Jorge Yanes
Poeta fiel al portal
Siempre pensé en la nostalgia como se piensa en una calle vacía.
Con esos reflejos siena que invaden los rincones...
de piedra.
Y con esas manos de asfalto que germinan entre los zapatos
descompuestos y atómicos.
Con esa esencia muerta que siempre florece entre las vísperas de los tiempos fallecidos.
Con esa soledad articulada y vuelta hueso entre las nubes traslúcidas.
Con el recuerdo de las aguas en Cherburgo.
Siempre pensé en ti como se piensa en un bosque de anturios,
broncíneos y a espaldas de la tierra,
con la misma tristeza de los turpiales enjaulados,
y con una llovizna naciente anclada en los ojos para siempre,
en la misma escenografía incompleta de las ramas de olivo y la tristeza
con la que se mira al mar,
siempre recortado.
Siempre pensé en ti desde ese día de enero.
Jamás pude olvidar como se condensaban los óleos para precipitarse en mi alma…
Como se despierta uno de repente en esas galerías rojas de tierras enamoradas.
Con la misma idea de la madrugada
clavada en las sienes,
amando por siempre los acordeones con caries que no saben si no es cantarte.
Siempre pensé en ti como en una calle vacía. Infinita e inalcanzable.
Pero siempre me quedé con los boleros de mi alma.
Las nostalgias arrinconadas y los años en una copa.
Con esos reflejos siena que invaden los rincones...
de piedra.
Y con esas manos de asfalto que germinan entre los zapatos
descompuestos y atómicos.
Con esa esencia muerta que siempre florece entre las vísperas de los tiempos fallecidos.
Con esa soledad articulada y vuelta hueso entre las nubes traslúcidas.
Con el recuerdo de las aguas en Cherburgo.
Siempre pensé en ti como se piensa en un bosque de anturios,
broncíneos y a espaldas de la tierra,
con la misma tristeza de los turpiales enjaulados,
y con una llovizna naciente anclada en los ojos para siempre,
en la misma escenografía incompleta de las ramas de olivo y la tristeza
con la que se mira al mar,
siempre recortado.
Siempre pensé en ti desde ese día de enero.
Jamás pude olvidar como se condensaban los óleos para precipitarse en mi alma…
Como se despierta uno de repente en esas galerías rojas de tierras enamoradas.
Con la misma idea de la madrugada
clavada en las sienes,
amando por siempre los acordeones con caries que no saben si no es cantarte.
Siempre pensé en ti como en una calle vacía. Infinita e inalcanzable.
Pero siempre me quedé con los boleros de mi alma.
Las nostalgias arrinconadas y los años en una copa.
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