danie
solo un pensamiento...
Canción del nervio crespo, del corazón aislado,
sacras briznas calizas que nadan en mis venas,
odas tristes que roen mis simientes con penas
de los regueros yermos de un beso desterrado
Son los arcaicos sueños del violín añejado,
los sollozos del cielo que consuman condenas
de los eternos años con gélidas melenas,
los acordes de un coro sombrío y lastimado.
Una gran sinfonía que a mi calma fisura
y hunde en su frío lecho las raíces sin vida
de las mustias quimeras segadas sin cordura.
Un réquiem de marchitas flores sobre mi herida
fatigada y sangrante, sin alivio ni cura,
que en las pálidas noches, a mi resuello oxida.
Música de roídos ángeles, de bovinos
y ovejas sin cabrero, de palomas sin vuelo,
de ensueños degollados sobre el fango del suelo
que se vuelven abrojos, cardos en los caminos.
Balada de la lluvia que empapa a los destinos
de las albas dormidas, y trae sombra y duelo,
que envenena mi sangre con sus ascuas de orzuelo.
Afónica estructura de deseos cansinos.
Los campanarios trinan la partida nefasta;
un niño llora porque su madre, en los celajes
de las lánguidas nubes, su presencia contrasta.
Yo veo, igual que el niño, a ella sobre los trajes
de plumajes benditos, sobre las altas astas,
cuidándonos con ojos de cresta en sus parajes.
sacras briznas calizas que nadan en mis venas,
odas tristes que roen mis simientes con penas
de los regueros yermos de un beso desterrado
Son los arcaicos sueños del violín añejado,
los sollozos del cielo que consuman condenas
de los eternos años con gélidas melenas,
los acordes de un coro sombrío y lastimado.
Una gran sinfonía que a mi calma fisura
y hunde en su frío lecho las raíces sin vida
de las mustias quimeras segadas sin cordura.
Un réquiem de marchitas flores sobre mi herida
fatigada y sangrante, sin alivio ni cura,
que en las pálidas noches, a mi resuello oxida.
Música de roídos ángeles, de bovinos
y ovejas sin cabrero, de palomas sin vuelo,
de ensueños degollados sobre el fango del suelo
que se vuelven abrojos, cardos en los caminos.
Balada de la lluvia que empapa a los destinos
de las albas dormidas, y trae sombra y duelo,
que envenena mi sangre con sus ascuas de orzuelo.
Afónica estructura de deseos cansinos.
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Los campanarios trinan la partida nefasta;
un niño llora porque su madre, en los celajes
de las lánguidas nubes, su presencia contrasta.
Yo veo, igual que el niño, a ella sobre los trajes
de plumajes benditos, sobre las altas astas,
cuidándonos con ojos de cresta en sus parajes.