Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
Petricor. La lluvia hiere la tierra
y el jardín expele el olor de su dolor.
Cuento las gotas que golpean mi ventana.
Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.
¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?
Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.
¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?
Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.
Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,
ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.
¿Por qué sufren los niños?
Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.
(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).
Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.
Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés
en las pantallas 8k de aquellas tiendas.
He olvidado el hambre,
mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.
¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?
“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,
mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.
Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.
“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,
y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.
¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción
que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.
“Soy yo que he regresado”, repite la balada.
El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”
y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.
No es gay, no es asesino, tampoco hetero,
ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.
Quizás es el “nadie” de una historia paralela,
pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.
Todos somos nadie, reflexiono.
También esos que transitan con paraguas y están muertos.
Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.
“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.
“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,
imagino que responde.
Una araña inhala petricor y despierta las luces mortecinas del paisaje.
La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,
como si brotaran de la tierra por la noche.
¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?
¿Acaso existe aquello que no vemos?
¿Este mundo es una simulación muy avanzada?
Quiero un sol para aquel perro que se moja,
que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,
diciéndome que también otras especies sufren hambre.
Su mendigo no me importa. No renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.
No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.
Me libero de la culpa. Él también es una gota.
Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.
Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,
he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,
pero he procesado un bajo porcentaje.
¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?
“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.
Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.
Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.
“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.
¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.
“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,
pero, realmente, no deseo una respuesta.
Última edición: