy como empezando a decir las palabras auténticas en poesía, hasta hallar mi voz propia en la poesía universal . . ."
He tratado de imaginar lo que pasó por su mente en sus últimos momentos conscientes. La veo rodeada de su querida luminosa soledad. Al darse cuenta que se apagaba la luz, empezó a escribir su último poema, su mejor poema, el que siempre deseaba escribir. Y fue el más bello y auténtico.
Porque el amor está ausente
Clementina Suárez
Porque el amor está ausente, escrito en sangre y tormento;
es que puedo hacer reminiscencias,
recogerlo en gotas amargas de ansiedad y sueño disperso.
Porque ya no es mío el tiempo, ni la hora, ni el minuto,
y aunque gire la aguja del reloj nunca será la hora de tu llegada.
Es que la noche es larga y sola, círculo negro que totalmente me absorbe.
Intemporal hora aciaga, crecido mundo movedizo,
bienamado cielo, mi despavorida mirada a ti se alarga.
Necesito recordar, hablar de ti, salvar el acontecimiento;
ser responsable del amor, de la esperanza y del amoroso recuerdo que cultivo.
¿Por qué negativa palabra se empezó a marchitar la flor?
¿O es acaso que siempre la muerte poco a poco tiene que infiltrarse en todo?
¿O que el amor tiene su limitada vida, su tiempo, su tránsito, sus ojos que se cierran?
Porque si solo por el amor fuera yo lo tocara en mi cara,
en mi cuerpo, en mis manos alas hoy despavoridas-
en mi boca y hasta en Dios dormido aquí en el pecho.
Yo levantaría el sueño, como una mañana que surge esplendorosa,
como una rosa en su jardín, como un beso en su boca.
Mágicamente lo levantaría, y podría decir: aquí está:
luminoso como estrella, suave como nido.
Querido aquí está, y empezaría a llenar el hueco, la ausencia,
con lo que hermosamente tengo, con lo que anido en mi misma,
con lo que no se ha ido;
y atoldaría estrellas, miel, duraznos, palabra, arrullo, beso, lágrima,
y estaría tan cerca, tan clara, que no habría espacio entre nosotros
y en la inmensa almohada dos inmóviles cabezas mirarían al cielo
hasta quedarse poco a poco dormidas o tal vez muertas.
Algunas veces abrazándote más, cerca del jadeo de tu pecho,
pequeña o grande dentro de tus ojos, dándote nombres de árbol, fruta, agua,
sal, viento, enmarañando tu pelo, dibujando tu boca, apartando tu arena,
dejándote como pez, como pájaro marino, cosechando tu fragancia, tu seda,
tu corteza, tu musgo, tu cumplida caricia, tu referencia,
pude decir encendida de amor una palabra,
y la palabra era río, metáfora, verso, arrullo.
Nacía la palabra y te enmielaba, era mía la palabra,
y la tenía en la punta de los dedos, de los ojos.
Te palpaba la palabra, te inundaba exquisitamente tierna, era tuya la palabra;
quiero decir te dije: en sosegadas noches palabras uvas, palabras manzanas,
palabras pájaros, palabras versos, palabras amor.
Ay, lejano amor, cercano amor, alto amor, crecido amor,
yo no te memorizo, te vivo, en elocuente llama, en agua,
en mecida sangre que me sosiega o enerva.
Tengo tus inmortales señas, en la garganta, los pies,
en las rodillas, mis manos.
Abro los ojos y vengo de ti, cierro los ojos y voy a ti.
Y tu prodigiosa fuerza me atrae, me recoge en capullos silvestres,
y estoy en tu tacto, en tu beso, dispersa, tendida, corola de amor.
Tuya en tu tibio mundo, tuya en tu ser, en tu hogar de sueño.
Estoy recordando, no, amando,
coloreando minúsculas cosas que voy ordenando en la casa,
en la marinera casa que llevo por dentro vestida de playa, espuma y arena.
Recordando, cosa por cosa, despierta o dormida,
con la humilde opulencia de quererte, simplemente quererte,
bendito entre mis brazos, absoluto en tu cuerpo, parasol, cielo,
ciudad mía, tierra dulce, paraíso tibio.
Déjame ser tu hoy, tu exacta dimensión, tu íntimo hueco, tu vivir, tu estar.
Duplícate en mis ojos, envuélvete en mis brazos,
modélate en mi forma, inmortalízate en mi sangre.
Amor solo es amor, cuando es amor, amor, amor.
Cavarías tu vida por tenerlo sin encontrarlo,
treparías montañas inútilmente, rasgarías tu pecho. Y nada, nada.
Amor, solo es amor, por amor, amor, amor.
Está, y está por nada, porque es fragancia, tierno nombre tuyo,
súbito despertar, de mi crecido cuerpo tuyo.
Está donde tú lo dejaste en sombra o luz, en torno a ti.
O caminando en el vacío que hay de ti a mí, al total vacío,
sin propósito más que recorrerlo, con su indeleble sangre,
con su tatuada sangre que registra los sentidos
con súbita y erguida pena inusitada.
Sin olvidarte, enteramente sin olvidarte, cada día, cada año, cada estación,
tiene el nombre que tu le pusiste, sea invierno o sea verano,
o camine vestida o esté tendida en la noche.
Arrebatada de estrellas tu me estás mirando, viviendo,
dándome el aire de tus pulmones,
durmiendo con dulzura tuya, con sueño tuyo.
Estoy llena de ti, tibia de ti, temblorosa de ti;
suena en mi pecho tu propio corazón.
Te he querido olvidar pero no he logrado más que penetrarte,
ajustarme más a ti, con terrible ternura contenida,
con mudez de mordaza que se muerde los labios para no decir tu nombre.
Pero si hablo es a través de ti, si la dicha agobia mi cuerpo es la dicha tuya,
y si el dolor me dobla es también el dolor tuyo.
Te olvido en olvido de amor, silencio alfombrado de recuerdos tuyos,
túnica de estrellas con que me vistes para llamarme tu amada,
tu única amada.
Y si el corazón me salta y ardo en deseos de abrazarte,
es porque no soy sino tu propio corazón latiendo,
tu propio deseo en vértigo, o tu brazo desatado buscándome.
......
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Retratos y espejos (Fragmento) http://bama.ua.edu/~tatuana/numero1/retratos.html
Janet Gold
University of New Hampshire
Recuerdo la entrada de la casa-galería número 141 Barrio La Hoya. A la izquierda del pasillo de entrada se cuelga un lienzo enorme del pintor hondureño Julio Vizquerra, la Reina Clementina entrada en carnes, sentada en un trono ebrio vestida con su corona, unos pequeños e incongruentes zapatillos de tacón alto y su no tan casta desnudez. Sus pechos y su barriga flaquean, la expresión de su cara es dionisiaca. Es un retrato cariñoso y juguetón de la reina bohemia en todo su glorioso libertinaje. Al doblar a la derecha para entrar en la pequeña cocina, una se encuentra rodeada de imágenes que cubren cada pulgada disponible de las paredes. Hay una muchacha sincera de pelo ondulante y una expresión dulce en los labios. En una caricatura del guatemalteco Augusto Monterroso, ella se parece a una cantante de cabaret de los años '30 con pechos pequeños y puntiagudos, espaldas descubiertas y un peinado estilo Josephine Baker. Esteban Valderrama la pintó con una sonrisa serena en una boca demasiado pequeña para ser suya. Rizos suaves sirven de marco a una cara angélica de proporciones ideales. En un dibujo hecho por su esposo el pintor salvadoreño José Mejía Vides, la representó con el peinado y cofia típicos.de una indígena centroamericana Arriba de la ventana hay una acuarela de Suyapa Carías, niña de 9 años, que captura con una exactitud inocente la boca, nariz y frente amplios de Clementina. Cerca de la puerta de su dormitorio se cuelga un retrato inquietante del artista cubano Gelasio que muestra una mujer de mediana edad que contempla su reflejo en un espejo con dolorosa introspección, una tela transparente cubriendo sus pechos todavía turgentes.
En su dormitorio, ocupando el sitio de honor, a la cabeza de su cama, vemos una pintura de colores brillantes y alegres, reminiscente del estilo de los años '60, del paraguayo Migloressi. Es Clementina en un vestido rosado, un collar de flores alrededor de su cuello y flores en su pelo. Su figura se reclina en un campo verde y florecido, en el fondo unas montañas sonámbulas que parecen flotar encima de un lago azul celeste. En otra pared se encuentra la visión del pintor hondureño Aníbal de una Clementina revolucionaria agarrándose de un rifle con una mirada de austera vigilancia. Francisco Amighetti de Costa Rica la pintó con el aspecto de la amable vecina que pasa por la casa para tomar un café y contar chismes. En los retratos de Luis Angel Salinas de El Salvador es un angel de la redención, una diosa de cabello de fuego y facciones esculpidas, mirando sin temor hacia el futuro.
Tantas caras, tantas facetas. ¿Máscaras? ¿Artificio? ¿Cómo entender representaciones tan distintas? Quizás los comentarios de algunos de los artistas que la han pintado nos revelen algo. Dante Lazzaroni, por ejemplo, dijo que la pintó como una copa de la que se bebe la vida. Gelasio la ha retratado más de siete veces porque, como él dice: " Es la modelo perfecta, ella admite que le pintes cualquier cosa. Le da confianza al pintor de que haga lo que haga va a estar bien, le daba ánimos de pintarla. Está como encerrada en sí misma. Aquí puede estar horas y horas, ella está completamente feliz de estar allí posando."
Luis H. Padilla admite que el retrato que le hizo a ella es realmente de él. Ella no le posó, él se lo pintó de memoria, añadiendo unos toques finales cuando la vio. Dice que el espacio claro y vacío en el fondo es el desierto de sí mismo, que la tristeza en su cara es su propia tristeza.
Mientras el artista la veía quieta y vacía, esperando ser creada, ella encontraba su propia satisfacción en ser modelo: " Posándoles, " dijo ella, "yo he sentido como si me van descubriendo, desnudando por dentro." Ella ha sido un espejo en el que otros se han visto reflejados. Y también se ha visto a sí misma en las versiones pintadas para ella. Parece haber sido la atención enfocada en su persona lo que necesitaba para poder verse en su plenitud y multiplicidad. En su libro de 1931 De mis sábados el último, se incluye una selección intitulada "Píntame pintor", que sugiere la dimensión simbiótica de su búsqueda de conocerse: "Píntame pintor. Píntame con el rostro que adivine, con cabellos de resina y con mejilla ensangrentada. Píntame con cuerpo de mujer asoleada y con aliento de retama. Pinta mis ojos con el agua de todas tus charcas, con la profundidad de tus mares y con la negrura de todas tus noches. Y píntame sobre todo esta mirada que del corazón me sube llena de ternura. . . . Me dices que soy fea, que soy fea para tí. No lo creo, no lo puedo creer, pues cuando tus ojos están en mis ojos, yo me siento hermosa de la cabeza a los pies. Y menuda y breve--figurita de miel--pienso, que si tocaras me desharía como gota de rocío que se evapora cuando calienta el sol."
La colección de retratos de Clementina es un testamento de las proporciones legendarias de su carácter y la amplitud de su espíritu, pero también es un record de incalculable valor que refleja las técnicas, tendencias y estilos de numerosos artistas tanto hondureños como de otras naciones a lo largo del siglo. Desde el famosísimo Diego Rivera hasta la niña Suyapa Carías, desde Paraguay hasta Canadá, estas obras testimonian un espíritu internacional que nos puede servir de inspiración a todos.
Les agradezco esta oportunidad de saludarles a Uds. y de despedirme públicamente de Clementina. Todos los que la hemos conocido lamentamos las circunstancias de su muerte, circunstancias que nos han dejado con un último retrato, éste trágico, cruel y sin sentido, en el que no podemos evitar mirar el retrato como a un espejo y vernos reflejados en él. Yo habría querido otra muerte para Clementina. Debía de haber dejado este mundo mientras bebía y coqueteaba en alguna fiesta. O quizás en su propia cama, una salida tranquila y elegante, la reina de la poesía viajando a su reino de palabras en el cielo desde su trono de almohadas de satín azul. Pero fueran lo que fueran las circunstancias de su muerte, tengo la idea que Clementina murió en la poesía tal como la había vivido. En una entrevista con Manuel Salinas, contestó la pregunta: "¿Cuál es el libro que más estimas en tu amplia producción poética?", con esta aseveración: "Las cosas que no he podido decir en un poema. Siempre estoy buscando la respuesta en el siguiente. Siempre estoy como empezando a decir las palabras auténticas en poesía, hasta hallar mi voz propia en la poesía universal . . ."
He tratado de imaginar lo que pasó por su mente en sus últimos momentos conscientes. La veo rodeada de su querida luminosa soledad. Al darse cuenta que se apagaba la luz, empezó a escribir su último poema, su mejor poema, el que siempre deseaba escribir. Y fue el más bello y auténtico.
Porque el amor está ausente
Clementina Suárez
Porque el amor está ausente, escrito en sangre y tormento;
es que puedo hacer reminiscencias,
recogerlo en gotas amargas de ansiedad y sueño disperso.
Porque ya no es mío el tiempo, ni la hora, ni el minuto,
y aunque gire la aguja del reloj nunca será la hora de tu llegada.
Es que la noche es larga y sola, círculo negro que totalmente me absorbe.
Intemporal hora aciaga, crecido mundo movedizo,
bienamado cielo, mi despavorida mirada a ti se alarga.
Necesito recordar, hablar de ti, salvar el acontecimiento;
ser responsable del amor, de la esperanza y del amoroso recuerdo que cultivo.
¿Por qué negativa palabra se empezó a marchitar la flor?
¿O es acaso que siempre la muerte poco a poco tiene que infiltrarse en todo?
¿O que el amor tiene su limitada vida, su tiempo, su tránsito, sus ojos que se cierran?
Porque si solo por el amor fuera yo lo tocara en mi cara,
en mi cuerpo, en mis manos alas hoy despavoridas-
en mi boca y hasta en Dios dormido aquí en el pecho.
Yo levantaría el sueño, como una mañana que surge esplendorosa,
como una rosa en su jardín, como un beso en su boca.
Mágicamente lo levantaría, y podría decir: aquí está:
luminoso como estrella, suave como nido.
Querido aquí está, y empezaría a llenar el hueco, la ausencia,
con lo que hermosamente tengo, con lo que anido en mi misma,
con lo que no se ha ido;
y atoldaría estrellas, miel, duraznos, palabra, arrullo, beso, lágrima,
y estaría tan cerca, tan clara, que no habría espacio entre nosotros
y en la inmensa almohada dos inmóviles cabezas mirarían al cielo
hasta quedarse poco a poco dormidas o tal vez muertas.
Algunas veces abrazándote más, cerca del jadeo de tu pecho,
pequeña o grande dentro de tus ojos, dándote nombres de árbol, fruta, agua,
sal, viento, enmarañando tu pelo, dibujando tu boca, apartando tu arena,
dejándote como pez, como pájaro marino, cosechando tu fragancia, tu seda,
tu corteza, tu musgo, tu cumplida caricia, tu referencia,
pude decir encendida de amor una palabra,
y la palabra era río, metáfora, verso, arrullo.
Nacía la palabra y te enmielaba, era mía la palabra,
y la tenía en la punta de los dedos, de los ojos.
Te palpaba la palabra, te inundaba exquisitamente tierna, era tuya la palabra;
quiero decir te dije: en sosegadas noches palabras uvas, palabras manzanas,
palabras pájaros, palabras versos, palabras amor.
Ay, lejano amor, cercano amor, alto amor, crecido amor,
yo no te memorizo, te vivo, en elocuente llama, en agua,
en mecida sangre que me sosiega o enerva.
Tengo tus inmortales señas, en la garganta, los pies,
en las rodillas, mis manos.
Abro los ojos y vengo de ti, cierro los ojos y voy a ti.
Y tu prodigiosa fuerza me atrae, me recoge en capullos silvestres,
y estoy en tu tacto, en tu beso, dispersa, tendida, corola de amor.
Tuya en tu tibio mundo, tuya en tu ser, en tu hogar de sueño.
Estoy recordando, no, amando,
coloreando minúsculas cosas que voy ordenando en la casa,
en la marinera casa que llevo por dentro vestida de playa, espuma y arena.
Recordando, cosa por cosa, despierta o dormida,
con la humilde opulencia de quererte, simplemente quererte,
bendito entre mis brazos, absoluto en tu cuerpo, parasol, cielo,
ciudad mía, tierra dulce, paraíso tibio.
Déjame ser tu hoy, tu exacta dimensión, tu íntimo hueco, tu vivir, tu estar.
Duplícate en mis ojos, envuélvete en mis brazos,
modélate en mi forma, inmortalízate en mi sangre.
Amor solo es amor, cuando es amor, amor, amor.
Cavarías tu vida por tenerlo sin encontrarlo,
treparías montañas inútilmente, rasgarías tu pecho. Y nada, nada.
Amor, solo es amor, por amor, amor, amor.
Está, y está por nada, porque es fragancia, tierno nombre tuyo,
súbito despertar, de mi crecido cuerpo tuyo.
Está donde tú lo dejaste en sombra o luz, en torno a ti.
O caminando en el vacío que hay de ti a mí, al total vacío,
sin propósito más que recorrerlo, con su indeleble sangre,
con su tatuada sangre que registra los sentidos
con súbita y erguida pena inusitada.
Sin olvidarte, enteramente sin olvidarte, cada día, cada año, cada estación,
tiene el nombre que tu le pusiste, sea invierno o sea verano,
o camine vestida o esté tendida en la noche.
Arrebatada de estrellas tu me estás mirando, viviendo,
dándome el aire de tus pulmones,
durmiendo con dulzura tuya, con sueño tuyo.
Estoy llena de ti, tibia de ti, temblorosa de ti;
suena en mi pecho tu propio corazón.
Te he querido olvidar pero no he logrado más que penetrarte,
ajustarme más a ti, con terrible ternura contenida,
con mudez de mordaza que se muerde los labios para no decir tu nombre.
Pero si hablo es a través de ti, si la dicha agobia mi cuerpo es la dicha tuya,
y si el dolor me dobla es también el dolor tuyo.
Te olvido en olvido de amor, silencio alfombrado de recuerdos tuyos,
túnica de estrellas con que me vistes para llamarme tu amada,
tu única amada.
Y si el corazón me salta y ardo en deseos de abrazarte,
es porque no soy sino tu propio corazón latiendo,
tu propio deseo en vértigo, o tu brazo desatado buscándome.
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:: yo ya leí unas cuantas cosas de ella..