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Contando gotas (imagen 13/abril 2021)

Monje Mont

Poeta reconocido en el portal
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Petricor. La lluvia hiere la tierra

y el jardín expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?


“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo que he regresado”, repite la balada.


El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono.

También esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.

“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña inhala petricor
y despierta las luces mortecinas del paisaje.

La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,


como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un sol para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. N
o renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,

pero he procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.
 
Última edición:
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Petricor. La lluvia hiere la tierra del jardín

y ella expide el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros antes de que acabe con los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina en Rusia con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino, la miseria decadente hace citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrán resistido los malos vecinos de Noé?

“A pesar de todo sobrevivió su especie”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo”, dice la balada.


El tendero de la esquina se ha tatuado “te amo” en una nalga

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono,

hasta esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero habían caído millones de mundos lacrimosos.

“Yo habito en una gota, y tú en otra”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña en el exterior aspira fuertemente el petricor

y despierta las luces mortecinas del paisaje. La noche saluda y aún llueve.

La araña espera esperanzada por sus moscas,

como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un lugar soleado para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. Será ofrenda para el perdón de los que aún viven,

y no renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

Me reprendo, no soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la ciencia de la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver miríadas de miríadas de gotas abrazadas,

aunque haya procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto? me pregunto, si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos.

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

Mi mujer también dobló tras esa esquina.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil será contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.

Buenas noches.
Esta noche voy a soñar con tanta letra junta, maravillosa y bien escrita.
Gracias por compartirla.
La leere detenidamente.
Un placer leerte.
Hasta mañana.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra del jardín

y ella expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros antes de que acabe con los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina en Rusia con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino, la miseria decadente hace citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?

“A pesar de todo sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo, soy yo”, repite la balada.


El tendero de la esquina se ha tatuado “te amo” en una nalga

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono,

hasta esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero habían caído millones de mundos lacrimosos.

“Yo habito en una gota, y tú en otra”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña en el exterior aspira fuertemente el petricor

y despierta las luces mortecinas del paisaje. La noche saluda y aún llueve.

La araña espera esperanzada por sus moscas,

como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un lugar soleado para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. Será ofrenda para el perdón de los que aún viven,

y no renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

Me reprendo, no soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la ciencia de la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver miríadas de miríadas de gotas abrazadas,

aunque haya procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto? me pregunto, si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos.

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

Mi mujer también dobló tras esa esquina.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.

Un placer visitar este hermoso y descriptivo poema tapizado de relieves y vibrantes imágenes, su paseo es conmovedor y sus constantes preguntas nos avasallan como propias, me gustó mucho tu estilo de decir por su fluidez y porque cautiva al lector, te felicito con gran alegría, reitero, un placer.
Desde México con aprecio...

Anthua62
 
Última edición:
Un placer visitar este hermoso y descriptivo poema tapizado de relieves y vibrantes imágenes, su paseo es conmovedor y sus constantes preguntas nos avasallan como propias, me gustó mucho tu estilo de decir por su fluidez y porque cautiva al lector, te felicito con gran alegría, reitero, un placer.
Desde México con aprecio...

Anthua62
Te agradezco mucho tus inmerecidas palabras, estimado poeta. Tu opinión para mí es importante. Que estés bien. Un abrazo.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra del jardín

y ella expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros antes de que acabe con los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina en Rusia con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino, la miseria decadente hace citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?

“A pesar de todo sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo, soy yo”, repite la balada.


El tendero de la esquina se ha tatuado “te amo” en una nalga

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono,

hasta esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero habían caído millones de mundos lacrimosos.

“Yo habito en una gota, y tú en otra”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña en el exterior aspira fuertemente el petricor

y despierta las luces mortecinas del paisaje. La noche saluda y aún llueve.

La araña espera esperanzada por sus moscas,

como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un lugar soleado para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. Será ofrenda para el perdón de los que aún viven,

y no renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

Me reprendo, no soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la ciencia de la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver miríadas de miríadas de gotas abrazadas,

aunque haya procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto? me pregunto, si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos.

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

Mi mujer también dobló tras esa esquina.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.
Versos muy profundos, con todas las preguntas y dudas humanas,grandes y líricas imágenes, llevan el recorrido de la tristeza por este diluvio de letras, agonías y desesperación. Simplemente magistral!!! Felicitaciones Monje Mont por está gran y fabulosa poesía, saludos Daniel
 
Versos muy profundos, con todas las preguntas y dudas humanas,grandes y líricas imágenes, llevan el recorrido de la tristeza por este diluvio de letras, agonías y desesperación. Simplemente magistral!!! Felicitaciones Monje Mont por está gran y fabulosa poesía, saludos Daniel
Te agradezco mucho estimado poeta tu amable y motivador comentario. Espero que estés bien. Un gran abrazo.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra

y el jardín expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?


“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo que he regresado”, repite la balada.


El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono.

También esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.

“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña inhala petricor
y despierta las luces mortecinas del paisaje.

La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,


como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un sol para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. N
o renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,

pero he procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.
Muy buen poema, Monje, unas sensibles letras. Un gusto pasar a leerte. Saludo cordial.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra

y el jardín expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?


“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo que he regresado”, repite la balada.


El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono.

También esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.

“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña inhala petricor
y despierta las luces mortecinas del paisaje.

La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,


como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un sol para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. N
o renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,

pero he procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.
Una inspiración magistral! Aplausos!!
Abrazo fraternal.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra

y el jardín expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?


“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo que he regresado”, repite la balada.


El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono.

También esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.

“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña inhala petricor
y despierta las luces mortecinas del paisaje.

La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,


como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un sol para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. N
o renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,

pero he procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.


El clima lluvioso tiene la particularidad de hacer que broten las preguntas en la mente, desde las más triviales a las más profundas. Cada imagen filtrada a través del velo del agua adquiere otra perspectiva.
Este trabajo tuyo nos sumerge en ese mundo abismal llamado introspección.
Me alegra mucho haberlo encontrado y te dejo además mi agradecimiento por tus visitas a mis temas.
Un abrazo con una sincera admiración hacia tu obra.
 
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Petricor. La lluvia hiere la tierra

y el jardín expele el olor de su dolor.

Cuento las gotas que golpean mi ventana.

Cuento. Y veo en ellas lo que vio Ginsberg cuando aullaba.

¿Acaso no es válido preguntar por qué tanta miseria?


Es el siglo veintiuno y el mono de Burroughs se ha engripado.

¿Le ofrendaremos pordioseros para salvar a los ricos?

Las gotas se vuelven ráfagas y contar se hace imposible.

Entonces, el petricor asciende inflamando de leche la memoria…,

ese aroma sagrado a las madres cuando lloran.

¿Por qué sufren los niños?

Llueve a cántaros…dicta mi progenitora fallecida.

(La lluvia ha emparejado ritmo y estridencia).

Quizás, ella trajina con los poetas que a veces me leía –me desvío–.

Pero, imagino a la miseria decadente haciendo citas en francés

en las pantallas 8k de aquellas tiendas.


He olvidado el hambre,

mientras pienso que el agua podría subir hasta los techos.


¿Cuánto habrá resistido el mal vecino de Noé?


“A pesar del mal pronóstico sobrevivió ”, me digo,

mientras miro a un hombre que envenena a los adictos en la acera.

Yo también soy el hombre que ha llegado por la acera hasta sí mismo.

“Vamos puliendo las formas de decir ‘me muero’”, le digo,

y nadie se opone, pero tampoco acepta que así sea.

¿Quién es nadie me pregunto? y el petricor entona una canción

que viene de otros mundos y otras gotas que he olvidado.

“Soy yo que he regresado”, repite la balada.


El tendero de la esquina, en una nalga, se ha tatuado un “te amo”

y diez lágrimas en la mejilla. Ayer lo vi. No llovía.

No es gay, no es asesino, tampoco hetero,

ni usurero. Ni ángel, ni demonio. Y humano, acaso un poco.

Quizás es el “nadie” de una historia paralela,

pues fuma, “como si nada”, bajo el dintel que reza: “bienvenidos”.


Todos somos nadie, reflexiono.

También esos que transitan con paraguas y están muertos.


Conté cien, pero millones de mundos lacrimosos, ya han caído.

“Tú en tu gota y yo en la mía”, me dirijo al que mira mi ventana.

“Vaya individualidad. Todo se moja por igual ¿no te parece?”,

imagino que responde.


Una araña inhala petricor
y despierta las luces mortecinas del paisaje.

La noche saluda y aún llueve. La araña espera esperanzada por sus moscas,


como si brotaran de la tierra por la noche.


¿Quién existe en las ventanas que oteo tras la lluvia?

¿Acaso existe aquello que no vemos?

¿Este mundo es una simulación muy avanzada?


Quiero un sol para aquel perro que se moja,

que ha brotado del agua con sus ojos tristes y sus miedos,

diciéndome que también otras especies sufren hambre.

Su mendigo no me importa. N
o renunciaré a mi confort para facilitarle algún abrigo.

No soy así, pero el destino ha puesto entre nosotros gran distancia.

Me libero de la culpa. Él también es una gota.


Miro a las pantallas. Varios soles han reverdecido. Ya hay lugar para aquel perro.

Pero, por otra parte –reflexiono sobre la óptica y la mecánica de fluidos–,

he logrado ver gotas por miríadas de miríadas,

pero he procesado un bajo porcentaje.

¿Para qué ver tanto si el cerebro insiste en seguir contando con los dedos?

“Así es la vida, vemos, contamos, pero se nos fuga casi todo”.


Una mujer deja de ser tras doblar en una esquina.

Quizás germina en otro mundo donde hay alguien que la espera.

“¡Qué el petricor depure soledades! Así sea”.

¿Regresará? El futuro se plaga de preguntas.


“¿Qué tan difícil sería contar en un diluvio?”, me pregunto,

pero, realmente, no deseo una respuesta.

Intensos efectos poeticos donde se aprecia la agonía desenperante en un recorrido
triste que encuentra solucion a esas dudas que como hombres nos cuestionamos.
me ha gustado mucho la hondura de la obra. saludos amables de luzyabsenta
 

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