Alan Rosas
Poeta recién llegado
Las páginas arrancadas,
de un bello libro, de una hermosa historia.
Arrancadas por la inconsciencia inocente
de un afán agazapado,
en la cursilería.
Si, aquellas páginas,
deambuladas descaradamente,
sus aquellos versos que auguran
lo bueno y lo bello,
entre los labios del cielo.
Y que se tornan de agoreros
del mal, al mal de soledad.
De un intento más fallido,
por llorar ante endechas,
de paginas arrugadas y olvidadas.
A este poema empedernido,
del soquete que dieron por perdido.
Tal necesidad de escribirle
a la causante del sonrojeo
que me causa, -perdonarme-,
que le causa al soquete.
Que sabe andar llano,
como el bastardo que sabe
destruir miles claraboyas,
pero, no la vanidad en el reflejo de un charco.
-Perdonarme, deje de mirar sus ojos -.
Aquel soquete, que nunca escribe
como a sí mismo , pero si poemas afanosos,
de la poetiza de su propio reflejo.
Bendito sea lo que sea.
Que como rulo,
enraíza la sonrisa,
a la dama hermosa.
A la que ruboriza.
Con un afán empedernido,
cántame, que agonizo
entre diente y diente,
porque mi paz se acune
entre las liricas silabas,
los canticos susurros,
y en los esmeros de que no estés,
pero que si pueda tenerte.
Magulla las brasas del si no estás .
La especialidad de mirar,
quisquillosamente.
Se adquiere con el paso,
de después de los treinta.
Al ya haberle tañido
miles amarteles perennes,
a la poetiza de su propio reflejo.
Con un afán empedernido,
hasta que las canas nos atavíen,
y el amor ágape
de un bello libro, de una hermosa historia.
Arrancadas por la inconsciencia inocente
de un afán agazapado,
en la cursilería.
Si, aquellas páginas,
deambuladas descaradamente,
sus aquellos versos que auguran
lo bueno y lo bello,
entre los labios del cielo.
Y que se tornan de agoreros
del mal, al mal de soledad.
De un intento más fallido,
por llorar ante endechas,
de paginas arrugadas y olvidadas.
A este poema empedernido,
del soquete que dieron por perdido.
Tal necesidad de escribirle
a la causante del sonrojeo
que me causa, -perdonarme-,
que le causa al soquete.
Que sabe andar llano,
como el bastardo que sabe
destruir miles claraboyas,
pero, no la vanidad en el reflejo de un charco.
-Perdonarme, deje de mirar sus ojos -.
Aquel soquete, que nunca escribe
como a sí mismo , pero si poemas afanosos,
de la poetiza de su propio reflejo.
Bendito sea lo que sea.
Que como rulo,
enraíza la sonrisa,
a la dama hermosa.
A la que ruboriza.
Con un afán empedernido,
cántame, que agonizo
entre diente y diente,
porque mi paz se acune
entre las liricas silabas,
los canticos susurros,
y en los esmeros de que no estés,
pero que si pueda tenerte.
Magulla las brasas del si no estás .
La especialidad de mirar,
quisquillosamente.
Se adquiere con el paso,
de después de los treinta.
Al ya haberle tañido
miles amarteles perennes,
a la poetiza de su propio reflejo.
Con un afán empedernido,
hasta que las canas nos atavíen,
y el amor ágape