Ío...
Poeta recién llegado
Llueve
y entre la lluvia
mis ojos confundidos
son lágrimas de arena.
Llueve
como si lloviera una duna
o una flor quemada
buscara rocío
donde antes amaneciera.
Llueve con alevosía
desde un cielo cuadrado
preñado de vértigo y algas
y mientras llueve,
pensando,
al pensarte,
me arrebujo en una espiral absurda.
Llueve con el vientre deshojado
en la garganta pasiva
como oficio aprendido
como ofidio en la memoria
de una imagen perpetua
o un gemido
de belleza inusitada.
Llueve con celo
acompañando a las pestañas
un granizo gélido
una montaña de azúcar
y a lo lejos, en el tiempo
se respira un olor íntimo
de tierra ausentada
de nubes en el cielo
de vacíos llenos de hoyos
en el páramo de un beso
tan solo dormido.
Llueve con desconocimiento
alrededor de un roto
cerca de la negrura
en el centro de una mina
y si te encontrara en ella
con mis labios azules
formaría una cama líquida
con tormentas y fuego
con sábanas de pétalos rojos
donde arder sería solo un precipicio
al que arrojarnos
en una noche extrema de gozo.
Llueve
y el agua está dentro
está fuera el océano
y nosotros
ahogándonos en la sequía
de un todavía hemos de amarnos
como posesos o herirnos
muriéndonos solos.
Llueve anunciado
con apariencia de golpe
sobre las pierna
hasta el cuello para mojarnos
las ganas con la lengua
y sentir una puñalada
de parte a parte
atravesándome la cintura
convirtiendo la sangre en humo
allá, en medio, donde la carne
es terciopelo rosado
y te espero
sin saber si llegas
o llegaste
sin esperarlo.
Ío
y entre la lluvia
mis ojos confundidos
son lágrimas de arena.
Llueve
como si lloviera una duna
o una flor quemada
buscara rocío
donde antes amaneciera.
Llueve con alevosía
desde un cielo cuadrado
preñado de vértigo y algas
y mientras llueve,
pensando,
al pensarte,
me arrebujo en una espiral absurda.
Llueve con el vientre deshojado
en la garganta pasiva
como oficio aprendido
como ofidio en la memoria
de una imagen perpetua
o un gemido
de belleza inusitada.
Llueve con celo
acompañando a las pestañas
un granizo gélido
una montaña de azúcar
y a lo lejos, en el tiempo
se respira un olor íntimo
de tierra ausentada
de nubes en el cielo
de vacíos llenos de hoyos
en el páramo de un beso
tan solo dormido.
Llueve con desconocimiento
alrededor de un roto
cerca de la negrura
en el centro de una mina
y si te encontrara en ella
con mis labios azules
formaría una cama líquida
con tormentas y fuego
con sábanas de pétalos rojos
donde arder sería solo un precipicio
al que arrojarnos
en una noche extrema de gozo.
Llueve
y el agua está dentro
está fuera el océano
y nosotros
ahogándonos en la sequía
de un todavía hemos de amarnos
como posesos o herirnos
muriéndonos solos.
Llueve anunciado
con apariencia de golpe
sobre las pierna
hasta el cuello para mojarnos
las ganas con la lengua
y sentir una puñalada
de parte a parte
atravesándome la cintura
convirtiendo la sangre en humo
allá, en medio, donde la carne
es terciopelo rosado
y te espero
sin saber si llegas
o llegaste
sin esperarlo.
Ío