Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Empieza como un juego estúpido —contar gotas de lluvia—, pero sólo porque hay algo en la espera que necesita justificarse, como quien dobla servilletas de papel en triángulos perfectos para no confesar que está temblando por dentro. Llueve, y tú no llegas. Cada gota es un punto de suspensión en una frase que no acaba, que se me queda colgando de los labios como una excusa sin destino.
La lluvia cae y yo, en mi delirio de contador de lo imposible, empiezo a marcar ritmos en el vidrio. Una, dos, tres... y la cuarta se bifurca, como si tuviera miedo de llegar entera al final. Entonces me pregunto si tú también estarás cruzando una avenida, esquivando charcos como quien esquiva decisiones, si tus zapatos ya se empaparon del aguacero o si aún estás dudando entre llegar y no llegar.
Te imagino como un borrón acuático en la distancia, un espectro de bufanda mojada y paraguas invertido, luchando contra el viento como yo lucho contra esta espera que no tiene nombre, que no cabe en el diccionario de las cosas que se pueden tolerar sin enloquecer.
Porque hay algo perversamente hermoso en esperar a alguien bajo la lluvia. Uno se convierte en estatua, en poema mal doblado, en canción que repite el mismo acorde en loop, como si insistir en tu nombre pudiera convocarte. Afuera, el mundo sigue empapándose de sí mismo, pero yo sólo me mojo de ti, de tu ausencia.
Y entonces la cuenta se pierde —la gota número ciento quince, o era la ciento diecisiete, ya da igual— porque la ventana ha dejado de ser frontera y ahora es espejo. Veo mi rostro: ese que sólo tú sabrías descifrar sin que yo diga una palabra. Un rostro de lluvia y espera, de quien ha aprendido a conjugar el verbo “anhelar” en todos los tiempos.
Quizás llegues. Quizás no. Pero mientras tanto, seguiré aquí, enumerando diluvios, ensayando reencuentros, contándole al agua tu silueta. Porque aunque no llegues hoy, hay algo en la lluvia —este rumor de caricia que cae del cielo— que me hace sentir que, de algún modo secreto, ya estás aquí.
La lluvia cae y yo, en mi delirio de contador de lo imposible, empiezo a marcar ritmos en el vidrio. Una, dos, tres... y la cuarta se bifurca, como si tuviera miedo de llegar entera al final. Entonces me pregunto si tú también estarás cruzando una avenida, esquivando charcos como quien esquiva decisiones, si tus zapatos ya se empaparon del aguacero o si aún estás dudando entre llegar y no llegar.
Te imagino como un borrón acuático en la distancia, un espectro de bufanda mojada y paraguas invertido, luchando contra el viento como yo lucho contra esta espera que no tiene nombre, que no cabe en el diccionario de las cosas que se pueden tolerar sin enloquecer.
Porque hay algo perversamente hermoso en esperar a alguien bajo la lluvia. Uno se convierte en estatua, en poema mal doblado, en canción que repite el mismo acorde en loop, como si insistir en tu nombre pudiera convocarte. Afuera, el mundo sigue empapándose de sí mismo, pero yo sólo me mojo de ti, de tu ausencia.
Y entonces la cuenta se pierde —la gota número ciento quince, o era la ciento diecisiete, ya da igual— porque la ventana ha dejado de ser frontera y ahora es espejo. Veo mi rostro: ese que sólo tú sabrías descifrar sin que yo diga una palabra. Un rostro de lluvia y espera, de quien ha aprendido a conjugar el verbo “anhelar” en todos los tiempos.
Quizás llegues. Quizás no. Pero mientras tanto, seguiré aquí, enumerando diluvios, ensayando reencuentros, contándole al agua tu silueta. Porque aunque no llegues hoy, hay algo en la lluvia —este rumor de caricia que cae del cielo— que me hace sentir que, de algún modo secreto, ya estás aquí.