Copito de nieve

David Bernal

Poeta recién llegado
Y guardaba tremenda tristeza en sus ojos esa estrella de rendijas y de sueños rotos. Sabiendo equivocadas sus creencias, y consciente que el amor que tanto requería no eran sino alegorías y un jugo amargo de sal e hinojo.

Parecieranle los días pétalos que tras la primavera caen lánguidos marchitos. Pues el hombre que la acompañaba no era sino comodidad, disfrazada de sus deseos.

Lágrimas rezumaban sus sonrisas. Derritiéndose sus carámbanos en las cornisas, suturándose las grietas de aquellos espejos rotos en que algún día nos miramos. Panfilos de inocencia nuestras jovenes pieles se ruborizaban, erizándo cada uno de sus rubios pelos al paso de mis dedos arando su cuerpo en acompasada y mutua coreografía.

Letras e instrumentos prohibidos de madera y viento. Rómpanse crucifijos y espántense conjuros. Que almas bailando juntas jamás necesitaron velas que las iluminaran ni pasos ensayados. Ni perros, las órdenes del amo para perseguir al zorro en la maleza, extasiados de la furia y la curiosidad de las sensaciones nuevas, verdaderas, cuyo destino siempre acaba siendo un único camino y dirección.

Los pecíolos de las rosas abultados, clamaban el frescor de tus besos azul aguamarina, y la tierra de tu vientre plano. Tu ombligo dividiendo las dos mitades de tu cuerpo, perfección enmarcada en tus cabellos rubios, como el sol de agosto sobre cereales de paramos castellanos, custodiados por iglesias, por castillos, por hadas y duendecillos que a la noche salen preguntando nuestros nombres.

Pintando con sus varitas y cayados la luna de colores. Los bosques respiraban oyendo tus palabras. Las olas escupieron sus regalos en forma de conchas, erizos de mar y caracolas largas, en cuyas laberínticas estructuras cobijaban cantabricos acantilados.

Los corazones inalámbricos no entienden de calendarios ni de planes, ni horarios, citas, ni telediarios de sobremesa en que hay más silencio que ruina, y más nostalgia que comida, en esos platos hondos llenos de preguntas introspectivas generalmente sin respuesta.

Los vasos con agua del grifo, blanca de cal que los enturbia como a la mirada el tedio, y a las caricias el aburrimiento. El rencor, o los celos, o simplemente darte cuenta que el olor que queda en el cielo de la alcoba al hacerlo no es el de la primavera recorrida por arroyos en el suelo.

Ya casi no quedan magos, que a base de letras construyan sueños. Pintandolos con miel incrustándo caramelos, gominolas, y el aroma de una cocina tostando pan para el desayuno. Ya casi se nos acaba el tiempo, y tu sigues con el hombre equivocado.
 
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Y guardaba tremenda tristeza en sus ojos esa estrella de rendijas y de sueños rotos. Sabiendo equivocadas sus creencias, y consciente que el amor que tanto requería, no era sino alegorías y un jugo amargo de sal e hinojo.

Parecieranle los días pétalos que tras la primavera caen lánguidos marchitos. Pues el hombre que la acompañaba, no era sino comodidad, disfrazada de sus deseos.

Lágrimas rezumaba sus sonrisas. Derritiéndose sus carámbanos en las cornisas suturándose las grietas de aquellos espejos rotos, en que algún día nos miramos. Panfilos de inocencia nuestras jóvenes pieles se ruborizaban, erizándo cada uno de sus rubios pelos, al paso de mis dedos arando su cuerpo en acompasada y mutua coreografía.

De letras e instrumentos prohibidos de madera y viento. Rómpanse crucifijos y espántense conjuros. Que almas bailando jamás necesitaron velas que las ilumináran ni pasos ensayados. Ni perros las órdenes del amo para perseguir al zorro en la maleza, extasiados de la furia y la curiosidad de las sensaciones nuevas, verdaderas, cuyo destino siempre acaba siendo un único camino y dirección.

Los pecíolos de las rosas abultados, clamaban el frescor de tus besos azul aguamarina, y la tierra de tu vientre plano. Tu ombligo dividiendo las dos mitades de tu perfección, enmarcada en tus cabellos, rubios, como el sol de agosto sobre los cereales de paramos castellanos custodiados por iglesias, por castillos, por hadas y duendecillos que a la noche salen preguntando nuestros nombres.

Pintando con sus varitas y cayados la luna de colores. Los bosques respiraban oyendo tus palabras. Las olas escupieron sus regalos en forma de conchas, erizos de mar y caracolas largas en cuyas laberínticas estructuras cobijaban cantabricos acantilados.

Los corazones inalámbricos no entienden de calendarios ni de planes, ni horarios, citas, ni telediarios de sobremesa en que hay más silencio que ruina, y más nostalgia que comida, en esos platos hondos llenos de preguntas introspectivas generalmente sin respuesta.

Los vasos con agua del grifo, blanca de cal que los enturbia como a la mirada el tedio, y a las caricias el aburrimiento. El rencor, o los celos, o simplemente darte cuenta que el olor que queda en el cielo de la alcoba al hacerlo, no es aquel de la primavera recorrida por arroyos en el suelo.

Ya casi no quedan magos, que a base de letras construyan sueños. Pintandolos con miel, incrustándoles caramelos, gominolas, y el aroma de una cocina tostando pan para el desayuno. Ya casi se nos acaba el tiempo, y tu sigues con el hombre equivocado.

El copito de nieve es como la juventud, se nos derrite sin darnos cuenta y pasa la juventud y seguimos equivocados.
saludos David
 
Hey bro, se me olvidó contestarte, pero si, ese copito de nieve parece que se lo llevó el riachuelo. Pero bueno.... Seguirá nevando ;)
 

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