Conversión.
A veces el pensamiento
se engalla con ilusiones
y se llena con pasiones
al giro del voluble viento.
Y el ansia por lo eterno
engaña a la mente fría
y al ver sólido lo interno
en la eternidad confía.
Mas la vida va corriendo
y el cuerpo se deteriora
y su fuerza se va yendo
y hace temer la hora.
Natura y Cronos abusan,
con gula agotan mi cava,
cuando sin piedad azuzan
al reloj que pronto acaba.
Al mundo vi destruyendo
mis ansiedades humanas,
y a mis juventudes lozanas
al tiempo veía rompiendo.
La certeza de la muerte
me llenó de pesimismo,
me sublevó el egoísmo,
y así, maldije mi suerte.
Y dado el camino cierto
que finaliza en la tumba,
cuestionaba en un desierto
que de vacíos retumba.
¿Es lo eterno inexistente?
¿No sirven estas jornadas?
Y a esas preguntas ligadas,
no hubo réplica atinente.
Del sino que nos maldijo
no percibí las respuestas
y el racionalismo me dijo:
es el fin y no hay apuestas.
También habló el raciocinio:
no existen otras moradas
y menos fábulas de hadas
pues no tienen patrocinio.
Y cual proyecto fallido,
sin bandera, ni pendón,
deambulaba sin perdón,
cual hombre desfallecido.
Mas me diste un medallón
con un ser crucificado
y al entender tu intención
me presentí esperanzado.
Y poco a poco aprendí
que existía otra verdad
que la erudición baladí
no acepta por vanidad.
Para la duda hay salida,
porque la razón no aplica
cuando la fe ofrece vida,
que la lógica no explica.
La fe es red del redentor
y su palabra es promesa
que nos hizo el Criador
de invitarnos a su mesa.
Y si los hechos pasaron,
sin narrarse pormenores
fue porque los explicaron
hombres y no redactores.
Me reconforté al saber
que de lo que sucedió,
algo aún podemos leer,
que vale lo que quedó.
Nos dice la resurrección,
que Jesús - hijo de Dios -
vino y venció la extinción
que nos implica un adiós.
Y con esa verdad tierna
aunque lo demás no sé,
pude experimentar la fe
y alumbré mi ruta eterna.
Y se reflejó en mi faz
un futuro de esperanza,
el amor que me dio paz,
un perdón y la bonanza.
Se me llenó el corazón
de una certeza tan cierta,
que ya no encontré razón
a mi antigua vida yerta.
Hoy sé que la gloria existe
y el paraíso también,
porque tú - Dios - dispusiste
que en el fin, venciera el bien.
A veces el pensamiento
se engalla con ilusiones
y se llena con pasiones
al giro del voluble viento.
Y el ansia por lo eterno
engaña a la mente fría
y al ver sólido lo interno
en la eternidad confía.
Mas la vida va corriendo
y el cuerpo se deteriora
y su fuerza se va yendo
y hace temer la hora.
Natura y Cronos abusan,
con gula agotan mi cava,
cuando sin piedad azuzan
al reloj que pronto acaba.
Al mundo vi destruyendo
mis ansiedades humanas,
y a mis juventudes lozanas
al tiempo veía rompiendo.
La certeza de la muerte
me llenó de pesimismo,
me sublevó el egoísmo,
y así, maldije mi suerte.
Y dado el camino cierto
que finaliza en la tumba,
cuestionaba en un desierto
que de vacíos retumba.
¿Es lo eterno inexistente?
¿No sirven estas jornadas?
Y a esas preguntas ligadas,
no hubo réplica atinente.
Del sino que nos maldijo
no percibí las respuestas
y el racionalismo me dijo:
es el fin y no hay apuestas.
También habló el raciocinio:
no existen otras moradas
y menos fábulas de hadas
pues no tienen patrocinio.
Y cual proyecto fallido,
sin bandera, ni pendón,
deambulaba sin perdón,
cual hombre desfallecido.
Mas me diste un medallón
con un ser crucificado
y al entender tu intención
me presentí esperanzado.
Y poco a poco aprendí
que existía otra verdad
que la erudición baladí
no acepta por vanidad.
Para la duda hay salida,
porque la razón no aplica
cuando la fe ofrece vida,
que la lógica no explica.
La fe es red del redentor
y su palabra es promesa
que nos hizo el Criador
de invitarnos a su mesa.
Y si los hechos pasaron,
sin narrarse pormenores
fue porque los explicaron
hombres y no redactores.
Me reconforté al saber
que de lo que sucedió,
algo aún podemos leer,
que vale lo que quedó.
Nos dice la resurrección,
que Jesús - hijo de Dios -
vino y venció la extinción
que nos implica un adiós.
Y con esa verdad tierna
aunque lo demás no sé,
pude experimentar la fe
y alumbré mi ruta eterna.
Y se reflejó en mi faz
un futuro de esperanza,
el amor que me dio paz,
un perdón y la bonanza.
Se me llenó el corazón
de una certeza tan cierta,
que ya no encontré razón
a mi antigua vida yerta.
Hoy sé que la gloria existe
y el paraíso también,
porque tú - Dios - dispusiste
que en el fin, venciera el bien.