Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Te vas con el humo del café,
con la migaja olvidada en el plato,
con el reloj que mastica los minutos
hasta volverlos sombra.
La casa se inclina hacia tu ausencia,
se agrieta el yeso de las paredes,
y yo, sentado frente a la ventana,
cuento las horas que dejaste caer
como monedas sin valor.
Tus pasos son ecos de otro cuarto,
la silla vacía un monumento al silencio. Hasta el pan se pudre más rápido los Domingos, y el mantel guarda el pliegue de tus manos como un mapa de lo que ya no está.
Desapareces.
No en la noche ni en la guerra,
sino en el hueco de lo cotidiano:
en el agua que hierve sin testigos,
en el periódico que nadie lee,
en el espejo que devuelve solo mitades.
Y yo aprendo a vivir en la orilla de tu nombre, a morder el aire donde estuviste, a inventar respuestas a preguntas que no haces. Como todos los Domingos,
el mundo se abre en dos y tú te llevas la mitad que sangra.
con la migaja olvidada en el plato,
con el reloj que mastica los minutos
hasta volverlos sombra.
La casa se inclina hacia tu ausencia,
se agrieta el yeso de las paredes,
y yo, sentado frente a la ventana,
cuento las horas que dejaste caer
como monedas sin valor.
Tus pasos son ecos de otro cuarto,
la silla vacía un monumento al silencio. Hasta el pan se pudre más rápido los Domingos, y el mantel guarda el pliegue de tus manos como un mapa de lo que ya no está.
Desapareces.
No en la noche ni en la guerra,
sino en el hueco de lo cotidiano:
en el agua que hierve sin testigos,
en el periódico que nadie lee,
en el espejo que devuelve solo mitades.
Y yo aprendo a vivir en la orilla de tu nombre, a morder el aire donde estuviste, a inventar respuestas a preguntas que no haces. Como todos los Domingos,
el mundo se abre en dos y tú te llevas la mitad que sangra.
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