Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo

Valeria del Mar

Poeta recién llegado
Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo


Tenía en sus ojos unas gotitas clarísimas de oro y plata. Salía, de aquellas pupilas, una luz tan imponente y magnética, que a cualquier ser sensible le resultaría una empresa casi imposible, alejarse de su lado.

Las miradas se posaban, cual mariposa en flor, en sus ojos, en sus bellos grisáceos ojos. En sus amarillentos ojos. Hechos de soles pasados y primaveras por venir. Gris plata y amarillo oro. Según la estación. Según el tiempo. Según el ánimo.

Fermina era especial. Tan especial como la nieve, y los trineos y los cerros nevados en una estación veraniega. Llevaba siempre su mochila a cuadros y su vestido de lino blanco. Parecía salida de un cuento de hadas.

Quien la conocía recordaba su fragancia , su cielo y su sol. Todo dentro de esos ojos. De esos grandes ojos. Ella iluminaba la ciudad y hacía más llevadera la lluvia.

¿Podría un ser humano común y corriente llevar el mundo en sus ojos?

Ella lo hacía. Fermina condensaba en su pupila, en su iris, la magnificencia de la vida.

Su dulzura era implacable y su ver aún más. Miraba desde el adentro, desde la incandescencia del alma y la fuerza del espíritu. Despojada de todo accesorio material.

Su mirada jamás censuraba. Solo animaba y hacía brillar a quien la observaba. Transformaba su vida y enaltecía su existencia.

Fermina aprendió a saborear la vida, más allá del aspecto superficial, que la misma, preconiza.


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