José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
IMAGEN Nº2
CONCUPISCENTE ENGREÍDA
En la noche fría y en la soledad de la cima
espera atrapado en la bola materna
un duro sauce desnudo y sordo.
Que adolece de la olorosa trementina
y de los favores carnales de la concupiscente engreída.
Él no reconoce su martirio por el pendular del ocaso,
ni los avatares de la impúdica luna,
señora y dama de la vetusta noche enlutada
que derrama sensualidad con su feromona guía.
No conoce el fuego ni el calor de una noche de amor fulgente.
Y desprecia los molestos copos, inoportunos invitados
de caduca nieve, que le resbalan por su viril estampa
en las noches de azul marino.
Se despeina y con sus ramas intenta atraparla,
se alza preso de angustia y condenado al onanismo,
espeta un ulular ronquido de desprecio hacia sí mismo,
lleno de dolor enrocado en su tronco lacerado,
resignado a pasar otra noche en el ostracismo
sin alcanzar los brazos
de la candente y juguetona luna.