Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con campera artesanía,
luce en el terroso suelo,
su tosca madera y cuero
overo-pampa, una silla.
Cerca, la pila de astillas
implora cálido fin,
arrodillada al perfil
moreno de la cocina.
Como sombra con pereza
ascendiendo en lento paso,
la pared y el cielorraso
muestran del humo la huella.
Olla, caldera, fregón,
atizador, y rendido,
como esclavo fugitivo,
rodó en el suelo un carbón.
El mate quedó embretado
en su pedestal de tiento,
del tempranero rodeo,
prolijamente ensillado.
Callada, contra el adobe,
permanece la alacena;
que en el almuerzo y la cena,
pondrá loza, acero y bronce.
Hay un estante adornado
con papel color violeta,
que muestra hierbas y especias;
secretos de buena mano.
Y en un rincón, dormitando,
descansa gaucho el apero,
demostrándole a los perros
sus hazañas de a caballo.
Retinta la damajuana,
se insinúa provocando
para entregarse chirriando,
seco el mimbre de su enagua.
Media hoja de la puerta
previene la acometida,
de patos, pollos, gallinas
y lechones en carrera.
(Carrera que yo corría,
cachorro en aquellos años,
con ellos entreverado
en campera algarabía).
En fin, esa es la cocina
humilde de paja y barro.
Alguno que otro cacharro,
burla la memoria mía.
Y trajinando sencilla,
en reflexivo silencio,
me parece que la veo:
anda la abuela María.
luce en el terroso suelo,
su tosca madera y cuero
overo-pampa, una silla.
Cerca, la pila de astillas
implora cálido fin,
arrodillada al perfil
moreno de la cocina.
Como sombra con pereza
ascendiendo en lento paso,
la pared y el cielorraso
muestran del humo la huella.
Olla, caldera, fregón,
atizador, y rendido,
como esclavo fugitivo,
rodó en el suelo un carbón.
El mate quedó embretado
en su pedestal de tiento,
del tempranero rodeo,
prolijamente ensillado.
Callada, contra el adobe,
permanece la alacena;
que en el almuerzo y la cena,
pondrá loza, acero y bronce.
Hay un estante adornado
con papel color violeta,
que muestra hierbas y especias;
secretos de buena mano.
Y en un rincón, dormitando,
descansa gaucho el apero,
demostrándole a los perros
sus hazañas de a caballo.
Retinta la damajuana,
se insinúa provocando
para entregarse chirriando,
seco el mimbre de su enagua.
Media hoja de la puerta
previene la acometida,
de patos, pollos, gallinas
y lechones en carrera.
(Carrera que yo corría,
cachorro en aquellos años,
con ellos entreverado
en campera algarabía).
En fin, esa es la cocina
humilde de paja y barro.
Alguno que otro cacharro,
burla la memoria mía.
Y trajinando sencilla,
en reflexivo silencio,
me parece que la veo:
anda la abuela María.