Alberto Amaris
Poeta que considera el portal su segunda casa
Noche oscura de madrugada, un intenso frío recorre
por las calles desiertas acompañado por una espesa neblina, que de la sierra baja, para arropar los parajes de esta desolada ciudad, una gélida ventisca se escurre por entre las rendijas de las ventanas entreabiertas que en un vaivén silencioso hacen ondear las cortinas contaminadas de nicotina y alquitrán, dando paso a las parpadeantes luces tenues de la farola de enfrente, que aun se encuentra encendida esperando la llegada del amanecer del nuevo día.
Bajo las sábanas blancas perfumadas con olores intensos de viejos recuerdos y aromas de melancolía, semidesnudo se encuentra un cuerpo sumido y trémulo, quizás por la frialdad de la noche o por la inmensa soledad que se aprecia en cada rincón de aquellos aposentos, camino con prudencia al filo de sus cercanías para no profanar su descanso, sigiloso me acerco hasta su rostro y me ahogo con un grito en la garganta, ¡este cuerpo, no tiene cara!
Sorprendido por tan irreal imagen me interno en el espacio, entumecido por el ambiente congelado de aquel lugar, logrando así divisar la falta de artefactos, muebles y enseres, de esos que la gente necesita para hacer de su vida cómoda y placentera, solo una banqueta carcomida por los años, un vaso de peltre y un que otro plato, junto al lado de una mesa en estado de abandono y sobre ella un extraño aparato, que en su pantalla tenia escrito por mensaje Por si no recuerdas quien soy, solo mírate en el espejo
Presuroso al paso en búsqueda de aquel elemento, extrañado por el apunte leído, abro puerta tras puerta hasta dar con el paradero de una habitación que escrito en el solado de su antesala, decía; Bienvenido al encuentro conmigo mismo, cruzo al centro, la puerta desaparece en un destellar de mirada, y allí queda mi cuerpo, justo en el medio de aquel salón repleto de espejos en sus muros, señalando a mi espalda, doy vuelta hasta quedar frente al mas grande de ellos, entonces suspiro.
Con extrema curiosidad me acerco y veo en él, un rostro olvidado, algo conocido y entre abrir y cerrar de pestañas, por fin distingo que es mí reflejo el que miro, ¿hace cuanto tiempo no me miraba en el espejo? Ahora doy razón a lo que tantas personas en mi andar comentaban al pasar por su lado, veo mi rostro ajado como papel en desuso, veo sombras bajo mis parpados y mis ojos con una mirada tétrica como de espanto.
¿Qué me ha pasado? Si hasta hace poco tiempo mi vida era lo que de niño había imaginado ¿Dónde me he perdido? Pienso que el cuerpo en aquella cama tendido, es el mío. Sacudo entonces mi cabeza para sentir que estoy vivo, o que por el contrario sea solo un terrible sueño, bajo el brazo y me pellizco.
¡Si! Soy yo, el que en ese momento existo, retomo la mirada al espejo y veo cuanto ha cambiado el color mis cabellos, tan negros lucían antes, ¿Por qué en tan poco tiempo he envejecido? Desorden en mi barba desaliñada y abandonada por doquiera que miro, me alejo de pronto del espejo y mi alma resquebrajada solloza en un gemido.
¡Por Dios que he hecho, que rumbo le di a mi vida, ahora me encuentro perdido!
