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Como un árbol cansado

penabad57

Poeta veterano en el portal
Pasan los ejércitos de las horas entre aires calmados

o de vendaval, sin que la edad sepa cuál es el día de la quietud

y cuál el del asombro, la desgracia o el del feliz arpegio

de una música que decide el curso anacrónico de un río.

Vienen los cirios del resplandor con su amarillo pálido

a iluminar el recuerdo donde se posó la semilla de un árbol

que creció en mí hasta que, combado por la letanía de la lluvia y el sol

el tronco no siente la sangre de su raíz alzarse, manar hacia las hojas

cada vez más ocres sin el agua del renacer en sus peciolos negros.

Pasaron las nubes sobre los párpados caídos de la añoranza

con la epifanía del olvido en su vientre húmedo, y los besos de cristal

amanecieron en los labios, como el purísimo cuarzo de una carne

que minuto a minuto se convirtió en piel de estatua cuarteada

por los ignotos eclipses del destino; entre las sombras del día

las huellas sin perfil no reconocen mi densidad que, una vez,

fue ósea vivencia de un árbol sin linaje en las ramas,

desnudas y azules como las frías manos de un muerto.
 
Última edición:
Pasan los ejércitos de las horas entre aires calmados

o de vendaval, sin que la edad sepa cuál es el día de la quietud

y cuál el del asombro, la desgracia o el del feliz arpegio

de una música que decide el curso anacrónico de un río.

Vienen los cirios del resplandor con su amarillo pálido

a iluminar el recuerdo donde se posó la semilla de un árbol

que creció en mí hasta que, combado por la letanía de la lluvia y el sol

el tronco no siente la sangre de su raíz alzarse, manar hacia las hojas

cada vez más ocres sin el agua del renacer en sus peciolos negros.

Pasaron las nubes sobre los párpados caídos de la añoranza

con la epifanía del olvido en su vientre húmedo, y los besos de cristal

amanecieron en los labios, como el purísimo cuarzo de una carne

que minuto a minuto se convirtió en piel de estatua cuarteada

por los caprichosos eclipses del destino; entre las sombras del día

las huellas sin perfil no reconocen mi densidad que, una vez,

fue ósea vivencia de un árbol sin linaje en las ramas,

desnudas y azules como las frías manos de un muerto.
De caprichos y obstáculos está hecha la vida.

Saludos
 
Pasan los ejércitos de las horas entre aires calmados

o de vendaval, sin que la edad sepa cuál es el día de la quietud

y cuál el del asombro, la desgracia o el del feliz arpegio

de una música que decide el curso anacrónico de un río.

Vienen los cirios del resplandor con su amarillo pálido

a iluminar el recuerdo donde se posó la semilla de un árbol

que creció en mí hasta que, combado por la letanía de la lluvia y el sol

el tronco no siente la sangre de su raíz alzarse, manar hacia las hojas

cada vez más ocres sin el agua del renacer en sus peciolos negros.

Pasaron las nubes sobre los párpados caídos de la añoranza

con la epifanía del olvido en su vientre húmedo, y los besos de cristal

amanecieron en los labios, como el purísimo cuarzo de una carne

que minuto a minuto se convirtió en piel de estatua cuarteada

por los ignotos eclipses del destino; entre las sombras del día

las huellas sin perfil no reconocen mi densidad que, una vez,

fue ósea vivencia de un árbol sin linaje en las ramas,

desnudas y azules como las frías manos de un muerto.

Un placer seguir disfrutando de tu obra poeta.
Un abrazo.
 
Pasan los ejércitos de las horas entre aires calmados

o de vendaval, sin que la edad sepa cuál es el día de la quietud

y cuál el del asombro, la desgracia o el del feliz arpegio

de una música que decide el curso anacrónico de un río.

Vienen los cirios del resplandor con su amarillo pálido

a iluminar el recuerdo donde se posó la semilla de un árbol

que creció en mí hasta que, combado por la letanía de la lluvia y el sol

el tronco no siente la sangre de su raíz alzarse, manar hacia las hojas

cada vez más ocres sin el agua del renacer en sus peciolos negros.

Pasaron las nubes sobre los párpados caídos de la añoranza

con la epifanía del olvido en su vientre húmedo, y los besos de cristal

amanecieron en los labios, como el purísimo cuarzo de una carne

que minuto a minuto se convirtió en piel de estatua cuarteada

por los ignotos eclipses del destino; entre las sombras del día

las huellas sin perfil no reconocen mi densidad que, una vez,

fue ósea vivencia de un árbol sin linaje en las ramas,

desnudas y azules como las frías manos de un muerto.
Profundos versos con bellas metáforas a tu estilo. Precioso poema . Un saludo con la pluma del alma
 
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