Recreada musa en tu cuerpo de mujer.
El solsticio de tu alma transmigra
de corazón en corazón hasta llegar a ti.
Tú sabes amor de antaño que fuiste mía,
en la vereda del camino, a la orilla del río;
en el establo de la estancia, bajo la sombra
arropadora de aquel inmenso árbol, tu fuiste mía.
Y hoy, musa, te renuevas con senos más firmes
como elocuentes poemas para dormir niños,
y hermosos brazos melifluos como un delicado coñac.
¡Bendito sea el que te permite rehacerte cada día!
y nos permite éste amar incesante y eterno.
Que tú puedas volver con el ojo inmenso
de tu ombligo de oliva, con tu piel aceitunada
y la sal, ¡ay la sal!, la pura sal de tu esencia,
la que recuerdo en la punta de la lengua de unicornio
y guardo en mi boca de minero.
Te niegas a reconocerme por temor de sucumbir
a la posesión de tu cuerpo virgen de amor.
El socavado cuerpo para los hombres del alba,
los que amanecen hambrientos por la sal de un cuerpo,
cualquier cuerpo, para arrancarse las entrañas,
el dolor del alma cuajado en sus testículos
y la zozobra acumulada en la oreja del corazón.
Te niegas a entregarte, musa de cuerpo duro,
pero tú sabes que tengo una paciencia legendaria.
Si quieres esperar a que nazca el nuevo río,
a que el ondulado camino sea marcado con los besos
de la jauría matutina despertando de sus borracheras.
Cuando al subir el amoroso sol,
bañado en la sangre de tu virginidad
arrancada en la apaciguada noche de son.
Yo estaré, musa, en el recodo del río,
con mi lengua de minero, esperando
a que baje nuevamente el sol
y me abrace la noche con su estupor de ajonjolí,
para convertirme en uno de esos hombres del alba.
28 de Abril de 2008