prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mira cómo te disuelve la lluvia,
primero la ropa se te pega al cuerpo
y entonces tus costillas quieren asemejarse al arpa de la arrogancia.
No creas, la lluvia es una fiel emisora de muerte
y llueve sobre ti y te disuelve la lluvia, Claudia.
Mi inconstancia no resume hilos de hierba, nunca seré barro.
Mi inconstancia es coger tu mano de soles obtusos
que pertenecen a la tumba de amaneceres. Mira cómo te proclaman
los sonetos de la lluvia en mi cabello, Claudia.
Y ni siquiera es jueves, para llover.
Entiendo la lluvia de fines de semana
como domingos de soledad que diluyen mi sangre.
A las otras, no. No me sirve
el agua como templo de suicidio.
No saben los peces qué es morirse por falta de aire.
Sólo disimulan y saltan como un poema de algún literato
que ha cenado lunas de ausencia.
Ellos son transeúntes de luz, y se esconden debajo de las piedras
como un nudo en la garganta de lo insólito.
Tú no adivinas la piedra, nadie la adivina.
Ni sabes lo que es tener en los pulmones un pantano de humo.
Tus cabellos están mojados tanto que apenas hay tiempo para sonreír.
Te disuelves, Claudia. Mis dientes son tan fríos.
No reconozco a este cadáver.
Mueres sin cóndores y de la mano de un extraño
que no sabe de salsas de soledad.
primero la ropa se te pega al cuerpo
y entonces tus costillas quieren asemejarse al arpa de la arrogancia.
No creas, la lluvia es una fiel emisora de muerte
y llueve sobre ti y te disuelve la lluvia, Claudia.
Mi inconstancia no resume hilos de hierba, nunca seré barro.
Mi inconstancia es coger tu mano de soles obtusos
que pertenecen a la tumba de amaneceres. Mira cómo te proclaman
los sonetos de la lluvia en mi cabello, Claudia.
Y ni siquiera es jueves, para llover.
Entiendo la lluvia de fines de semana
como domingos de soledad que diluyen mi sangre.
A las otras, no. No me sirve
el agua como templo de suicidio.
No saben los peces qué es morirse por falta de aire.
Sólo disimulan y saltan como un poema de algún literato
que ha cenado lunas de ausencia.
Ellos son transeúntes de luz, y se esconden debajo de las piedras
como un nudo en la garganta de lo insólito.
Tú no adivinas la piedra, nadie la adivina.
Ni sabes lo que es tener en los pulmones un pantano de humo.
Tus cabellos están mojados tanto que apenas hay tiempo para sonreír.
Te disuelves, Claudia. Mis dientes son tan fríos.
No reconozco a este cadáver.
Mueres sin cóndores y de la mano de un extraño
que no sabe de salsas de soledad.