esthergranados
Poeta adicto al portal
Los niños jugaban despreocupadamente. Se escuchaban sus risas, sus voces alegres. A lo lejos se veía la carretera, serpenteante, entre los árboles. Había hecho un día precioso, de esos que invitan a salir al aire libre para disfrutar del sol y de la suave brisa. Cuando empezó a anochecer, lenta y suavemente, los niños emprendieron la marcha hacia el camino que desembocaba en la carretera. Como cada día, comenzaron a prepararse: ya no reían tanto; si acaso sólo soltaban alguna carcajada nerviosa de cuando en cuando. Al llegar a su destino, el extinto ocaso apenas dejaba ya vislumbrar la vía. Comenzaron entonces a organizarse, siguiendo el ritual cotidiano. Después, cuando la ocasión fue propicia, el más pequeño atravesó la carretera, saliendo al paso de un vehículo que, aunque hizo lo posible por frenar bruscamente, provocó que el chiquillo saltara por encima del coche y cayera sobre el asfalto. El conductor, desesperado, bajó del asiento y corrió hacia el cuerpo inmóvil, pero antes de que siquiera pudiera rozarlo, el resto de niños salieron de las sombras y comenzaron a rodearlo con lentitud. En un instante, el pequeño que se hallaba tendido en el suelo pegó un brinco, y un destello de metal traspasó el abdomen del conductor, totalmente enmudecido por la sorpresa. Cuando por fin consiguieron que los espasmos cesaran, comenzaron a despiezar su cuerpo, para así poder transportar mejor lo que más adelante se convertiría en parte de los macabros adornos de aquella choza en la que, a la espera de un nuevo compañero de juegos, se refugiaban de la inquietante negrura del bosque.